Hay una escuela. Queda en el interior del departamento Alberdi, que es el interior de Tucumán, que es el interior de la Argentina. Tal vez por culpa de ese laberinto de interioridades no llega la verdad del progreso. Ni siquiera una mentira sobre la redistribución de la riqueza.
Las maestras de esta escuela sacaron plata de su bolsillo en marzo y compraron una estufa, pero no para combatir el frío de ellas, sino la humedad de sus alumnos. La de los pies de los chicos, más bien. Porque durante ese mes los pibes atravesaron inmensos campos anegados para llegar hasta los caminos vecinales, que son barriales finitos, hondos y largos. También durante abril y mayo. Lo mismo que ayer. Y los changuitos no faltan nunca. Ni ellos ni su único par de zapatillas. Su presentismo, por cierto, no busca emular a Sarmiento, porque los chicos de semejantes interioridades no van a la escuela a estudiar: van a comer.
Por eso la directora de esa escuela garantiza, incluso si hay huelga, que el comedor permanezca abierto. Lo cual es perfectamente lógico: si no comen, no pueden estudiar.
Hay un niño en esa escuela que lo demostró. El 28 de marzo se largó a llorar en clases. A duras penas se le entendía que le dolía la panza, porque se cubría la cara con el guardapolvo. No era apendicitis sino cuatro días sin comer: el 24 había sido feriado por el Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia; y el 25 había sido Viernes Santo. En la casa del chico sólo tenían para comer lo que pudieran pescar. Y, según la mamá, no habían podido pescar nada. Pero él niño dijo que, en realidad, a él no le gusta el pescado. Como en ese chiste que narró nuestro fracaso como sociedad en 2001, justo en horario cuando la Alianza fracasaba a lo grande.
Marín Caparrós rescató en ¿Qué país? esa cuento, cuando escribió sobre la vez en que su hijo le dijo que iba a contarle “uno de Jaimito”. Qué ocurre en una escuela. También ante una docente.
Hay, entonces, un chiste en el cual la maestra le pide a sus alumnos que cuenten qué cenaron y cuando Jaimito revela que tomó mate cocido, sus compañeros se burlan de él. Ya en casa, su madre le recomienda, mientras le sirve el yerbeao, que diga que comió salchichas con puré. Y eso repite en el aula. Cuando le preguntan cuántas comió, él contesta: “dos tazas”. Jaimito ya no era el sinvergüenza nacional. Había devenido pobre.
“Percibe su pobreza como algo inconveniente, inconfesable y trata de disimularla -describe Caparrós-. En realidad, son sus compañeros quienes le hacen entender con sus carcajadas que debe disimularla. El chiste no sólo cuenta que hay que ocultar la propia pobreza, que es una vergüenza; también dice que es un problema privado, que los que no la sufren no tienen por qué ayudar o, al menos, compadecer a los que sí”.
El chico de verdad, el que lloró por culpa del hambre (que es igual a llorar por culpa del hombre) en Alberdi, sabía eso. No sólo porque dijo que no quería comer, en lugar de revelar que no tenían comida en su casa; sino porque cuando lloraba se tapaba la cara.
La pobreza como intimidad es el verdadero interior. Eso y no otra cosa. Eso y no lo otro. Eso.
Hay una escultura que también tiene el rostro cubierto. Se llama Libertad y está de frente a la Casa de Gobierno. Pero, ciertamente, no la mira. En los últimos años ha resultado tan deteriorada que resulta indispensable repararla, así que se ha levantado una estructura que rodea la obra de Lola Mora. La Libertad está, literalmente, enjaulada. Completamente rodeada. Esa misma Libertad demanda ser restaurada en esta provincia de manera urgente. Sobre todo, su faz, con la cual parecieron ensañarse las inclemencias. Aquí, en Tucumán, a la Libertad por poco y se le cae la cara…
Esta tierra debiera ser declarada como el Jardín de los lapsus del inconsciente colectivo.
Otros homenajes
Hay un poder político dentro de ese palacio al cual la Libertad no consigue ver por estas horas. El 30 de octubre pasado se inició una nueva gestión y el discurso inaugural de ese nuevo mandato comenzó con una promesa resonante: reforma política. No era para menos: apenas dos meses atrás Tucumán había sido -otra vez- la mala noticia de la Argentina. Fue durante esos comicios que quedaron para la Historia: los declararon nulos por intoxicación con fraudulencia. Ese fallo, por supuesto, también fue anulado. Casi como en la poética profecía de Ruy Barbosa, que presagiaba el triunfo de las nulidades.
Prometer la “reforma política” no fue un acto fallido. En el mensaje del gobernador ante los legisladores, el 1 de marzo pasado, otra vez se habló de ella. Fue declarada oficialmente como “anhelo”. Y hasta se anunció la publicación de un libro que reuniría todas las propuestas de la sociedad civil. Se tituló “Tucumán Dialoga”. Pero ahora, el poder político de Tucumán dejó de dialogar sobre la reforma política.
O sea, ya no se habla de conjurar el bolsoneo ni las urnas embarazadas, el acarreo ni las urnas quemadas, el tiroteo ni las urnas refajadas. También se hace silencio respecto de los “acoples”: el 23 de agosto participaron 454 partidos políticos. Si no hay ningún cambio, en 2019, estarán en condiciones de presentar candidatos 1.051 fuerzas políticas, según la Junta Electoral Provincial. Léase, en nombre de la bastardeada libertad de candidaturas se sacrificará la claridad de saber qué se vota. ¿Cuál régimen es el que garantiza a sus ciudadanos la libertad de estar confundidos respecto de a quién van a elegir?
Ese es el refinamiento del cualquiercosismo: por un instante, el caso del niñito del departamento Alberdi, a quien el hambre le tapaba la cara, hará que muchos se sientan libres sólo porque no tienen vacía la panza.
Probablemente, también se pierda de vista que el poder político no quiere hablar de reforma política porque sus miembros tampoco son libres. Siguen atados al ex gobernador. Si no definen nuevas (y limpias) reglas de juego electoral es porque no tienen claro contra quién se deberán enfrentar en el futuro cercano. Ni siquiera saben contra quién se están enfrentando ahora.
Cuando se padece socialmente la somnoliencia de lo acostumbrado, el poder político puede fabricar “lo real” a partir de toda clase de anormalidades.
Hay una Constitución en la provincia de las escuelas a las que necesariamente se va comer, de la Libertad maltrecha en una plaza llamada Independencia, y de los gobernantes que se olvidan de los cambios que alentaron por escrito en un libro. Esa Carta Magna ordena la reforma política. Pero Tucumán, en agosto, celebrará la primera década de mora constitucional en materia de voto electrónico, régimen electoral y autonomía municipal.
Es decir, somos un estado de excepción. El derecho está vigente, pero no se aplica. Y ese es todo el homenaje realmente sentido que tendrán los 200 años del Congreso de 1816.
El abogado y escritor tucumano Juan Pablo Bustos Thames recordó que el Acta de la Declaración Independencia original fue robada. Lo que tenemos, en realidad, son copias manuscritas con el contenido fiel de ese documento, pero copias al fin. El reflejo de las palabras que nos fundaron. Escritos que simulan lo que había sido escrito.
¿Cuál es la evolución institucional a la vuelta de los últimos dos siglos? ¿El hecho de que antes se robaban las normas, pero ahora solamente su aplicación?
Hay un Bicentenario en camino. O más bien, su simulacro.
Las maestras de esta escuela sacaron plata de su bolsillo en marzo y compraron una estufa, pero no para combatir el frío de ellas, sino la humedad de sus alumnos. La de los pies de los chicos, más bien. Porque durante ese mes los pibes atravesaron inmensos campos anegados para llegar hasta los caminos vecinales, que son barriales finitos, hondos y largos. También durante abril y mayo. Lo mismo que ayer. Y los changuitos no faltan nunca. Ni ellos ni su único par de zapatillas. Su presentismo, por cierto, no busca emular a Sarmiento, porque los chicos de semejantes interioridades no van a la escuela a estudiar: van a comer.
Por eso la directora de esa escuela garantiza, incluso si hay huelga, que el comedor permanezca abierto. Lo cual es perfectamente lógico: si no comen, no pueden estudiar.
Hay un niño en esa escuela que lo demostró. El 28 de marzo se largó a llorar en clases. A duras penas se le entendía que le dolía la panza, porque se cubría la cara con el guardapolvo. No era apendicitis sino cuatro días sin comer: el 24 había sido feriado por el Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia; y el 25 había sido Viernes Santo. En la casa del chico sólo tenían para comer lo que pudieran pescar. Y, según la mamá, no habían podido pescar nada. Pero él niño dijo que, en realidad, a él no le gusta el pescado. Como en ese chiste que narró nuestro fracaso como sociedad en 2001, justo en horario cuando la Alianza fracasaba a lo grande.
Marín Caparrós rescató en ¿Qué país? esa cuento, cuando escribió sobre la vez en que su hijo le dijo que iba a contarle “uno de Jaimito”. Qué ocurre en una escuela. También ante una docente.
Hay, entonces, un chiste en el cual la maestra le pide a sus alumnos que cuenten qué cenaron y cuando Jaimito revela que tomó mate cocido, sus compañeros se burlan de él. Ya en casa, su madre le recomienda, mientras le sirve el yerbeao, que diga que comió salchichas con puré. Y eso repite en el aula. Cuando le preguntan cuántas comió, él contesta: “dos tazas”. Jaimito ya no era el sinvergüenza nacional. Había devenido pobre.
“Percibe su pobreza como algo inconveniente, inconfesable y trata de disimularla -describe Caparrós-. En realidad, son sus compañeros quienes le hacen entender con sus carcajadas que debe disimularla. El chiste no sólo cuenta que hay que ocultar la propia pobreza, que es una vergüenza; también dice que es un problema privado, que los que no la sufren no tienen por qué ayudar o, al menos, compadecer a los que sí”.
El chico de verdad, el que lloró por culpa del hambre (que es igual a llorar por culpa del hombre) en Alberdi, sabía eso. No sólo porque dijo que no quería comer, en lugar de revelar que no tenían comida en su casa; sino porque cuando lloraba se tapaba la cara.
La pobreza como intimidad es el verdadero interior. Eso y no otra cosa. Eso y no lo otro. Eso.
Hay una escultura que también tiene el rostro cubierto. Se llama Libertad y está de frente a la Casa de Gobierno. Pero, ciertamente, no la mira. En los últimos años ha resultado tan deteriorada que resulta indispensable repararla, así que se ha levantado una estructura que rodea la obra de Lola Mora. La Libertad está, literalmente, enjaulada. Completamente rodeada. Esa misma Libertad demanda ser restaurada en esta provincia de manera urgente. Sobre todo, su faz, con la cual parecieron ensañarse las inclemencias. Aquí, en Tucumán, a la Libertad por poco y se le cae la cara…
Esta tierra debiera ser declarada como el Jardín de los lapsus del inconsciente colectivo.
Otros homenajes
Hay un poder político dentro de ese palacio al cual la Libertad no consigue ver por estas horas. El 30 de octubre pasado se inició una nueva gestión y el discurso inaugural de ese nuevo mandato comenzó con una promesa resonante: reforma política. No era para menos: apenas dos meses atrás Tucumán había sido -otra vez- la mala noticia de la Argentina. Fue durante esos comicios que quedaron para la Historia: los declararon nulos por intoxicación con fraudulencia. Ese fallo, por supuesto, también fue anulado. Casi como en la poética profecía de Ruy Barbosa, que presagiaba el triunfo de las nulidades.
Prometer la “reforma política” no fue un acto fallido. En el mensaje del gobernador ante los legisladores, el 1 de marzo pasado, otra vez se habló de ella. Fue declarada oficialmente como “anhelo”. Y hasta se anunció la publicación de un libro que reuniría todas las propuestas de la sociedad civil. Se tituló “Tucumán Dialoga”. Pero ahora, el poder político de Tucumán dejó de dialogar sobre la reforma política.
O sea, ya no se habla de conjurar el bolsoneo ni las urnas embarazadas, el acarreo ni las urnas quemadas, el tiroteo ni las urnas refajadas. También se hace silencio respecto de los “acoples”: el 23 de agosto participaron 454 partidos políticos. Si no hay ningún cambio, en 2019, estarán en condiciones de presentar candidatos 1.051 fuerzas políticas, según la Junta Electoral Provincial. Léase, en nombre de la bastardeada libertad de candidaturas se sacrificará la claridad de saber qué se vota. ¿Cuál régimen es el que garantiza a sus ciudadanos la libertad de estar confundidos respecto de a quién van a elegir?
Ese es el refinamiento del cualquiercosismo: por un instante, el caso del niñito del departamento Alberdi, a quien el hambre le tapaba la cara, hará que muchos se sientan libres sólo porque no tienen vacía la panza.
Probablemente, también se pierda de vista que el poder político no quiere hablar de reforma política porque sus miembros tampoco son libres. Siguen atados al ex gobernador. Si no definen nuevas (y limpias) reglas de juego electoral es porque no tienen claro contra quién se deberán enfrentar en el futuro cercano. Ni siquiera saben contra quién se están enfrentando ahora.
Cuando se padece socialmente la somnoliencia de lo acostumbrado, el poder político puede fabricar “lo real” a partir de toda clase de anormalidades.
Hay una Constitución en la provincia de las escuelas a las que necesariamente se va comer, de la Libertad maltrecha en una plaza llamada Independencia, y de los gobernantes que se olvidan de los cambios que alentaron por escrito en un libro. Esa Carta Magna ordena la reforma política. Pero Tucumán, en agosto, celebrará la primera década de mora constitucional en materia de voto electrónico, régimen electoral y autonomía municipal.
Es decir, somos un estado de excepción. El derecho está vigente, pero no se aplica. Y ese es todo el homenaje realmente sentido que tendrán los 200 años del Congreso de 1816.
El abogado y escritor tucumano Juan Pablo Bustos Thames recordó que el Acta de la Declaración Independencia original fue robada. Lo que tenemos, en realidad, son copias manuscritas con el contenido fiel de ese documento, pero copias al fin. El reflejo de las palabras que nos fundaron. Escritos que simulan lo que había sido escrito.
¿Cuál es la evolución institucional a la vuelta de los últimos dos siglos? ¿El hecho de que antes se robaban las normas, pero ahora solamente su aplicación?
Hay un Bicentenario en camino. O más bien, su simulacro.
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