12 Junio 2016

Por Máximo Hernán Mena

PARA LA GACETA - TUCUMÁN

En diciembre de 1977, el ensayista británico Christopher Hitchens, se dirigió a la calle Maipú 944, departamento 6B, para encontrarse con Jorge Luis Borges. Durante la conversación, Hitchens accedió a leerle textos en inglés. Antes de que el visitante se marchará, Borges le ofreció un regalo y le dijo: “Recordará los versos que voy a recitar. Siempre los recordará”. Así, le obsequió un poema que con el tiempo logró condensar otros sentidos y lo acompañó toda su vida, como si fuera un “unending gift”, un presente interminable: “vivirá y crecerá como una música y estará conmigo hasta el fin”.

Acorde con su escritura, Borges intentó tomar su voz con la voz de otro, abordar las palabras como si fueran siempre ajenas e infinitas, bucles escurridizos que entran en contacto con las espirales de otras lenguas. De este modo, además del castellano (ese que tal vez era su “destino”), del inglés y del latín, se acercó a la imágenes de la lengua alemana, como si fuera una “música más íntima”. Procuró expresar cerca de ella el modo en que la eternidad (“Ewigkeit”) arde como un fuego mínimo por fuera del olvido, la lejanía de lo perdido es un retazo del pasado y un sueño (“Ein Traum”) puede convertirse en la vigilia de los otros o en el insomnio del que lucha por diluir las figuras del día en la oscuridad de los párpados.

Esa eternidad de lo perdido y ese sueño eran metáforas del otro lado del espejo, del doblez de un cuerpo en un otro que se anunciaba en la figura del doppelgänger, del doble o el “otro yo”, aquel que se sorprendía con su propia cara en el espejo, con el presentimiento de un rostro olvidado. Borges, al igual que Vladimir Nabokov, escribió con lucidez acerca de la duplicación, la repetición de las cosas. Pudo intuir que los puñales o los facones eran una suerte de espejo en el que dos hombres se enfrentaban, se vislumbraban antes de la sangre, arrojados a la búsqueda del supuesto original.

Christopher Hitchens relata en su autobiografía Hitch-22, que con el nacimiento de su hijo (ese otro yo que tanto tiene de uno mismo) pudo apreciar lo que profundamente implicaban las palabras del poema de Rossetti que le había recitado Borges:

¿Qué hombre no se ha inclinado a velar el sueño de su hijo,

para meditar cómo mirará ese rostro el suyo cuando esté frío...

Entonces recordamos que es en los otros en los que pervive nuestra última imagen, en aquel que permanece y sostiene en el tiempo la poesía de una ausencia interminable: “Sólo podemos dar lo que ya es del otro”.

© LA GACETA

Máximo Hernán Mena -
Licenciado en Letras de la Universidad Nacional de Tucumán.

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