Demasiada polvareda levantó el asfalto de la calle Congreso. Aunque bastante menos que el tierral que produjo la estampida de los congresales, ese 9 de julio a la tarde cuando salieron corriendo para contar que la Independencia estaba declarada. Era apenas una declamación, un primer paso hacia la autonomía que aún hoy se sigue peleando a "Fondo".
La peatonalización de Congreso generó protestas en unos pocos que hoy están bien y se oponen al cambio. Algunos de ellos coinciden en que la ciudad, cada día más hostil y menos querible, está colapsando en mil esquinas. Pero cuando se impulsan mejoras dicen: "aquí no, no toquen lo mío, empiecen por allá".
Los más avanzados centros urbanos del mundo, ni los más grandes ni los más ricos, sino los que muestran la mejor calidad de vida, son los que tienden a proteger sus signos vitales. A imponer silencio y respeto en torno de los centros de poder, a garantizar que cada plaza o parque sea un paraíso, a envolver de mística los sitios históricos, a imponer justicia en los servicios públicos y bienestar para la mayor parte de sus habitantes.
Llevar silencio y tranquilidad alrededor de los edificios de gobierno, de los palacios de justicia, de las catedrales, de las obras de arte es un síntoma de equilibro espiritual y de control institucional en las ciudades poderosas. Acallar el bullicio ensordecedor en el que todo se pierde y se mezcla no es censura, sino es asegurar la calma necesaria para oír los pensamientos, para palpitar el asombro, para respirar la paz, para hablar sin gritar, para escuchar las risas que rebotan en las paredes. No hay alegría donde hay violencia ni confort en medio del caos.
Qué distinto sería para un extranjero que llega a nuestra ciudad encontrar un jardín en la plaza Independencia, que huela a jazmines y azahares en vez de a gasoil quemado; en donde se pueda caminar descalzo en vez de andar esquivando pañales usados; en donde se escuchen violines y guitarras a una cuadra y no una orquesta de bocinazos, frenadas y bombas de estruendo.
El bien común está por encima de los intereses particulares, sostiene una idea con rango constitucional. Sin embargo, la Justicia a veces es perversa y con los mismos argumentos que hoy ataca ayer se defendía. Como ocurrió con el frustrado ensanchamiento de 24 de Septiembre, la aorta de las calles tucumanas, que acabó siendo un paradigma del fracaso urbanístico, presa de los juicios por expropiaciones, promovidos en algunos casos por los mismos abogados municipales que sacaron ventajas de las debilidades institucionales. Otra vez ganaron unos pocos y perdimos todos.
Es absurdo que ahora cuatro comerciantes y ocho vendedores callejeros de libros, que se oponen a la peatonalización de las dos primeras cuadras de Congreso, tengan más eco que los urbanistas que llevan años estudiando alternativas. O acaso los abogados deberían entrar a los quirófanos, los médicos hacer edificios y los ingenieros andar dando misas.
O como cuando una intendenta de un plumazo borró una reforma creada por expertos internacionales que costó 300.000 dólares y un año de estudio. Tres vendedores de ropa, uno de panchitos y algunos opinadores de carrera fueron el sólido argumento para enterrar el proyecto.
Del mismo modo que un concejal propone trasladar la Municipalidad al edificio del ex Banco Provincia, idea que provocó más de una lipotimia en el Colegio de Arquitectos. Mientras todos los expertos insisten en que al centro hay que oxigenarlo y ordenarlo, el edil, tal vez sin saberlo, pretende inyectar 1.500 vehículos más por día a la plaza Independencia.
Cuando a las pautas del diseño urbano las imponen los intereses particulares, ocurre lo que pasó en la ex terminal de ómnibus, donde la ciudad perdió una de sus plazas más valiosas y hermosas en manos de 25 vendedores ambulantes.
Por Federico Türpe







