Autocríticas saludables

Las declaraciones del Jefe de la Armada sobre lo ocurrido en la ESMA es un gesto político que sirve para la convivencia de todos los argentinos.

07 Marzo 2004
La autocrítica del jefe de la Armada, almirante Jorge Godoy, por los hechos -que calificó de aberrantes- ocurridos durante la dictadura del Proceso ha sido un paso muy positivo y, por cierto, valiente hacia la conciliación nacional, en un clímax donde el pasado más ominoso para los argentinos está recuperando presencia en el discurso oficial. En ese mensaje público el marino ha reconocido formalmente que un organismo naval, la ESMA, fue "un símbolo de barbarie e irracionalidad", donde se produjeron "hechos que nadie podría justificar, aun en las gravísimas circunstancias vividas". Juicios semejantes y no menos concluyentes habían sido, hace nueve años, los del entonces jefe del Ejército, general Martín Balza, en defensa igualmente de generaciones castrenses que nada tuvieron que ver con los años aciagos y hoy conducen sus instituciones y unidades como fieles servidoras de la Constitución y las leyes. El reflexivo y enérgico mensaje del almirante Godoy, donde los eufemismos elusivos de responsabilidades han estado ausentes, ha suscitado por vez primera desde la restauración constitucional el comentario igualmente autocrítico de un integrante del Gobierno nacional, el ministro de Defensa, José Pampuro, al recabar reflexiones del mismo carácter conciliador, a su propio partido y a otros sectores políticos, sociales y religiosos comprometidos en la vida nacional que precedió al Proceso.
A fin de cuentas, los llamados años de plomo fueron una secuencia in crescendo de los que los precedieron, bajo un gobierno constitucional cercado y la vez comprometido por la violencia que describen historiadores y cronistas de las más diversas tendencias. Mucho indica que el ministro Pampuro ha dado un paso personal, no oficial, con el mismo empeño conciliador que el almirante Godoy, lo cual testimonia un gesto político de mejor servicio para la convivencia de los argentinos, pues el pasado de la sociedad pertenece a todos sus miembros y sólo sirve al futuro cuando es asumido colectivamente. Las manifestaciones del marino fueron recibidas con satisfacción -salvo muy raras excepciones- por quienes vieron en ellas un esfuerzo decisivo para la convivencia; las del ministro, con frialdad entre sus colegas y correligionarios, aun siendo reflexiones reclamadas por la madurez de la República.
Ambas autocríticas se han producido a poco de que el Presidente anunció la instalación, en la ESMA, de un museo de la memoria que, con finalidad no desmentida, sólo representaría una visión unilateral de los años 70. Es decir, que estarían ausentes los que precedieron al golpe militar del 24 de marzo de 1976, cuyo saldo violento de sangre homicida ascendió a 1.350 asesinatos contabilizados por el periodismo y con responsabilidad compartida por el propio poder político constitucional.
Si en política el castigo más duro no es el de la Justicia sino el de la sociedad, esas reflexiones del ministro de Defensa deberían gravitar sobre los propósitos oficiales de levantar un museo que solamente podría ser enriquecedor de las generaciones posteriores a la tragedia si constituyese, como cualquier otro, un testimonio realista de toda la verdad histórica, elemento inexcusable de la identidad nacional.
En él debería figurar igualmente la imagen del general Juan Domingo Perón advirtiendo a la multitud tras un vidrio blindado: "el terrorismo es inexplicable frente a un gobierno del pueblo", lógica racional de aquellos días que, como introito del infierno inmediato, sirve a la memoria ineludible de la historia. Los argentinos nos debemos mucho a nosotros mismos, pero no podremos satisfacer esa deuda mientras nuestros representantes se resistan a señalar un rumbo honesto hacia la verdad. Sobre la visión unilateral del pasado no puede construirse futuro perdurable alguno, sino apenas engañosos celajes que ocultan nuevos desencuentros.

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