En Escaba de Abajo, los vecinos llevan un año sin el puente que les prometieron

Los pobladores parecen resignados al incumplimiento de las autoridades. Para cruzar el río Singuil usan caballos, un remolque tirado por un tractor, y un viejo Falcon. Temen por nuevas crecidas. Cuando no está disponible el tractor, los chicos se quedan sin clases y sin el almuerzo del día.

15 Abr 2016

PROMESAS INCUMPLIDAS

1 - El 12 de abril de 2015, el sur tucumano vivió una desgracia colectiva. Las tormentas causaron el desborde del dique de Escaba y se inundaron Graneros y La Madrid.
 
2 - En aquel momento, la delegada comunal era Miriam Boydo. Ella dijo que la Provincia se comprometía a reconstruir el puente. Pero, hasta ahora, pasó un año sin respuesta.
 
3 - “Nadie se puede enfermar, porque no hay posibilidad de recibir ayuda. No hay señal de teléfono y hace dos días se cortó el agua”, se quejó ayer el vecino José Grande.


Se sienten ninguneados. Están convencidos de que para el Gobierno ellos no existen. Todos los días, cuando llega el momento de cruzar el río Singuil sienten el desprecio de las autoridades y, mientras avanzan por el cauce de agua, murmuran algún insulto para los gobernantes.

En Escaba de Abajo, la mayoría de los pobladores comienza el día a las 5. A esa hora, el sol todavía ni asoma. En la oscuridad de la madrugada desayunan a las apuradas con bollo casero y mate cocido para llegar a tiempo al borde del río Singuil. Los chicos que van a la escuela de Escaba de Abajo también apuran el paso para estar a las 6.15 en el mismo sitio. A esa hora, un tractor de la comuna espera en un extremo del río con un carro de remolque para ayudarlos a cruzar al otro lado.

Suben al remolque como ganado; uno al lado del otro, sosteniéndose en los extremos, mientras el tractor avanza sobre el agua esquivando las piedras de uno de los ríos más bravos del sur tucumano. Esa es la manera en que viven sus días los vecinos de Escaba. Hace exactamente un año (el 12 de abril de 2015) se cayó el puente colgante que servía de paso para los pobladores. Desde aquel momento nadie se ocupó de resolver el problema. Más allá de los límites del dique de Escaba, los vecinos viven olvidados de quienes toman las decisiones de Estado.

Pero no les queda otra opción que resolver cómo puedan para cruzar el río. Hay quienes pueden montar a caballo y aprovechan las ventajas de subirse al lomo del animal. Juan Domingo Cárdenas, de 46 años, llega al mediodía montado en Tyson, su caballo de 12 años. Trae a su familia para cruzar al otro lado del pueblo. “Ya no le creemos a ninguno, porque todos decían que iban a hacer el puente nuevo, pero no pasa nada”, afirma resignado. Sin embargo, no todos disponen de un caballo. En los días de lluvia aumenta el cauce de agua y se torna casi imposible intentar un cruce peligroso para adultos y niños.

A Cárdenas lo siguen cuatro perros que también se lanzan al agua moviendo las patas y levantando el hocico. La correntada los arrastra unos 30 o 40 metros. Por momentos parece que no van a superar el cruce, pero siempre lo logran, aunque sea varios metros más abajo empujados por el agua.

Sobre ruedas

Ante la desgracia de haber quedado incomunicados por la caída del puente, no pueden darse el lujo de quedarse de brazos cruzados. Frente a la adversidad, muchas veces, aparece el ingenio, la valentía y se pierde el miedo. Rubén Esparza es uno de los que se anima a enfrentar el problema con su Ford Falcon rojo, modelo 1982. Aguerrido, Esparza se aferra al volante con las dos manos y acelera el vehículo. Está convencido de que ni el agua ni las piedras serán un obstáculo para su auto antiguo, pero potente. Lo acompañan tres pasajeros con sus respectivos enseres y presurosos por cruzar el río para llevar leche, harina, pan, ropa y todo lo que hace falta en la casa. Es un taxi especial. Todos los días, Esparza hace el viaje desde la terminal de Juan Bautista Alberdi hasta Escaba ($ 50); sólo que desde hace un año, incluye el cruce del río y el Falcon nunca falla.

Franco Flores, de 19 años, vuelve de la escuela secundaria de El Corralito en un ómnibus que se detiene en el borde del río Singuil. Junto a sus compañeros bajan del ómnibus y suben al carro de remolque tirado por el tractor. Al mediodía se da el mayor tránsito de personas en el río. Los chicos de la escuela primaria salen de clase y suben al remolque. Los padres esperan del otro lado del río. Las maestras también se suben al vehículo que avanza tembloroso entre las piedras del lecho. “Hemos perdido dos días de clases porque no estaba el tractor y no teníamos en qué cruzar”, explica Fátima Fenoglio, maestra de la primaria.

Cuando no está el tractor el problema se agrava. Romina Martínez, tiene un embarazo de ocho meses y no le queda otra alternativa que cargar al hombro a su otro hijo de cinco años.

Isabel Zelaya, maestra de la primaria, advierte que si no pueden cruzar, los chicos se quedan sin almuerzo. “Nos sentimos mal porque al no cruzar, no hay comedor y los chicos no pueden comer, porque no hay quién les prepare el menú”, detalla.

Rául Secco, otro maestro de la primaria, advierte que no se necesita una gran inversión para construir otro puente. “Aquí lo que hace falta es voluntad para solucionarlo”, afirma. Los pobladores todavía recuerdan aquella madrugada de abril de 2015. “La tormenta era allá arriba y se sentían los reventones de las piedras en el agua”, dice Víctor Castro señalando hacia el cerro. Quedamos con miedo, pero ojalá que no vuelva a crecer el río”, agrega.


Comentarios