Es un tiempo de sequía. El cambio de gestión ha llegado en un momento de escasez. Sin embargo, no puede hablarse de crisis. La gestión del gobernador Juan Manzur no tiene muchos anuncios que hacer. No hay plata. Por ende, tampoco habrá bombos ni platillos. Más bien es poco lo que se puede administrar. Tal vez por eso, el mandatario haya convocado a su gabinete para decirles a sus colaboradores que los tiempos que se avecinan no son de los mejores. Y que hay que remarla. “No queremos que haya ajuste”, dijo Manzur. En realidad, ese mensaje es hacia afuera. Dentro de la Casa de Gobierno, gran parte de la línea de conducción está convencida de que Manzur se sentó en la caja y que no abrirá el grifo financiero hasta tanto mejoren las condiciones del clima fiscal. Esto puede llevar su tiempo. Los $ 600 millones que la Nación prometió por devolución de un 3% de la coparticipación retenida no se derramará en el corto plazo. Eso aún sigue en el terreno de las promesas. Para peor, la recaudación de impuestos provinciales registró, durante febrero, un incremento cercano al 31%, hasta trepar a os $ 707 millones. ¿Y eso es poco o mucho? Es lo que hay y pudo haber sido un poco más. Los que administran las finanzas señalan que los ingresos provinciales están dentro de lo presupuestado, pero no de lo esperado por los excedentes. Lo ideal hubiera sido recolectar $ 60 millones más. Pero febrero fue un mes corto y aún el incremento de las alícuotas en el impuesto sobre los Ingresos Brutos no ha surtido el efecto deseado; sencillamente porque en el primer bimestre de cada año, la actividad económica en Tucumán es prácticamente nula.
Los nubarrones están asomando en el horizonte de la Casa de Gobierno. Puede que el nuevo gobierno aplique viejas recetas. Por ejemplo, la que le fue efectiva a José Alperovich para cubrir los mayores costos salariales de las paritarias estatales. Manzur está tentado a restringir hasta un 15% de las partidas presupuestarias asignadas a las distintas áreas del Poder Ejecutivo (salvo las de servicios esenciales como educación, seguridad o sanidad). En el pasado reciente, esta política de recortes “por las dudas” le ha redituado al anterior gobernador unos $ 3.000 millones al año. En buen romance, esas medidas le vendrían como anillo al dedo al gobernador, ya que -de sostenerse la pauta de incremento de salarios otorgado al sector docente, y que rondó el 30%- implicaría financiar la mitad del aumento que el Gobierno provincial debe acordar con toda la administración pública, que contiene a no menos de 85.000 agentes.
El Poder Ejecutivo sigue generando la sensación de consumo permanente, con el pago de los sueldos. El bono navideño de $ 4.000, otorgado a cada empleado público, seguramente será recordado porque una parte se pagó en carnaval y prácticamente se está liquidando en Semana Santa. Los $ 2.000 que se les entregarán ahora a los empleados públicos han servido para compensar los gastos extras que demanda mandar a los chicos a la escuela. Si aún no se ha mareado con tantos millones, vale recordar que el 53% del presupuesto de la provincia (unos $ 24.000 millones) se destina al gasto salarial. Este año, Manzur requerirá $ 4.000 millones si las paritarias cierran en torno del 30%. Para 2014, las erogaciones salariales totalizarán la friolera de $ 30.000 millones; esto es si no crece la dotación de agentes públicos.
Manzur ha convertido al pago regular de los salarios públicos en su principal anuncio. Es lo único que puede capitalizar ante la falta de financiamiento para los programas de obras. La Casa Rosada, por ahora, no tiene previsto girar más dinero que el previsto para Tucumán. Tampoco la provincia quiere pedirle anticipos porque espera que en la próxima reunión técnica entre ministros de Economía provinciales y funcionarios nacionales se paute una mejora en el giro de recursos coparticipables.
El frente estatal, en suma, está cubierto. Pero la inquietud de la Casa de Gobierno viene por el lado privado. La falta de obras públicas ha llevado a la desocupación a miles de trabajadores. En el Ejecutivo tratan de ver de qué manera se puede contener a un ejército de desempleados de la construcción si el panorama no cambia. Hay una base de, al menos, 30.000 obreros, cuyos puestos laborales tambalean en el andamio. De vez en cuando, los constructores le recuerdan a los funcionarios locales del peligro que esa situación social implica para la provincia. Se hablan de subsidios y de otros tipos de instrumentos para paliar la situación. Pero todos aguardan que vuelvan a llover los millones y negociar la redeterminación de plazos y de precios para que los programas de obras sigan.
La otra preocupación que existe en el entorno oficial es el futuro de la actividad azucarera. Algunos funcionarios comentan que, para esta zafra, se vislumbran pujas entre los distintos actores por la cuota que le corresponderá del programa alcoholero. Una falta de acuerdo pone al sector azucarero entre la espada y la pared a los industriales, a los cañeros y a los 30.000 trabajadores que se emplean en los cañaverales y en los ingenios. “Queremos una zafra tranquila, pero...uno nunca sabe”, dijo algo resignado un vocero del Ejecutivo. Distinto es el horizonte para la citricultura, que también emplea a casi 30.000 obreros. Las posibilidades de acceso nuevamente al mercado estadounidense hacen pensar que se pueden venir años de buena cosecha. Pero, aún más, en el Gobierno no dejan de resaltar que la actividad del citrus es una de las más prolijas en Tucumán. “Ellos tienen la filosofía de que, si los años son buenos, serán buenos para todos. Pero si son malos, todos compartirán las pérdidas”, ejemplifican.
Así las cosas, el año del Bicentenario se presenta muy difícil para algunos, y menos traumáticos para todos. El comercio, a su vez, espera que el sector público cumpla regularmente con el pago de los sueldos para que el consumo no se resienta. La economía tucumana viene transitando por la senda del estancamiento. Y tal parece que ese es el camino que seguirá en lo que resta del año si no cambia el clima de negocios.
Los nubarrones están asomando en el horizonte de la Casa de Gobierno. Puede que el nuevo gobierno aplique viejas recetas. Por ejemplo, la que le fue efectiva a José Alperovich para cubrir los mayores costos salariales de las paritarias estatales. Manzur está tentado a restringir hasta un 15% de las partidas presupuestarias asignadas a las distintas áreas del Poder Ejecutivo (salvo las de servicios esenciales como educación, seguridad o sanidad). En el pasado reciente, esta política de recortes “por las dudas” le ha redituado al anterior gobernador unos $ 3.000 millones al año. En buen romance, esas medidas le vendrían como anillo al dedo al gobernador, ya que -de sostenerse la pauta de incremento de salarios otorgado al sector docente, y que rondó el 30%- implicaría financiar la mitad del aumento que el Gobierno provincial debe acordar con toda la administración pública, que contiene a no menos de 85.000 agentes.
El Poder Ejecutivo sigue generando la sensación de consumo permanente, con el pago de los sueldos. El bono navideño de $ 4.000, otorgado a cada empleado público, seguramente será recordado porque una parte se pagó en carnaval y prácticamente se está liquidando en Semana Santa. Los $ 2.000 que se les entregarán ahora a los empleados públicos han servido para compensar los gastos extras que demanda mandar a los chicos a la escuela. Si aún no se ha mareado con tantos millones, vale recordar que el 53% del presupuesto de la provincia (unos $ 24.000 millones) se destina al gasto salarial. Este año, Manzur requerirá $ 4.000 millones si las paritarias cierran en torno del 30%. Para 2014, las erogaciones salariales totalizarán la friolera de $ 30.000 millones; esto es si no crece la dotación de agentes públicos.
Manzur ha convertido al pago regular de los salarios públicos en su principal anuncio. Es lo único que puede capitalizar ante la falta de financiamiento para los programas de obras. La Casa Rosada, por ahora, no tiene previsto girar más dinero que el previsto para Tucumán. Tampoco la provincia quiere pedirle anticipos porque espera que en la próxima reunión técnica entre ministros de Economía provinciales y funcionarios nacionales se paute una mejora en el giro de recursos coparticipables.
El frente estatal, en suma, está cubierto. Pero la inquietud de la Casa de Gobierno viene por el lado privado. La falta de obras públicas ha llevado a la desocupación a miles de trabajadores. En el Ejecutivo tratan de ver de qué manera se puede contener a un ejército de desempleados de la construcción si el panorama no cambia. Hay una base de, al menos, 30.000 obreros, cuyos puestos laborales tambalean en el andamio. De vez en cuando, los constructores le recuerdan a los funcionarios locales del peligro que esa situación social implica para la provincia. Se hablan de subsidios y de otros tipos de instrumentos para paliar la situación. Pero todos aguardan que vuelvan a llover los millones y negociar la redeterminación de plazos y de precios para que los programas de obras sigan.
La otra preocupación que existe en el entorno oficial es el futuro de la actividad azucarera. Algunos funcionarios comentan que, para esta zafra, se vislumbran pujas entre los distintos actores por la cuota que le corresponderá del programa alcoholero. Una falta de acuerdo pone al sector azucarero entre la espada y la pared a los industriales, a los cañeros y a los 30.000 trabajadores que se emplean en los cañaverales y en los ingenios. “Queremos una zafra tranquila, pero...uno nunca sabe”, dijo algo resignado un vocero del Ejecutivo. Distinto es el horizonte para la citricultura, que también emplea a casi 30.000 obreros. Las posibilidades de acceso nuevamente al mercado estadounidense hacen pensar que se pueden venir años de buena cosecha. Pero, aún más, en el Gobierno no dejan de resaltar que la actividad del citrus es una de las más prolijas en Tucumán. “Ellos tienen la filosofía de que, si los años son buenos, serán buenos para todos. Pero si son malos, todos compartirán las pérdidas”, ejemplifican.
Así las cosas, el año del Bicentenario se presenta muy difícil para algunos, y menos traumáticos para todos. El comercio, a su vez, espera que el sector público cumpla regularmente con el pago de los sueldos para que el consumo no se resienta. La economía tucumana viene transitando por la senda del estancamiento. Y tal parece que ese es el camino que seguirá en lo que resta del año si no cambia el clima de negocios.
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