Manejar la cárcel nunca fue tarea fácil. Quienes estuvieron al frente de Institutos Penales puedan dar fe de ello. Hubo algunos, como Mario Humoller, que tuvo que alejarse con problemas de salud. Otros, como Roberto Vallejo, lo tomaron con más tranquilidad, y durante su gestión casi no hubo altercados. Noé Medina y Raúl Pereyra trataron de imponer la disciplina que les habían enseñado en la Policía. Con la llegada del gobierno de José Alperovich se dio un nuevo golpe de timón. Llegó el abogado Ernesto Salas, un irrestricto defensor de los derechos humanos, con la tarea de humanizar a los internos y a los guardiacárceles, tan presos como los otros, pero del otro lado de las rejas.
Al poco tiempo, Salas comprendió que la labor no sería fácil. En cuatro meses de gestión debió enfrentar varios problemas, sobre todo por las peleas entre bandas que pretenden tomar el control del penal de Villa Urquiza y que no dudan en atacarse con puntas o hierros. Una de las grescas tuvo un trágico final: un interno, Pablo Alberto Medina, murió a raíz de las gravísimas quemaduras que sufrió al incendiarse su celda.
El jueves, el juez de Instrucción Víctor Manuel Pérez recibió en su despacho un recurso de hábeas corpus en el que varios internos se quejaban por malos tratos y golpizas. Estos internos son considerados "conflictivos". Están en un anexo de los pabellones 1 y 2, que alberga a procesados y a condenados. Muchos de ellos conformaron células delictivas peligrosas, que tuvieron a maltraer a la Policía y que luego de cruentos enfrentamientos fueron desarticuladas. Algunos guardiacárceles no dudan en aplicar golpes, aunque Salas se oponga terminantemente. El prefiere intentar la resocialización desde los valores humanos. Fue muy comentada la ceremonia religiosa del 6 de febrero, durante la cual 12 internos tomaron la Primera Comunión.
Pero las guerras internas son intestinas. A pesar del esfuerzo de los guardias y de los funcionarios, la venta de droga parece estar descontrolada. Aparentemente, la paliza que recibió el jueves a la madrugada Miguel Angel Brandán, quien había sido condenado hace poco por un brutal ataque, aunque ya había estado en la cárcel por un homicidio, se habría debido al reparto de pastillas dentro del penal. El hacinamiento en el que viven los presos no ayuda a que la situación mejore. Los más "pesados", además, tomaron la costumbre de recibir con una paliza a los nuevos. Mario "Lobo" Estequín, detenido por asesinar a su suegra, puede dar fe de ello.
Un escape a la realidad
El problema de la droga entre los internos no es nuevo. Para gran parte de ellos significa un escape a la realidad de tener que pasar años dentro de cuatro paredes. Las autoridades intentan frenar el avance de la distribución de estupefacientes, pero su esfuerzo parece insuficiente.
Directores de Institutos Penales anteriores enfrentaron violentísimos motines, que inclusive resintieron la estructura edilicia del penal. Salas, en cambio, se enfrenta con distintos grupos, que parecen utilizar la metodología de la gota en la piedra: horadan hasta que se rompe. Salas no es un hombre de mano dura, como algunos pretendieron. Prefiere hablar antes que golpear. Por eso la denuncia ante el juez Pérez lo conmovió, y él mismo comunicó al magistrado las condiciones en las que los internos están alojados. Allí se explicó que para ellos fue necesario construir instalaciones de mediana seguridad (en Villa Urquiza no hay máxima seguridad), ya que eran protagonistas de permanentes focos de conflictos. Pero negó rotundamente los malos tratos. "Esa nunca es mi idea", aclaró. Los conflictos están lejos de ser solucionados. La cárcel es siempre un polvorín a punto de estallar. Y la explosión en ámbitos como esos puede tener consecuencias trágicas.







