Cada año que comienza, por lo general, es acompañado por un propósito, por un anhelo, por alguna meta que queremos alcanzar o concretar. En ese sentido, el Año de la Misericordia que se inició el 8 de diciembre y concluirá el 20 de noviembre de 2016 bien puede proporcionar ese propósito o esa meta. Aunque se trate de una celebración católica, los valores que se difunden son comunes a los de otras religiones y hasta a los de personas que no siguen ningún credo.
El papa Francisco, un líder religioso de brazos abiertos y extendidos, destacó durante el Jubileo de la Familia en el Vaticano -esta Navidad- la necesidad de experimentar la alegría del perdón. Ser capaces de perdonar a otros y de perdonarnos a nosotros mismo. Importante y profundo proyecto para desarrollar a lo largo del año que se inicia. El perdón, explica el Papa, van de la mano de la confianza, del amor y de la comprensión. Y cuando se logra llevar eso a la práctica, ya el perdón no es una “dádiva” otorgada por alguien que está subido la virtud de la generosidad a otro que está debajo, envuelto en sus errores. No. Cuando hay comprensión se produce una profunda reconciliación, porque eso significa que se ha logrado ponerse en el lugar del otro y ver la realidad como él la veía, y así, entender su modo de actuar. Y desde esa comprensión, y con amor, se perdona y se reconcilia. “Es hermoso abrir siempre el corazón unos a otros, sin ocultar nada -dice Francisco-. Donde hay amor, allí hay también comprensión y perdón. Encomiendo a ustedes, queridas familias, este peregrinaje doméstico de todos los días, esta misión tan importante, de la que el mundo y la Iglesia tienen más necesidad que nunca”. Y tomando el último párrafo queda claro que el Papa no hace un llamado a reconciliarse solo en la intimidad familiar. La familia es el punto de partida, no la meta. Desde allí sería deseable avanzar hacia los ámbitos en los que cada uno realiza sus actividades cotidianas: el trabajo, la escuela, el negocio, la profesión, el club, los amigos, la militancia, etcétera.
La militancia, ya sea política o social, quizás sea uno de los ámbitos donde más se necesita del perdón y de la reconciliación, porque en estos casos, lo que esos actos generan repercute en gran parte de la sociedad. Y, como dijo el Pontífice, “sabemos que tenemos un itinerario común que recorrer, un camino donde nos encontramos con dificultades, pero también con momentos de alegría y de consuelo”. Y nuestro país, que sigue construyendo su democracia, que sigue buscando un modelo socioeconómico que contenga a todos los sectores de la comunidad, que sigue indagando sobre cómo acabar con los privilegios y con las conductas corruptas, que sigue explorando la forma de lograr el bienestar para todos y de erradicar la pobreza y la exclusión, necesita líderes, dirigentes, gobernantes y ciudadanos con espíritu de reconciliación. No de revancha y mucho menos de venganza. Así como se confía en la familia porque se siente -al menos en la mayoría de los casos- que desde allí no van a disparar ningún juicio condenatorio, ninguna reacción exclusiva- es necesario poder confiar en la sociedad en la que vivimos, en sus instituciones, especialmente.
Es decir, poder sentir que esas instituciones no van a discriminar ni excluir a quienes no comparten, tal vez, puntos de vista o modos de hacer o políticas de quienes están ocupando posiciones de poder. Poder confiar en que el vecino no le va a quitar el saludo a aquellos cuyas opiniones disientan de las suyas. Experimentar la certeza de que hay espacio para todas las ideas, todas las acciones constructivas y para todas las personas.
El papa Francisco, un líder religioso de brazos abiertos y extendidos, destacó durante el Jubileo de la Familia en el Vaticano -esta Navidad- la necesidad de experimentar la alegría del perdón. Ser capaces de perdonar a otros y de perdonarnos a nosotros mismo. Importante y profundo proyecto para desarrollar a lo largo del año que se inicia. El perdón, explica el Papa, van de la mano de la confianza, del amor y de la comprensión. Y cuando se logra llevar eso a la práctica, ya el perdón no es una “dádiva” otorgada por alguien que está subido la virtud de la generosidad a otro que está debajo, envuelto en sus errores. No. Cuando hay comprensión se produce una profunda reconciliación, porque eso significa que se ha logrado ponerse en el lugar del otro y ver la realidad como él la veía, y así, entender su modo de actuar. Y desde esa comprensión, y con amor, se perdona y se reconcilia. “Es hermoso abrir siempre el corazón unos a otros, sin ocultar nada -dice Francisco-. Donde hay amor, allí hay también comprensión y perdón. Encomiendo a ustedes, queridas familias, este peregrinaje doméstico de todos los días, esta misión tan importante, de la que el mundo y la Iglesia tienen más necesidad que nunca”. Y tomando el último párrafo queda claro que el Papa no hace un llamado a reconciliarse solo en la intimidad familiar. La familia es el punto de partida, no la meta. Desde allí sería deseable avanzar hacia los ámbitos en los que cada uno realiza sus actividades cotidianas: el trabajo, la escuela, el negocio, la profesión, el club, los amigos, la militancia, etcétera.
La militancia, ya sea política o social, quizás sea uno de los ámbitos donde más se necesita del perdón y de la reconciliación, porque en estos casos, lo que esos actos generan repercute en gran parte de la sociedad. Y, como dijo el Pontífice, “sabemos que tenemos un itinerario común que recorrer, un camino donde nos encontramos con dificultades, pero también con momentos de alegría y de consuelo”. Y nuestro país, que sigue construyendo su democracia, que sigue buscando un modelo socioeconómico que contenga a todos los sectores de la comunidad, que sigue indagando sobre cómo acabar con los privilegios y con las conductas corruptas, que sigue explorando la forma de lograr el bienestar para todos y de erradicar la pobreza y la exclusión, necesita líderes, dirigentes, gobernantes y ciudadanos con espíritu de reconciliación. No de revancha y mucho menos de venganza. Así como se confía en la familia porque se siente -al menos en la mayoría de los casos- que desde allí no van a disparar ningún juicio condenatorio, ninguna reacción exclusiva- es necesario poder confiar en la sociedad en la que vivimos, en sus instituciones, especialmente.
Es decir, poder sentir que esas instituciones no van a discriminar ni excluir a quienes no comparten, tal vez, puntos de vista o modos de hacer o políticas de quienes están ocupando posiciones de poder. Poder confiar en que el vecino no le va a quitar el saludo a aquellos cuyas opiniones disientan de las suyas. Experimentar la certeza de que hay espacio para todas las ideas, todas las acciones constructivas y para todas las personas.
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