Curiosa provincia Tucumán, que arrancó diciembre con un incremento en las alícuotas del impuesto sobre los Ingresos Brutos para los grandes contribuyentes y que cerró 2015 con un anhelo de su gobernador, Juan Manzur: “deseo que se puedan instalar fábricas y empresas para que haya trabajo genuino para los tucumanos”. Suena a contrasentido, pero es tan real como el reajuste impositivo. “El incremento de las alícuotas era necesario”, señala un importante funcionario del gabinete provincial. El Gobierno provincial precisa fondos para costear un año difícil. Y requiere mucho dinero. El año que pasó le ha dejado alrededor de $ 8.000 millones por el cobro de los impuestos provinciales y para este que arranca se proyecta una friolera que, de mínima, puede rondar los $ 10.000 millones y, de máxima, alcanzar los $ 14.000 millones.
Claro que el mayor costo fiscal jamás es pagado por el grande contribuyente. Por el efecto cascada, termina recayendo en el más común de los consumidores que pagan el precio final de un producto o de un servicio. Mientras tanto, el Gobierno va. Tras el incremento impositivo, ahora se apresta a convocar a los distintos sectores socioeconómicos de Tucumán. Dos cuestiones marcan la agenda oficial: por un lado, escuchar los planteos de cada actividad y buscar que ese tradicional rosario de lamentos que suele llevar la conducción empresarial no sea solamente queja, sino posibles soluciones. De la misma manera, los hombres de negocio no querrán que el Gobierno se siente alrededor de una mesa de diálogo con las manos vacías. Algo debe promover para acercar posturas y que el esfuerzo fiscal no siempre recaiga en el contribuyente. Que sea coparticipable también para el Estado cobrador y recaudador.
Por otro lado, Manzur quiere desempolvar la alfombra roja que supo estar en boca de su antecesor, José Alperovich, pero que no logró tenderse del todo. Hubo inversiones hoteleras durante la anterior gestión; también ampliación de instalaciones ya montadas, pero poca radicación de industrias fuertes en el territorio provincial. En la sede del Poder Ejecutivo están convencidos que los inversores no toman sólo a la variable impuesto como elemento esencial para definir la radicación de una empresa. Más bien, creen que con buena infraestructura y una norma que compense ciertas situaciones para la instalación de fábricas son fundamentales para alcanzar aquel objetivo.
Imperiosamente, Tucumán debe diversificar su economía y permitir que su Producto Bruto Geográfico (PBG) no dependa en gran medida de los aportes del Estado. Las crisis periódicas del sector azucarero ponen en vilo permanentemente a un ejercito de 30.000 personas que trabajan para esa actividad. Otros 22.000 subsisten a través de la zafra citrícola. El comercio emplea a casi 36.000 empleados, una cifra que fluctúa, de acuerdo con el movimiento económico. La construcción no atraviesa un buen momento; sólo en diciembre hubo 2.000 bajas laborales porque las pequeñas y medianas constructoras no recibieron el pago de los certificados de obras prometidos desde el sector público. Como corolario de toda esta radiografía laboral, el 47% de los trabajadores no están registrados por sus empleadores.
Los call centers han servido para darle la primera oportunidad laboral a los más jóvenes que aspiran a ascender y a generar sus propios emprendimientos. Es allí donde el Estado puede contribuir con programas que tiendan a fortalecer el espíritu emprendedor de esa franja etaria. O tal vez promoviendo políticas de largo aliento para la contratación de los jóvenes en el sector privado.
Está claro que si la propuesta colectiva es cambiarle la cara a la provincia, esa iniciativa debe lograrse a través de un consenso global, en el cual cada participante no juegue con naipes marcados, es decir, que se comprometa a poner su cuota de esfuerzo con el fin de lograr un Tucumán más pujante. Ni el Estado solo, ni los particulares con acciones individualistas podrán modificar el actual cuadro de situación social, política, laboral, institucional y económica.
La alfombra roja bien entendida es aquella que se extiende para que las empresas y las industrias puedan ejercer sus actividades sin presiones fiscales exageradas, pero con responsabilidad social. Doscientos años después de la declaración de la Independencia argentina es tal vez el momento propicio para encarar un cambio cultural. Sólo hay que volver a las fuentes e imitar las acciones de aquellos que hicieron grande a nuestra patria. Y eso no es magia.
Claro que el mayor costo fiscal jamás es pagado por el grande contribuyente. Por el efecto cascada, termina recayendo en el más común de los consumidores que pagan el precio final de un producto o de un servicio. Mientras tanto, el Gobierno va. Tras el incremento impositivo, ahora se apresta a convocar a los distintos sectores socioeconómicos de Tucumán. Dos cuestiones marcan la agenda oficial: por un lado, escuchar los planteos de cada actividad y buscar que ese tradicional rosario de lamentos que suele llevar la conducción empresarial no sea solamente queja, sino posibles soluciones. De la misma manera, los hombres de negocio no querrán que el Gobierno se siente alrededor de una mesa de diálogo con las manos vacías. Algo debe promover para acercar posturas y que el esfuerzo fiscal no siempre recaiga en el contribuyente. Que sea coparticipable también para el Estado cobrador y recaudador.
Por otro lado, Manzur quiere desempolvar la alfombra roja que supo estar en boca de su antecesor, José Alperovich, pero que no logró tenderse del todo. Hubo inversiones hoteleras durante la anterior gestión; también ampliación de instalaciones ya montadas, pero poca radicación de industrias fuertes en el territorio provincial. En la sede del Poder Ejecutivo están convencidos que los inversores no toman sólo a la variable impuesto como elemento esencial para definir la radicación de una empresa. Más bien, creen que con buena infraestructura y una norma que compense ciertas situaciones para la instalación de fábricas son fundamentales para alcanzar aquel objetivo.
Imperiosamente, Tucumán debe diversificar su economía y permitir que su Producto Bruto Geográfico (PBG) no dependa en gran medida de los aportes del Estado. Las crisis periódicas del sector azucarero ponen en vilo permanentemente a un ejercito de 30.000 personas que trabajan para esa actividad. Otros 22.000 subsisten a través de la zafra citrícola. El comercio emplea a casi 36.000 empleados, una cifra que fluctúa, de acuerdo con el movimiento económico. La construcción no atraviesa un buen momento; sólo en diciembre hubo 2.000 bajas laborales porque las pequeñas y medianas constructoras no recibieron el pago de los certificados de obras prometidos desde el sector público. Como corolario de toda esta radiografía laboral, el 47% de los trabajadores no están registrados por sus empleadores.
Los call centers han servido para darle la primera oportunidad laboral a los más jóvenes que aspiran a ascender y a generar sus propios emprendimientos. Es allí donde el Estado puede contribuir con programas que tiendan a fortalecer el espíritu emprendedor de esa franja etaria. O tal vez promoviendo políticas de largo aliento para la contratación de los jóvenes en el sector privado.
Está claro que si la propuesta colectiva es cambiarle la cara a la provincia, esa iniciativa debe lograrse a través de un consenso global, en el cual cada participante no juegue con naipes marcados, es decir, que se comprometa a poner su cuota de esfuerzo con el fin de lograr un Tucumán más pujante. Ni el Estado solo, ni los particulares con acciones individualistas podrán modificar el actual cuadro de situación social, política, laboral, institucional y económica.
La alfombra roja bien entendida es aquella que se extiende para que las empresas y las industrias puedan ejercer sus actividades sin presiones fiscales exageradas, pero con responsabilidad social. Doscientos años después de la declaración de la Independencia argentina es tal vez el momento propicio para encarar un cambio cultural. Sólo hay que volver a las fuentes e imitar las acciones de aquellos que hicieron grande a nuestra patria. Y eso no es magia.
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