Teatro, baile y música para analizar el amor y el desamor

“¿Qué tengo que hacer para que me quieras?” explora las distintas fases de una relación.

06 Ago 2016
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PROTAGONISTAS. Paliza, Montilla Santillán y Valenzuela, en una de las canciones con coreografía de la obra. la gaceta / foto de jorge olmos sgrosso

SE VERÁ HOY

• A las 22, en el Centro Cultural Virla (25 de Mayo 265).

Llegará usted al estreno de “¿Qué tengo que hacer para que me quieras?” y lo que verá, aunque no explícita ni inmediatamente, es un inmenso espejo. Irá surgiendo este gradualmente y -en principio- en el horizonte de la obra, como un amanecer que en vez de sol propone un claro reflejo de cada uno de los espectadores. El texto, las canciones, la música, las coreografías y, sobre todo, la convincente actuación de sus intérpretes izan ese espejo para ubicarlo cada vez más de frente al público, hasta que el reconocimiento es ineludible.

Para llegar a esa identificación, la puesta dirigida por Pablo Parolo alude al tema más universal de todos: el amor. El amor cuando irrumpe, cuando conquista, cuando sorprende; el amor cuando se demora, cuando se anula, cuando se deshace; el amor cuando ilusiona, cuando decepciona, cuando simplemente no es. Más que nada, el amor cuando se dice: la base del guión es el libro “Fragmentos de un discurso amoroso”, de Roland Barthes, que provee piezas que salpican la obra junto con otros textos dramáticos y musicales. “Construí la dramaturgia a partir del libro de Barthes y apelando también a obras que hice antes, que había leído e incluso a textos no teatrales”, explica Parolo.

Muchos en uno solo

Soledad Valenzuela, Cecilia Paliza y Guillermo Montilla Santillán no representan una historia lineal, sino que van componiendo diferentes escenas que pueden tener o no relación entre sí (como siempre, el espectador completará el sentido). Es Valenzuela quien lleva la voz troncal y recita los textos que describen diferentes momentos del amor; cada tanto se mete en ellos para interpretarlos junto con sus compañeros. Son discursos o diálogos simples, posibles de ser aprehendidos a la primera escucha, pero también capaces de condensar en pocas líneas universos por los que seguramente los espectadores han caminado alguna vez.

En ese contexto hay frases más efectistas que otras, ya sea porque su sinceridad mueve a una risa espontánea o porque su contundencia rebota en la experiencia del público y lo conmueve. “Las mujeres nos conformábamos antes con conseguir marido, ahora queremos un hombre”; “uno siempre está solo, pero a veces está más solo”; “la espera es un encantamiento: recibí la orden de no moverme”; “llorar forma parte de la actividad natural del cuerpo enamorado”; “el amor no muere, nosotros pasamos por él” son algunas de las citas que, como parte de un rompecabezas de cristal, van acomodándose hasta construir el espejo.

“La estructura fragmentaria de la obra hace que el público pase por distintos momentos. Hay algunos muy graciosos, otros de mucha emotividad, incluso las canciones y las coreografías (estas últimas a cargo de Soledad Villagra) hacen un aporte interesante. Son varios los recursos narrativos: lenguaje teatral, poesía, música cantada e instrumental, baile... No se puede definir un sólo género”, explica el director, que agrega que esa diversidad de elementos en una misma puesta está vinculada con nuestra época. “Hay una síntesis: en poco tiempo uno puede decir muchas cosas. Justamente Barthes fue uno de los primeros en profundizar en la semiótica y la multiplicidad de sentidos: no hay un único mensaje ni una moraleja sino que el espectador construye múltiples sentidos”.

¿Para qué sirve mirarnos en un espejo? A veces para arreglarnos, otras para cerciorarnos de que todavía somos o estamos, a veces para nada. El reflejo que proyecte de cada uno el estreno de hoy no puede ser definido de antemano, pero seguramente los devolverá modificados a sus rutinas.

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