11 Marzo 2004 Seguir en 
Hace pocos días dedicamos una extensa nota a la realidad que presenta Tucumán en materia de "ciber", nombre con que se denomina comúnmente a los locales que ofrecen al público acceso a computadoras. De acuerdo con nuestra investigación, funcionan en Tucumán unos 1.000 negocios de ese tipo, de los cuales se estima que alrededor de 400 son clandestinos, es decir, carecen de todo tipo de autorización. Sería ocioso ponderar la importancia que tiene internet en la sociedad contemporánea, para todas las edades y para los más variados usos, como también ignorar la vigencia que registra en niños y adolescentes. No todos los usos son positivos, ya que frente a la maravillosa posibilidad de la información y de la comunicación instantáneas está también el acceso a páginas de pornografía y de violencia. Por otro lado, como nuestra nota lo recalca, la obsesión de los menores por teclear la computadora determina que pasen, en esos locales, horas que debieran destinar normalmente a la escuela o al estudio, tema que preocupa justificadamente a los maestros. Además, muchos progenitores, con escaso sentido de la responsabilidad, usan los ciber como guarderías, ya que dejan allí a sus hijos sentados en las máquinas y los buscan horas después.
Por otra parte, una gran cantidad de ciber está instalada en condiciones inconvenientes: locales estrechos y cerrados, que funcionan sin limitación alguna de horario, con atmósfera irrespirable a causa del humo de cigarrillos y, en ocasiones, con venta de bebidas alcohólicas. Lo rentable del negocio ha hecho que proliferen de manera explosiva, sin que hasta la fecha el Estado, por medio de la Municipalidad, haya confeccionado algún tipo de reglamentación. No deja de ser curioso que, dentro de la enorme cantidad de reglamentos existentes (que, por cierto, no significa que sean cumplidos) no se haya encarado todavía el de algo tan extraordinariamente difundido como son los locales con computadoras.
Como informamos, está presentado, en el Concejo Deliberante, el proyecto de un cuerpo de normas acerca del asunto. Nos parece que es urgente que los ediles se aboquen al tema y que incorporen, a la ordenanza que finalmente sancionen, todos los recaudos que sean necesarios para que del uso de los ordenadores no deriven situaciones negativas para la psiquis ni para el físico de quienes los utilizan. Y de más está decir que la normativa tiene que cuidar, muy especialmente, la situación de los menores, tanto referida a su horario de permanencia en el local como a las páginas a las que pueden tener acceso sin restricciones.
La reglamentación también permitiría algo tan conveniente como es esclarecer debidamente el origen de las computadoras disponibles en los ciber. En muchos casos, ellas bien pudieran ser robadas, -dado el frecuente desvalijamiento que han sufrido los negocios que las venden- o ingresadas de contrabando.
Debe recordarse, igualmente, que estos temas ya han sido considerados y normados en otras ciudades argentinas. Desde ya que esas experiencias deben ser analizadas, para su incorporación al ordenamiento tucumano. Así, es de esperar que ese estudio y la posterior sanción de la norma se produzcan, repetimos, sin mayores dilaciones, a los efectos de otorgar encuadre legal a actividades que tienen mayúscula incidencia en la comunidad.
Por cierto que no se trata de estorbar el uso de estas herramientas valiosísimas, que no sólo son de entretenimiento sino que aportan un caudal extraordinario a todo propósito de información y de estudio. La reglamentación municipal debe velar para que todo eso pueda desarrollarse con sujeción a pautas razonables, además de resguardar, como decimos, a las mentes jóvenes de una inadecuada utilización.
Por otra parte, una gran cantidad de ciber está instalada en condiciones inconvenientes: locales estrechos y cerrados, que funcionan sin limitación alguna de horario, con atmósfera irrespirable a causa del humo de cigarrillos y, en ocasiones, con venta de bebidas alcohólicas. Lo rentable del negocio ha hecho que proliferen de manera explosiva, sin que hasta la fecha el Estado, por medio de la Municipalidad, haya confeccionado algún tipo de reglamentación. No deja de ser curioso que, dentro de la enorme cantidad de reglamentos existentes (que, por cierto, no significa que sean cumplidos) no se haya encarado todavía el de algo tan extraordinariamente difundido como son los locales con computadoras.
Como informamos, está presentado, en el Concejo Deliberante, el proyecto de un cuerpo de normas acerca del asunto. Nos parece que es urgente que los ediles se aboquen al tema y que incorporen, a la ordenanza que finalmente sancionen, todos los recaudos que sean necesarios para que del uso de los ordenadores no deriven situaciones negativas para la psiquis ni para el físico de quienes los utilizan. Y de más está decir que la normativa tiene que cuidar, muy especialmente, la situación de los menores, tanto referida a su horario de permanencia en el local como a las páginas a las que pueden tener acceso sin restricciones.
La reglamentación también permitiría algo tan conveniente como es esclarecer debidamente el origen de las computadoras disponibles en los ciber. En muchos casos, ellas bien pudieran ser robadas, -dado el frecuente desvalijamiento que han sufrido los negocios que las venden- o ingresadas de contrabando.
Debe recordarse, igualmente, que estos temas ya han sido considerados y normados en otras ciudades argentinas. Desde ya que esas experiencias deben ser analizadas, para su incorporación al ordenamiento tucumano. Así, es de esperar que ese estudio y la posterior sanción de la norma se produzcan, repetimos, sin mayores dilaciones, a los efectos de otorgar encuadre legal a actividades que tienen mayúscula incidencia en la comunidad.
Por cierto que no se trata de estorbar el uso de estas herramientas valiosísimas, que no sólo son de entretenimiento sino que aportan un caudal extraordinario a todo propósito de información y de estudio. La reglamentación municipal debe velar para que todo eso pueda desarrollarse con sujeción a pautas razonables, además de resguardar, como decimos, a las mentes jóvenes de una inadecuada utilización.







