Cuando usted acaso esté leyendo este artículo, ya sabrá si el River de Marcelo Gallardo concretó o no la hazaña japonesa de ganarle al Barcelona de Leo Messi. Si así fuere, sería difícil quitarle a River el podio de haber sido el mejor equipo argentino de 2015. No sólo del fútbol. Sino de todos los deportes. Pero los rankings, especialmente cuando no se mide una misma competencia, suelen ser inevitablemente arbitrarios. El River de Gallardo, es cierto, viene de últimos meses opacos, acaso saturado, en crisis de creación. Sin poder reinventarse a sí mismo. Pero igualmente, y más allá del partido de hoy ante Barcelona, podría dársele el podio y no sólo por sus triunfos internacionales.
Sino, ante todo, por su valentía al riesgo, a cambiar una mentalidad que domina y arruina al juego y que pretende decirnos que, lo más importante, es no perder. Pero si tuviese que elegir a mi equipo argentino de 2015, no lo dudo, me quedo con Los Pumas. No ganaron títulos como sí lo hizo River. Perdieron otra vez más que ganaron en el Rugby Championship. Ni siquiera pudieron subir al podio porque terminaron cuartos en el Mundial. Pero deslumbraron y contagiaron. Se arriesgaron a jugar. Cambiaron una mentalidad casi centenaria.
“No saben lo que ustedes trasmitieron. Han logrado ‘enamorar’. Esa es la palabra. Mi hijo juega rugby en un equipo de Bremen, en Alemania. Juega con nigerianos, rumanos, italianos. El equipo es una torre de Babel. Y me dijo que todos sus compañeros se volvían locos viendo jugar a Los Pumas”. Lo contó 10 días atrás una de las tantas personas que asistieron al ciclo de conferencias de LA GACETA. A la jornada en el hotel Hilton que tenía como invitados centrales al técnico de Los Pumas, Daniel “Huevo” Hourcade, y a José “Cheto” Santamarina, manager deportivo, su mano derecha. Lo que contó esa persona, ya sobre el final de la charla, graficó de modo exacto lo que habían logrado Los Pumas con su rugby y su arribo a semifinales en el último Mundial de Inglaterra. Por sentido de pertenencia, suena lógica esa alegría para los argentinos. Pero este hombre, orgulloso además porque había tucumanos liderando el asunto, hablaba de un equipo en Alemania.
De un país que es potencia en casi todo, pero que es muy pequeño en el rugby. Y de un equipo lleno de jugadores de otros países, pero que, en su amor por el juego, se “enamoraron” de Los Pumas. Con Los Pumas de antes nos emocionábamos y sufríamos por su defensa, como que tackleábamos con ellos. Los Pumas 2015, además de eso, sumaron ataque, riesgo, juego de manos. Se organizaron para la aventura. Y todos quisimos ir a su fiesta. Hasta los rugbiers extranjeros de ese equipo de Bremen.
¿Cómo se logra cambiar una mentalidad cuando tiene tanto arraigo, una tradición que amenaza convertirse en estatua y, encima, asumir el riesgo con un técnico sin pasado Puma como sus predecesores Marcelo Loffreda y Santiago Phelan, y de Tucumán, no de San Isidro? Hourcade dijo en la noche del Hilton que se precisaba un líder “loco” como Agustín Pichot, el ex capitán Puma hoy dirigente de peso. “En la historia de la humanidad a los que hicieron cambios trascendentales los llaman locos. Y nuestro loco -expresó- fue Agustín Pichot”. Santamarina habló luego de que el loco era Hourcade. “Porque hay que estar medio loco para estar en ese lugar”, dijo el “Cheto”. Y Hourcade, a su turno, expresó que el loco, en realidad, era Santamarina. “Ahora el loco es él. Vive enchufado. Se ganó el respeto y la credibilidad de los jugadores”. El intercambio se produjo cuando, también desde la platea, Luis “Cacho” Castillo, ex presidente de la Unión Argentina de Rugby (UAR), conocedor profundo del proceso, pidió a Hourcade y Santamarina que contaran por favor cómo había comenzado todo. “Porque cuando te contratamos muchos ni te conocían. Y porque lo más importante -dijo Castillo- es el grupo humano. Por más buen entrenador que seas, si no tenés eso fracasás”.
“Sin grupo humano no hay ninguna chance de tener un equipo”, aceptó Hourcade. Y habló entonces de los beneficios del Plan de Alto Rendimiento iniciado en 2010. No sólo porque mejoró técnica y físico de jugadores jóvenes. Sino también porque les exigió una disciplina para comer y también para estudiar, algo imprescindible “para no fomentar vagos, porque de 150 jugadores a Los Pumas llegan tres o cuatro”. Y habló también de aquellos tres meses de convivencia en Sudáfrica en la Copa Vodacom. Casi encerrados en un centro de alto rendimiento. Tres horas de rugby promedio por día, pero con otras 21 horas por delante para afrontar el resto del día. “Y la pasamos brutal”, dijo Hourcade. Parece fácil, y hasta se ha convertido en lugar común, hablar del “grupo humano” en momentos de reconocimiento. El fútbol ha demostrado más de una vez que “el grupo humano”, cuando venían las derrotas, terminaba siendo un “humano grupo”. Pero Los Pumas atravesaron “internas” públicas difíciles. Y Hourcade y Santamarina aceptaron que “no todo es color de rosa”. Porque, por un lado se renovaba un plantel. Y, por otro, se cambiaba un estilo histórico de juego.
“Lo más importante fue lo que pasó en la gira europea de noviembre de 2013. Hubo que sacar a jugadores grandes. Y que quedara claro que el sistema de juego es más importante que los jugadores. Los jugadores grandes -contó Santamarina- entendieron que el equipo es más importante que ellos. A nosotros nos elige la dirigencia. Y a los jugadores los elegimos nosotros. Fue traumático. Y convencer a los jugadores más veteranos que debían confiar en los más jóvenes. A confiar que lo que se había hecho con Los Pampas XV podía hacerse en Los Pumas. Los más grandes que pudieron entender eso fueron los que quedaron más contentos”. Los Pampas XV tenían “capacidad pero no experiencia”. Arriesgando tanto, admitió Hourcade, los jugadores más experimentados tenían acaso: “miedo bien entendido al papelón”. Los progresos no se notaban tanto en el Championship “porque jugábamos siempre contra los mejores”. Pero se hicieron evidentes en el Mundial, especialmente en el partido clave contra Irlanda.
Los Pumas, recordó Hourcade, terminaron ese partido defendiendo a su in goal como una trinchera, pese a que ganaban por más de 20 puntos. Y la misma actitud demostraron en la semifinal siguiente contra Australia. Atacando desesperados hasta el último segundo, pese a que la derrota 29-15 ya era una certeza. Ante situaciones opuestas, actitudes iguales. Aprender, además, que, si hay espacio, cualquier lugar de la cancha sirve para atacar. Aún debajo de los propios palos. Como hizo, por ejemplo, el brillante Santiago Cordero, en el acierto y en el error. Y como seguirá intentando todo el equipo. “El gran desafío -dijo Santamarina- será que los egos se pueden agrandar muchísmo tras lo que pasó. El ego, el mismo que también existía en los ’80, cuando no había ninguna moneda, será la gran lucha”. El “Cheto” recordó que un try en “palomita” de Leandro Senatore en la victoria cómoda contra Namibia había hecho “ruido” al plantel. Y que luego se produjo la otra “palomita” más recordada de Juan Imhoff contra Irlanda. De la que el propio Imhoff contó inmediatamente que sintió “vergüenza”. “El rugby -dijo Santamarina- te pone en tu lugar cada tres minutos”. Hourcade habló del modelo de clubes y de formación en Argentina. De un 2016 que será más intenso a partir de Los Jaguares en el Super Rugby. De que Los Pumas llegarán al Mundial de Japón 2019 con 100 partidos de primer nivel. Habló de “trabajo y más trabajo”. Y remató con el desafío que invita a mantener la ilusión: “solo podemos esperar crecimiento”.
Sino, ante todo, por su valentía al riesgo, a cambiar una mentalidad que domina y arruina al juego y que pretende decirnos que, lo más importante, es no perder. Pero si tuviese que elegir a mi equipo argentino de 2015, no lo dudo, me quedo con Los Pumas. No ganaron títulos como sí lo hizo River. Perdieron otra vez más que ganaron en el Rugby Championship. Ni siquiera pudieron subir al podio porque terminaron cuartos en el Mundial. Pero deslumbraron y contagiaron. Se arriesgaron a jugar. Cambiaron una mentalidad casi centenaria.
“No saben lo que ustedes trasmitieron. Han logrado ‘enamorar’. Esa es la palabra. Mi hijo juega rugby en un equipo de Bremen, en Alemania. Juega con nigerianos, rumanos, italianos. El equipo es una torre de Babel. Y me dijo que todos sus compañeros se volvían locos viendo jugar a Los Pumas”. Lo contó 10 días atrás una de las tantas personas que asistieron al ciclo de conferencias de LA GACETA. A la jornada en el hotel Hilton que tenía como invitados centrales al técnico de Los Pumas, Daniel “Huevo” Hourcade, y a José “Cheto” Santamarina, manager deportivo, su mano derecha. Lo que contó esa persona, ya sobre el final de la charla, graficó de modo exacto lo que habían logrado Los Pumas con su rugby y su arribo a semifinales en el último Mundial de Inglaterra. Por sentido de pertenencia, suena lógica esa alegría para los argentinos. Pero este hombre, orgulloso además porque había tucumanos liderando el asunto, hablaba de un equipo en Alemania.
De un país que es potencia en casi todo, pero que es muy pequeño en el rugby. Y de un equipo lleno de jugadores de otros países, pero que, en su amor por el juego, se “enamoraron” de Los Pumas. Con Los Pumas de antes nos emocionábamos y sufríamos por su defensa, como que tackleábamos con ellos. Los Pumas 2015, además de eso, sumaron ataque, riesgo, juego de manos. Se organizaron para la aventura. Y todos quisimos ir a su fiesta. Hasta los rugbiers extranjeros de ese equipo de Bremen.
¿Cómo se logra cambiar una mentalidad cuando tiene tanto arraigo, una tradición que amenaza convertirse en estatua y, encima, asumir el riesgo con un técnico sin pasado Puma como sus predecesores Marcelo Loffreda y Santiago Phelan, y de Tucumán, no de San Isidro? Hourcade dijo en la noche del Hilton que se precisaba un líder “loco” como Agustín Pichot, el ex capitán Puma hoy dirigente de peso. “En la historia de la humanidad a los que hicieron cambios trascendentales los llaman locos. Y nuestro loco -expresó- fue Agustín Pichot”. Santamarina habló luego de que el loco era Hourcade. “Porque hay que estar medio loco para estar en ese lugar”, dijo el “Cheto”. Y Hourcade, a su turno, expresó que el loco, en realidad, era Santamarina. “Ahora el loco es él. Vive enchufado. Se ganó el respeto y la credibilidad de los jugadores”. El intercambio se produjo cuando, también desde la platea, Luis “Cacho” Castillo, ex presidente de la Unión Argentina de Rugby (UAR), conocedor profundo del proceso, pidió a Hourcade y Santamarina que contaran por favor cómo había comenzado todo. “Porque cuando te contratamos muchos ni te conocían. Y porque lo más importante -dijo Castillo- es el grupo humano. Por más buen entrenador que seas, si no tenés eso fracasás”.
“Sin grupo humano no hay ninguna chance de tener un equipo”, aceptó Hourcade. Y habló entonces de los beneficios del Plan de Alto Rendimiento iniciado en 2010. No sólo porque mejoró técnica y físico de jugadores jóvenes. Sino también porque les exigió una disciplina para comer y también para estudiar, algo imprescindible “para no fomentar vagos, porque de 150 jugadores a Los Pumas llegan tres o cuatro”. Y habló también de aquellos tres meses de convivencia en Sudáfrica en la Copa Vodacom. Casi encerrados en un centro de alto rendimiento. Tres horas de rugby promedio por día, pero con otras 21 horas por delante para afrontar el resto del día. “Y la pasamos brutal”, dijo Hourcade. Parece fácil, y hasta se ha convertido en lugar común, hablar del “grupo humano” en momentos de reconocimiento. El fútbol ha demostrado más de una vez que “el grupo humano”, cuando venían las derrotas, terminaba siendo un “humano grupo”. Pero Los Pumas atravesaron “internas” públicas difíciles. Y Hourcade y Santamarina aceptaron que “no todo es color de rosa”. Porque, por un lado se renovaba un plantel. Y, por otro, se cambiaba un estilo histórico de juego.
“Lo más importante fue lo que pasó en la gira europea de noviembre de 2013. Hubo que sacar a jugadores grandes. Y que quedara claro que el sistema de juego es más importante que los jugadores. Los jugadores grandes -contó Santamarina- entendieron que el equipo es más importante que ellos. A nosotros nos elige la dirigencia. Y a los jugadores los elegimos nosotros. Fue traumático. Y convencer a los jugadores más veteranos que debían confiar en los más jóvenes. A confiar que lo que se había hecho con Los Pampas XV podía hacerse en Los Pumas. Los más grandes que pudieron entender eso fueron los que quedaron más contentos”. Los Pampas XV tenían “capacidad pero no experiencia”. Arriesgando tanto, admitió Hourcade, los jugadores más experimentados tenían acaso: “miedo bien entendido al papelón”. Los progresos no se notaban tanto en el Championship “porque jugábamos siempre contra los mejores”. Pero se hicieron evidentes en el Mundial, especialmente en el partido clave contra Irlanda.
Los Pumas, recordó Hourcade, terminaron ese partido defendiendo a su in goal como una trinchera, pese a que ganaban por más de 20 puntos. Y la misma actitud demostraron en la semifinal siguiente contra Australia. Atacando desesperados hasta el último segundo, pese a que la derrota 29-15 ya era una certeza. Ante situaciones opuestas, actitudes iguales. Aprender, además, que, si hay espacio, cualquier lugar de la cancha sirve para atacar. Aún debajo de los propios palos. Como hizo, por ejemplo, el brillante Santiago Cordero, en el acierto y en el error. Y como seguirá intentando todo el equipo. “El gran desafío -dijo Santamarina- será que los egos se pueden agrandar muchísmo tras lo que pasó. El ego, el mismo que también existía en los ’80, cuando no había ninguna moneda, será la gran lucha”. El “Cheto” recordó que un try en “palomita” de Leandro Senatore en la victoria cómoda contra Namibia había hecho “ruido” al plantel. Y que luego se produjo la otra “palomita” más recordada de Juan Imhoff contra Irlanda. De la que el propio Imhoff contó inmediatamente que sintió “vergüenza”. “El rugby -dijo Santamarina- te pone en tu lugar cada tres minutos”. Hourcade habló del modelo de clubes y de formación en Argentina. De un 2016 que será más intenso a partir de Los Jaguares en el Super Rugby. De que Los Pumas llegarán al Mundial de Japón 2019 con 100 partidos de primer nivel. Habló de “trabajo y más trabajo”. Y remató con el desafío que invita a mantener la ilusión: “solo podemos esperar crecimiento”.
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