La interna nacional en la alianza gobernante tiene su correlato en Tucumán. Particularmente, por la difícil convivencia entre los tres principales referentes del Acuerdo para el Bicentenario (ApB): José Cano, Domingo Amaya y Germán Alfaro. A poco más de un año de su creación, el ApB ha logrado apropiarse del macrismo local, pero aún no ha podido conseguir cohesión ni articularse como un frente político. Lo curioso es que esas diferencias afloran con mayor frecuencia a medida que avanza una gestión nacional de la que los tres podrían sacar mayor provecho.
El indicio más palpable de que algo no está bien en la coalición que hizo tambalear al alperovichismo en 2015 es la lejanía que evidencian Amaya y Alfaro. ¿Celos? El ex intendente y su sucesor sólo han mantenido encuentros protocolares desde que comenzó el año, y desde uno y otro sector se responsabilizan por el distanciamiento. Por el lado del secretario de Vivienda de la Nación anotan facturas con nombres de dirigentes de ese espacio que no fueron debidamente contenidos tras el recambio de gestión; un acercamiento exagerado hacia Cano y, por esa vía, hacia el macrismo; y declaraciones públicas que dejaron mal parado a Amaya. La más notoria fue aquella frase de Alfaro en la que responsabilizó a su antecesor ante los medios por una abultada deuda con la empresa recolectora de residuos. Desde la Municipalidad, en tanto, creen que el ex intendente hace todo lo posible por perjudicar al actual intendente y por frenar cualquier acercamiento al macrismo del que no participe él. La operación más emblemática que le atribuyen a Amaya se remonta a abril. En aquel mes, Alfaro tenía todo preparado para recibir al secretario de Vivienda y a la vicepresidenta, Gabriela Michetti, en la sede de 9 de Julio y Lavalle. Sin embargo, a pocas horas de aquel evento el ex secretario de Gobierno se dio con la noticia de que la titular del Senado cancelaba su visita. Alfaro, recuerdan en el ApB, husmeó hasta llegar a la conclusión de que, como a Amaya le habían surgido contratiempos en la agenda y no podría concurrir, había operado en Buenos Aires para frenar el mitin. Enterado de esas idas y vueltas, aquel jueves 14 finalmente Cano acompañó a Michetti al municipio, y en esa foto no salió -como estaba previsto inicialmente- Amaya. Más allá de los eventuales problemas por un lugar en las marquesinas, los dirigentes alfaristas se quejan porque, en este tiempo, el funcionario nacional no “trajo” ninguna obra para San Miguel de Tucumán, pero sí lo hizo para ciudades gobernadas por referentes de otros espacios, como Yerba Buena, Aguilares o Las Talitas. En rigor, aquella visita con polémica de Michetti sirvió para que la Nación, en conjunto con facultades de la UNT, lanzara un plan de revalorización de la Costanera del río Salí. No más que eso.
Las posiciones encontradas en el seno del Gobierno nacional también juegan en el cruce de posturas de los tucumanos. El ala política del macrismo, bajo la órbita del ministro Rogelio Frigerio, busca cooptar peronistas desencantados y, en esa línea, el que viene avanzando es el propio Amaya. El ex intendente recibió el respaldo explícito del secretario del Interior, Sebastián García de Luca, y comenzó a moverse por suelo tucumano para potenciar su postulación a diputado nacional en 2017. Es su próximo objetivo y, con ese propósito, se ha mostrado cerca de uno de los dirigentes peronistas con mayor peso en el interior en los últimos comicios: el legislador Juan Antonio Ruiz Olivares. Esa es otra de las críticas que recibe del alfarismo: que “arme” en soledad. Ocurre que el actual jefe municipal pretende colarse en el armado de la lista de Cambiemos, y que su esposa, Beatriz Ávila, cubra el cupo femenino. Alfaro tiene la ventaja de que el macrismo, en Tucumán, no cuenta con referentes mujeres instaladas en la opinión pública. Pero su apresuramiento ya le costó que el concejal Ricardo Bussi le preguntara públicamente los motivos por los cuales la ex legisladora, sin cargo alguno en el municipio, mantenía reuniones o visitas en representación de la Intendencia. Cano, en cambio, se cobija bajo el paraguas del jefe de Gabinete, Marcos Peña, y se dedica a constituir las mesas políticas de Cambiemos en el Norte. Sabe que las listas de candidatos para el Congreso serán definidas en la Casa Rosada, y que mucho pesará el currículum de los interesados en integrarlas. ¿Cómo incidiría en ese caso el pasado ultrakirchnerista de Amaya?
Los mano a mano
Si la política tucumana fuera un partido de truco, para emular la metáfora a la que recurrió el presidente Mauricio Macri en el discurso del 9 de Julio, habría números suficientes para jugar un “sexto”: Cano-Amaya y Alfaro versus José Alperovich, Juan Manzur y Osvaldo Jaldo. El problema es que en la ronda de los “pica-pica”, quedaría demasiado expuesto el juego de cada uno de los integrantes del Acuerdo para el Bicentenario y del agonizante Frente para la Victoria. Porque hasta en los discursos públicos brotan las diferencias y se delatan las estrategias: mientras el titular del Plan Belgrano y Alfaro cuidan sus palabras contra Manzur, Amaya arremete sin miramientos. A propósito de cuidar las formas, ¿cómo le habrá caído a Alperovich que la fórmula que él eligió haya almorzado el viernes con el líder bancario, Carlos Cisneros, uno de sus enemigos más conocidos? ¿O que Manzur lo haya invitado a su casa en la víspera del Bicentenario junto a otros gremialistas nacionales?
Cano jugaría el “mano a mano” con Alperovich. Es lo que viene haciendo desde 2003 y lo que debió potenciar a partir del buen diálogo que existe entre funcionarios del Gobierno nacional -que él integra- y Manzur. El secretario de Vivienda, en tanto, retaría al gobernador. Es el rol que parece haber asumido para resaltar entre sus colegas del ApB y ponerse en la grilla de largada por una diputación en 2017. Finalmente, Alfaro debería medirse con Jaldo en una ronda más amena, que seguramente terminaría en un cordial reparto de puntos. El intendente y el vicegobernador, ambos peronistas, mantienen el buen diálogo entre sí y acompañan con sigilo, a la espera de poder “orejear” las cartas que juegan sus compañeros de equipo y los adversarios. El único problema es que en lugar de mentir a sus rivales, todos los jugadores se hacen señas para confundirse entre sí.
El indicio más palpable de que algo no está bien en la coalición que hizo tambalear al alperovichismo en 2015 es la lejanía que evidencian Amaya y Alfaro. ¿Celos? El ex intendente y su sucesor sólo han mantenido encuentros protocolares desde que comenzó el año, y desde uno y otro sector se responsabilizan por el distanciamiento. Por el lado del secretario de Vivienda de la Nación anotan facturas con nombres de dirigentes de ese espacio que no fueron debidamente contenidos tras el recambio de gestión; un acercamiento exagerado hacia Cano y, por esa vía, hacia el macrismo; y declaraciones públicas que dejaron mal parado a Amaya. La más notoria fue aquella frase de Alfaro en la que responsabilizó a su antecesor ante los medios por una abultada deuda con la empresa recolectora de residuos. Desde la Municipalidad, en tanto, creen que el ex intendente hace todo lo posible por perjudicar al actual intendente y por frenar cualquier acercamiento al macrismo del que no participe él. La operación más emblemática que le atribuyen a Amaya se remonta a abril. En aquel mes, Alfaro tenía todo preparado para recibir al secretario de Vivienda y a la vicepresidenta, Gabriela Michetti, en la sede de 9 de Julio y Lavalle. Sin embargo, a pocas horas de aquel evento el ex secretario de Gobierno se dio con la noticia de que la titular del Senado cancelaba su visita. Alfaro, recuerdan en el ApB, husmeó hasta llegar a la conclusión de que, como a Amaya le habían surgido contratiempos en la agenda y no podría concurrir, había operado en Buenos Aires para frenar el mitin. Enterado de esas idas y vueltas, aquel jueves 14 finalmente Cano acompañó a Michetti al municipio, y en esa foto no salió -como estaba previsto inicialmente- Amaya. Más allá de los eventuales problemas por un lugar en las marquesinas, los dirigentes alfaristas se quejan porque, en este tiempo, el funcionario nacional no “trajo” ninguna obra para San Miguel de Tucumán, pero sí lo hizo para ciudades gobernadas por referentes de otros espacios, como Yerba Buena, Aguilares o Las Talitas. En rigor, aquella visita con polémica de Michetti sirvió para que la Nación, en conjunto con facultades de la UNT, lanzara un plan de revalorización de la Costanera del río Salí. No más que eso.
Las posiciones encontradas en el seno del Gobierno nacional también juegan en el cruce de posturas de los tucumanos. El ala política del macrismo, bajo la órbita del ministro Rogelio Frigerio, busca cooptar peronistas desencantados y, en esa línea, el que viene avanzando es el propio Amaya. El ex intendente recibió el respaldo explícito del secretario del Interior, Sebastián García de Luca, y comenzó a moverse por suelo tucumano para potenciar su postulación a diputado nacional en 2017. Es su próximo objetivo y, con ese propósito, se ha mostrado cerca de uno de los dirigentes peronistas con mayor peso en el interior en los últimos comicios: el legislador Juan Antonio Ruiz Olivares. Esa es otra de las críticas que recibe del alfarismo: que “arme” en soledad. Ocurre que el actual jefe municipal pretende colarse en el armado de la lista de Cambiemos, y que su esposa, Beatriz Ávila, cubra el cupo femenino. Alfaro tiene la ventaja de que el macrismo, en Tucumán, no cuenta con referentes mujeres instaladas en la opinión pública. Pero su apresuramiento ya le costó que el concejal Ricardo Bussi le preguntara públicamente los motivos por los cuales la ex legisladora, sin cargo alguno en el municipio, mantenía reuniones o visitas en representación de la Intendencia. Cano, en cambio, se cobija bajo el paraguas del jefe de Gabinete, Marcos Peña, y se dedica a constituir las mesas políticas de Cambiemos en el Norte. Sabe que las listas de candidatos para el Congreso serán definidas en la Casa Rosada, y que mucho pesará el currículum de los interesados en integrarlas. ¿Cómo incidiría en ese caso el pasado ultrakirchnerista de Amaya?
Los mano a mano
Si la política tucumana fuera un partido de truco, para emular la metáfora a la que recurrió el presidente Mauricio Macri en el discurso del 9 de Julio, habría números suficientes para jugar un “sexto”: Cano-Amaya y Alfaro versus José Alperovich, Juan Manzur y Osvaldo Jaldo. El problema es que en la ronda de los “pica-pica”, quedaría demasiado expuesto el juego de cada uno de los integrantes del Acuerdo para el Bicentenario y del agonizante Frente para la Victoria. Porque hasta en los discursos públicos brotan las diferencias y se delatan las estrategias: mientras el titular del Plan Belgrano y Alfaro cuidan sus palabras contra Manzur, Amaya arremete sin miramientos. A propósito de cuidar las formas, ¿cómo le habrá caído a Alperovich que la fórmula que él eligió haya almorzado el viernes con el líder bancario, Carlos Cisneros, uno de sus enemigos más conocidos? ¿O que Manzur lo haya invitado a su casa en la víspera del Bicentenario junto a otros gremialistas nacionales?
Cano jugaría el “mano a mano” con Alperovich. Es lo que viene haciendo desde 2003 y lo que debió potenciar a partir del buen diálogo que existe entre funcionarios del Gobierno nacional -que él integra- y Manzur. El secretario de Vivienda, en tanto, retaría al gobernador. Es el rol que parece haber asumido para resaltar entre sus colegas del ApB y ponerse en la grilla de largada por una diputación en 2017. Finalmente, Alfaro debería medirse con Jaldo en una ronda más amena, que seguramente terminaría en un cordial reparto de puntos. El intendente y el vicegobernador, ambos peronistas, mantienen el buen diálogo entre sí y acompañan con sigilo, a la espera de poder “orejear” las cartas que juegan sus compañeros de equipo y los adversarios. El único problema es que en lugar de mentir a sus rivales, todos los jugadores se hacen señas para confundirse entre sí.
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