El pacto social es perfecto. Es una gran solución. No hay que andar implorando plata ni tampoco se sufre porque no se llega a fin de mes. Los sueldos están pagados. Estas frases fueron tomadas prestadas de un intendente que durante ocho años disfrutó de ese “increíble” pacto social. En las charlas sin grabador se animaba a dar otras reflexiones Se alegraba porque le ayudaba a decir “no”. Era un peronista culposo que, gracias al pacto social, cuando se le acercaban para pedirle empleo se alegraba de decir “no puedo porque con el pacto es imposible nombrar a alguien”.
El pacto social es un hijo de José Alperovich. Fue él quien creó la criatura. En los últimos días del siglo pasado cada municipio era un verdadero infierno y los intendentes se habían convertido en mendigos que hacían cola en la Casa de Gobierno pidiendo varias “moneditas por favor”. A principios de este siglo, el mismo Alperovich, rodeado de funcionarios de ayer que son ministros hoy (como Eduardo Garvich y Miguel Acevedo, por ejemplo), terminó modelando el pacto social. Era un enorme matafuegos que jamás podía quedarse vacío.
Fiel a su estilo, Alperovich (en aquel entonces, ministro de Economía de Julio Miranda) le preguntaba a cuanto interlocutor se le cruzaba qué le parecía su invento. “No habrá más quema de cubiertas ni tampoco nombramientos” era la carta de presentación del pacto social, que de pacto sólo tenía las firmas de las partes; y de social, vaya a saberse. De esa manera Alperovich empezaba a ser gobernador sin serlo. Él abría y cerraba el grifo y autorizaba o no un nombramiento. De ahí en más no era tan fácil discernir si un intendente era buen o mal administrador. Ni a los unos ni a los otros tampoco les interesaba la libertad. Elegían ser rehenes del Poder Ejecutivo. Sin embargo, todos eran felices y comían perdices.
Lo increíble ocurrió un puñado de meses antes de las elecciones provinciales. De repente, con bombos y platillos, se decidió que los municipios habían madurado y que después de tantos años se había aprendido cómo gestionar. Por lo tanto, ya no hacía falta el matafuegos. Se derogó entonces el pacto social.
En pocas horas volvieron los nombramientos y las planta de los municipios engordaron como nunca. Demasiada hipocresía. Ahora, de pronto, el gobernador Juan Manzur analiza volver al pacto social. ¿No será demasiado ya? ¿Qué harán los radicales que ahora manejan municipios y tienen votos en la Legislatura? ¿Serán consecuentes con las críticas que les ayudaron a crecer durante estos años? Para el gobernador será un placer convertirse en titiritero de intendentes. La promocionada mejora de la calidad institucional, eso sí, sumará una nueva derrota. Los matafuegos sirven sólo para apagar el fuego, no para sembrar.
Billetera vs. galán
El intendente de la Capital transpira política. Hace gala de su picardía. Ayer, subido al céntrico escenario de la peatonal le advirtió al mandatario provincial que hay algunos impuestos que deberían dejar de abultar los bolsillos provinciales para pasar engrosar las arcas municipales. Sin profundizar en la legalidad, ejemplificó con el cobro de la patente que hoy se abona en Rentas de la Provincia. Al mismo tiempo Germán Alfaro se abrazó a los municipios del Gran San Miguel (Banda del Río Salí, Alderetes, Tafí Viejo y Yerba Buena). Cualquier colectivo que le dé fuerza política o fondos lo lleva bien a Alfaro.
El lord mayor no dejó pasar por alto que aún no terminó de llegar la plata que había prometido José López cuando era funcionario nacional y precandidato a gobernador de Tucumán. Para Alperovich o para cualquier político tucumano del oficialismo, el concepcionense López parecía Messi. Le rendían pleitesías y hasta se reían de sus chistes malos. Ahora que no cumplió con sus promesas ni mandó el dinero es un desconocido parlamentario del Mercosur. Ayer, Alfaro lo criticó sin nombrarlo y decidió prenderle una vela a “San Colorado”, ya que Amaya tiene la combinación de la caja fuerte que manejaba López.
La degradación de la política empieza cuando una obra no se ajusta a los compromisos firmados sino a los lobbies o a las simpatías políticas. López se fue con el saco deshilachado; Amaya llega con la necesidad de que cambiemos.
En mesa
Osvaldo Jaldo, Antonio Gandur y Manzur se sentaron alrededor de la mesa. Se miraron, intentaron decirse cosas y se fueron felices. Esta semana, los tres hombres que manejan los poderes del Estado provincial protagonizaron una nueva forma de relacionarse, pero fue un partido de póker en el que ninguno pestañeó ni arriesgó.
Hasta hace unos días, lo único que hacía falta era hablar con “José”. Si un ministro fiscal o un vocal de Corte o un camarista necesitaba algo, sólo tenía que conseguir un encuentro con el hasta hace unos días era gobernador de la provincia. Y, si lo convencía, la necesidad era satisfecha. Alperovich le daba la orden a la Legislatura y esta, con obediencia inmediata y debida, accedía a lo que el mandatario le indicaba. Esta semana cambió el estilo. No obstante, Manzur, el “Juan” que sucedió a “José”, salió del encuentro y dio la orden a sus funcionarios de apurar el envío a la Legislatura de las leyes que le había requerido minutos antes Gandur.
El presidente de la Corte fue el gran favorecido de este encuentro. No sólo porque sus requerimientos tienen vía libre sino porque fue un auténtico apoyo político. Se ha convertido en el único interlocutor con los otros poderes y de esa manera neutralizará un poco más a sus enemigos. Tal vez por eso, cuando terminó la reunión con Manzur y Jaldo, el titular de la Corte estaba feliz. Sin embargo, en el trío que comprendió que hablar es posible no se dicen mucho. Una notable diferencia generacional les permitió asegurar que coincidieron en la búsqueda de un fortalecimiento de la institucionalidad de la provincia. “Que vaya”, dijeron los tres y se fueron a barajas hasta la próxima partida.
El encuentro fue armónico, sin ningún comentario especial sobre lo que está ocurriendo en la Justicia. Tampoco se habló de los problemas de los otros poderes. Sin embargo, les conocen los puntos débiles, así como los temas que los complican. La más compleja es la situación de Tribunales, donde todos los estamentos parecen esos boxeadores que, después de recibir la primera piña, esperan que el último round llegue ya. Así esperan la feria para ver si enero les da oxígeno. Las desavenencias en la Corte, la ruptura del ministro fiscal con el presidente de la Corte y las flaquezas del fuero penal pronostican un verano tormentoso. Y el verano comienza mañana.
En otras oportunidades, los abogados a través de sus diferentes instituciones han contribuido a poner quicio a los conflictos. En los últimos meses han hecho mutis por el foro.
Movimientos telúricos
Cuando Manzur armó su gabinete siguió tres caminos diferentes. Por un lado puso a sus incondicionales. Aquellos que nunca dudaron en poner la cara por él aún cuando quedaran como descarados. Otro sendero fue el de cumplir con su antecesor: cerrando los ojos, puso a quien “José” le ordenó. La tercera vía fue dejar todo como estaba porque los conflictos, balotajes e improvisaciones no le permitieron tener la casa en orden. Lo llamativo es que esos caminos siguieron paralelos y no se cruzaron entre ellos.
Las internas estallaron en los de su propio cuño. Los chispazos no encendieron ningún fuego, pero está claro que los movimientos que hizo la ministra de Salud, Rossana Chahla, no habrían satisfecho a su antecesor, el actual secretario general de la Gobernación, Pablo Yedlin.
En algún momento a Manzur se le escuchó decir que los Yedlin (el mencionado y su hermano, Gabriel, ministro de Desarrollo Social) eran él mismo. A juzgar por los desplazamientos que se hicieron en los hospitales donde Yedlin había puesto a médicos de su cuño, algún problema de personalidad debe estar teniendo el gobernador...
El pacto social es un hijo de José Alperovich. Fue él quien creó la criatura. En los últimos días del siglo pasado cada municipio era un verdadero infierno y los intendentes se habían convertido en mendigos que hacían cola en la Casa de Gobierno pidiendo varias “moneditas por favor”. A principios de este siglo, el mismo Alperovich, rodeado de funcionarios de ayer que son ministros hoy (como Eduardo Garvich y Miguel Acevedo, por ejemplo), terminó modelando el pacto social. Era un enorme matafuegos que jamás podía quedarse vacío.
Fiel a su estilo, Alperovich (en aquel entonces, ministro de Economía de Julio Miranda) le preguntaba a cuanto interlocutor se le cruzaba qué le parecía su invento. “No habrá más quema de cubiertas ni tampoco nombramientos” era la carta de presentación del pacto social, que de pacto sólo tenía las firmas de las partes; y de social, vaya a saberse. De esa manera Alperovich empezaba a ser gobernador sin serlo. Él abría y cerraba el grifo y autorizaba o no un nombramiento. De ahí en más no era tan fácil discernir si un intendente era buen o mal administrador. Ni a los unos ni a los otros tampoco les interesaba la libertad. Elegían ser rehenes del Poder Ejecutivo. Sin embargo, todos eran felices y comían perdices.
Lo increíble ocurrió un puñado de meses antes de las elecciones provinciales. De repente, con bombos y platillos, se decidió que los municipios habían madurado y que después de tantos años se había aprendido cómo gestionar. Por lo tanto, ya no hacía falta el matafuegos. Se derogó entonces el pacto social.
En pocas horas volvieron los nombramientos y las planta de los municipios engordaron como nunca. Demasiada hipocresía. Ahora, de pronto, el gobernador Juan Manzur analiza volver al pacto social. ¿No será demasiado ya? ¿Qué harán los radicales que ahora manejan municipios y tienen votos en la Legislatura? ¿Serán consecuentes con las críticas que les ayudaron a crecer durante estos años? Para el gobernador será un placer convertirse en titiritero de intendentes. La promocionada mejora de la calidad institucional, eso sí, sumará una nueva derrota. Los matafuegos sirven sólo para apagar el fuego, no para sembrar.
Billetera vs. galán
El intendente de la Capital transpira política. Hace gala de su picardía. Ayer, subido al céntrico escenario de la peatonal le advirtió al mandatario provincial que hay algunos impuestos que deberían dejar de abultar los bolsillos provinciales para pasar engrosar las arcas municipales. Sin profundizar en la legalidad, ejemplificó con el cobro de la patente que hoy se abona en Rentas de la Provincia. Al mismo tiempo Germán Alfaro se abrazó a los municipios del Gran San Miguel (Banda del Río Salí, Alderetes, Tafí Viejo y Yerba Buena). Cualquier colectivo que le dé fuerza política o fondos lo lleva bien a Alfaro.
El lord mayor no dejó pasar por alto que aún no terminó de llegar la plata que había prometido José López cuando era funcionario nacional y precandidato a gobernador de Tucumán. Para Alperovich o para cualquier político tucumano del oficialismo, el concepcionense López parecía Messi. Le rendían pleitesías y hasta se reían de sus chistes malos. Ahora que no cumplió con sus promesas ni mandó el dinero es un desconocido parlamentario del Mercosur. Ayer, Alfaro lo criticó sin nombrarlo y decidió prenderle una vela a “San Colorado”, ya que Amaya tiene la combinación de la caja fuerte que manejaba López.
La degradación de la política empieza cuando una obra no se ajusta a los compromisos firmados sino a los lobbies o a las simpatías políticas. López se fue con el saco deshilachado; Amaya llega con la necesidad de que cambiemos.
En mesa
Osvaldo Jaldo, Antonio Gandur y Manzur se sentaron alrededor de la mesa. Se miraron, intentaron decirse cosas y se fueron felices. Esta semana, los tres hombres que manejan los poderes del Estado provincial protagonizaron una nueva forma de relacionarse, pero fue un partido de póker en el que ninguno pestañeó ni arriesgó.
Hasta hace unos días, lo único que hacía falta era hablar con “José”. Si un ministro fiscal o un vocal de Corte o un camarista necesitaba algo, sólo tenía que conseguir un encuentro con el hasta hace unos días era gobernador de la provincia. Y, si lo convencía, la necesidad era satisfecha. Alperovich le daba la orden a la Legislatura y esta, con obediencia inmediata y debida, accedía a lo que el mandatario le indicaba. Esta semana cambió el estilo. No obstante, Manzur, el “Juan” que sucedió a “José”, salió del encuentro y dio la orden a sus funcionarios de apurar el envío a la Legislatura de las leyes que le había requerido minutos antes Gandur.
El presidente de la Corte fue el gran favorecido de este encuentro. No sólo porque sus requerimientos tienen vía libre sino porque fue un auténtico apoyo político. Se ha convertido en el único interlocutor con los otros poderes y de esa manera neutralizará un poco más a sus enemigos. Tal vez por eso, cuando terminó la reunión con Manzur y Jaldo, el titular de la Corte estaba feliz. Sin embargo, en el trío que comprendió que hablar es posible no se dicen mucho. Una notable diferencia generacional les permitió asegurar que coincidieron en la búsqueda de un fortalecimiento de la institucionalidad de la provincia. “Que vaya”, dijeron los tres y se fueron a barajas hasta la próxima partida.
El encuentro fue armónico, sin ningún comentario especial sobre lo que está ocurriendo en la Justicia. Tampoco se habló de los problemas de los otros poderes. Sin embargo, les conocen los puntos débiles, así como los temas que los complican. La más compleja es la situación de Tribunales, donde todos los estamentos parecen esos boxeadores que, después de recibir la primera piña, esperan que el último round llegue ya. Así esperan la feria para ver si enero les da oxígeno. Las desavenencias en la Corte, la ruptura del ministro fiscal con el presidente de la Corte y las flaquezas del fuero penal pronostican un verano tormentoso. Y el verano comienza mañana.
En otras oportunidades, los abogados a través de sus diferentes instituciones han contribuido a poner quicio a los conflictos. En los últimos meses han hecho mutis por el foro.
Movimientos telúricos
Cuando Manzur armó su gabinete siguió tres caminos diferentes. Por un lado puso a sus incondicionales. Aquellos que nunca dudaron en poner la cara por él aún cuando quedaran como descarados. Otro sendero fue el de cumplir con su antecesor: cerrando los ojos, puso a quien “José” le ordenó. La tercera vía fue dejar todo como estaba porque los conflictos, balotajes e improvisaciones no le permitieron tener la casa en orden. Lo llamativo es que esos caminos siguieron paralelos y no se cruzaron entre ellos.
Las internas estallaron en los de su propio cuño. Los chispazos no encendieron ningún fuego, pero está claro que los movimientos que hizo la ministra de Salud, Rossana Chahla, no habrían satisfecho a su antecesor, el actual secretario general de la Gobernación, Pablo Yedlin.
En algún momento a Manzur se le escuchó decir que los Yedlin (el mencionado y su hermano, Gabriel, ministro de Desarrollo Social) eran él mismo. A juzgar por los desplazamientos que se hicieron en los hospitales donde Yedlin había puesto a médicos de su cuño, algún problema de personalidad debe estar teniendo el gobernador...
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