Fernando Stanich
Por Fernando Stanich 21 Marzo 2016
Y un día se le dio. Por primera vez desde que comenzó la gestión, Juan Manzur sintió que los mimos del macrismo eran para él. A esta altura del desprecio tolerado, del ninguneo sufrido y de la parálisis en la que está sumida la provincia, poco habrá de importarle al gobernador que las caricias de la Casa Rosada no hayan sido sinceras y que hayan obedecido, en realidad, a las debilidades estructurales del gobierno de Mauricio Macri. Lo único trascendente, para el mandatario tucumano, es que su eterna sonrisa, por primera vez desde el 10 de diciembre, no fue fingida.

Y todo por dos votos. En Diputados, pero fundamentalmente en el Senado. La inflación no sólo golpea en el bolsillo de los argentinos, sino también en las cuentas políticas de los Gobiernos nacional y provincial. Sobre cinco diputados peronistas, Manzur sólo pudo ofrendarle al Presidente dos voluntades la semana pasada. Es para lo único que le alcanzó con su cuadro de anemia política crónica. Y eso que lo intentó. El gobernador dedicó en vano las horas previas a la extenuante sesión del martes a convencer a los tres diputados kirchneristas (Mabel Carrizo, Marcelo Santillán y Alicia Soraire). Los reunió en la Casa de Tucumán, en Buenos Aires, pero no hubo caso. Sólo pudo acercar al macrismo los votos de José Orellana y de Miriam Gallardo. A Cambiemos, a decir verdad, esos números poco le importaban porque en la Cámara Baja el escollo ya había sido superado y el problema se avecinaba en el Senado. Por eso Rogelio Frigerio, el ministro del Interior que negocia mano a mano con los gobernadores, se tomó un auto aquel martes para conversar personalmente en Suipacha 140 con Manzur y con su vice, Osvaldo Jaldo. Allí se gestó la venida del viernes a Tucumán de la armada política macrista. Manzur y Jaldo ya se habían enterado de que Domingo Amaya, secretario de Vivienda de la Nación, vendría ese día a inaugurar viviendas y a firmar convenios, así que le anticiparon fidelidad a Frigerio y lo invitaron a pasar la tarde en la provincia. A modo de respuesta, el enviado presidencial le sugirió al mandatario tucumano que acompañara a Macri en Chaco, también el viernes.

Así, en el último día hábil de la semana, Manzur sonrió más que nunca. Regresó ese mediodía desde Resistencia feliz porque, según relató, Macri le agradeció personalmente el acompañamiento de la Provincia a los proyectos de pago a los holdouts. Lo que el ex ministro de Salud kirchnerista no contó es si el Jefe de Estado le preguntó -o no- por su ausencia el día anterior en la Cámara de Senadores, donde 19 gobernadores expusieron sobre la conveniencia o no de acordar con los fondos buitre. Manzur pegó el faltazo sin previo aviso, junto al correntino Ricardo Colombi, la santiagueña Claudia Ledesma, el formoseño Gildo Insfrán y el pampeano Carlos Verna. El sorpresivo desaire, llamativo luego de haber jugado fuerte en Diputados al lado del macrismo, sólo puede hallar explicación en la excesiva dependencia hacia José Alperovich que aún hoy sufre el gobernador. De lo contrario, sería un error de timing político infantil. Manzur no puede -ni quiere- pasar por encima de su antecesor. Mucho menos, entonces, quitarle protagonismo en su nueva casa, la Cámara Alta. Para enmendar ese incidente, el viernes en su mansión de Marcos Paz el gobernador se puso de pie ante los comensales, miró a los ojos al presidente de Diputados, Emilio Monzó, y exageró en ademanes para ratificar su apoyo al macrismo. De inmediato, Monzó dio por sentado delante de todos que ya cuenta con el voto de Alperovich, que miraba sonriente, y de Beatriz Mirkin. “Ayuden a Juan y a la Provincia y cuentan conmigo”, respondió desde su silla, también con una risa, el tres veces ex gobernador tucumano.

Del gesto, ¿a los hechos?

Ni el alerta meteorológica ni la suspensión del acto en Monteros cambiaron el humor de un exultante Manzur el último viernes. Sin embargo, esa alegría puede resultar pasajera si en este otoño los mimos de la Nación no se traducen en fondos frescos.

La situación de la obra pública en esta provincia es alarmante. Los cientos de proyectos del plan Más Cerca, que mantenían en movimiento a municipios y a comunas, están abandonados. La deuda por certificados de obra impagos (que llega a siete meses) suma $ 500 millones, sin contar los intereses por pago fuera de término que comienzan a regir a los 55 días o las actualizaciones por reajustes de precios que permite la ley. Por la crisis, los obreros sin trabajo ascienden ya a 5.000, según estimaciones del gremio y de las constructoras. Los empresarios, además, no encuentran salida. Sólo pueden cambiar los certificados de obra adeudados en el Banco Tucumán, del grupo Macro, que los recibe pero se queda con un 25% del monto una vez que la Nación acredita el pago en ese banco. Para colmo, muchos tienen ya barrios listos para entregar, pero como las obras de infraestructura complementarias no se habilitaron porque están inconclusas, deben costear de sus bolsillos el mantenimiento hasta que puedan ser habitadas. Un caso de viviendas en El Manantial fue expuesto como ejemplo en una reunión que la semana pasada mantuvieron los afligidos constructores: allí las casas están listas, pero para protegerlas deben pagar seguridad privada y les deben realizar mantenimiento, a un costo de $ 200.000 por mes.

Después del último intercambio de gestos, en el Gobierno confían en que la Nación comenzará a enviar fondos para regularizar los pagos. Se habla incluso de algún mecanismo financiero bancario para achicar la deuda. Por lo pronto, Manzur debe conformarse con sentir que, por primera vez, pudo ponerle el cuerpo a las embestidas de Amaya y del radical José Cano, quien esta vez no apareció en las fotos porque desde Chaco -donde estuvo el viernes por la mañana con Macri y con su ex rival por la Gobernación- debió regresar en camioneta. Casualmente, en el aeropuerto de Resistencia estaba el avión oficial de Tucumán, que trajo de regreso a Manzur. Pero no hubo, siquiera, un ofrecimiento de aventón de un tucumano a otro tucumano. Y todo por dos votos.

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