Una imagen vale más que mil palabras, pero también se sabe que la mayoría “posa” para la foto.
El quid de las imágenes políticas de los vertiginosos últimos días reside en tratar de dilucidar qué hay de verdadero en esas estampas.
Mauricio Macri con los gobernadores. Todos sentados, alrededor de la mesa o todos juntos en un verde jardín. Fue una postal de ensueño para el nuevo Presidente. Poderosa y sugestiva, ingresó por los ojos de propios y ajenos con un mensaje claro: los tiempos efectivamente cambiaron y hay poco margen -al menos por ahora- para el caos. Los retoños huérfanos del kirchnerismo en retirada fueron los que peor recibieron el mensaje. Los fogosos jóvenes prestos a levantar la bandera de díscolos entendieron al instante que estaban solos. Hasta un Kirchner (Alicia) se sentó y sonrió con Macri. La foto dejó en claro que por el momento deberán guardar las armas. Hasta Juan Luis Manzur, que supo tildar de “golpista” al jefe de Estado se mostró charlando animadamente con su otrora enemigo. Resta saber si esa imagen quedará congelada en el tiempo o si se prolongará pasada la luna de miel de los primeros meses de la que goza el sucesor de Cristina Fernández. Habrá dos cuestiones que serán claves para saber si la escena fue o no posada: la marcha de la economía y en especial de las paritarias (que pueden alterar la paz social en las provincias) y el comportamiento que tengan los gobernadores cuando el Congreso deba sancionar leyes caras para sus administraciones (como la anunciada reforma de la Coparticipación). Allí se sabrá si efectivamente son dialoguistas o si aprovechan eventuales debilidades presidenciales para sacar rédito político propio.
Germán Alfaro con José Cano. La primera acción que encaro el flamante titular del Plan Belgrano fue retornar a Tucumán y reunirse con el intendente de San Miguel de Tucumán. El radical dejó con esa acción en claro quiénes son sus aliados políticos en la ex ciudad de los azahares y dónde están sus prioridades. Fue una mojada de oreja para los peronistas que gobiernan la provincia y un gesto para llevar tranquilidad a sus socios vernáculos, que creían que los flashes habían nublado el juicio del George Clooney tucumano -como bromeó el Presidente cuando le tomó juramento-. Sonrisas y promesas de millones para obras fueron las imágenes y las palabras que dejaron la reunión. ¿Perdurará esa alianza inmortalizada en pixeles? ¿O Alfaro terminará jugando un partido propio o cediendo al poder de seducción de Juan Luis Manzur? También el tiempo terminará develando si pudo más la imagen o si se trató de una puesta en escena.
Manzur con Cano. Hasta los últimos minutos del domingo aún no estaba claro si la reunión entre los hasta hace poco archienemigos iba o no a concretarse ni a qué hora iba a producirse. Finalmente, los flashes estallaron ante el júbilo aparente de los dos rivales políticos. El gobernador habló de las elecciones en tiempo pasado y Cano se sumó a los dichos de que se piensa en futuro. Ambos coincidieron en que la prioridad es Tucumán y conseguir lo mejor para los tucumanos. La foto fue gloriosa y habló de líderes maduros dejando de lado diferencias en pos de un objetivo mayor. ¿Habrán olvidado, realmente, que uno casi pierde la gobernación por las denuncias del otro y que el segundo denunció que el fraude del primero conspiró contra su triunfo? Ese escándalo electoral, aún latente, hace pensar que las sonrisas fueron forzadas, como las de esos niños que muestran los dientes para la foto familiar después del pellizcón materno. Manzur y Cano todavía se miden y apuntan esperando el momento justo para efectuar el disparo. Parecieron más francotiradores expertos, dispuestos a esperar el tiempo que sea necesario para no errar al blanco, que pacifistas entrenados en el don del perdón. Por ello Manzur continúa tirando líneas para sellar alianzas con el macrismo que le den inmunidad ante lo que -percibe- serán ataques canistas programados. José Alperovich cuenta con dos votos en el Senado (el suyo y el de su aliada Beatriz Mirkin) y serán claves para erigir su escudo. Cano acata la orden conciliatoria que le bajó su Presidente de la Nación. Tiene en claro que por ahora prima la imagen de conciliación y pacificación. Pero también sabe que dentro de aproximadamente un año y medio llegará su momento. Deberá luchar fuerte y firme para las nacionales de medio mandato, si pretende mantener su ilusión de sentarse en cuatro años en el sillón de Lucas Córdoba. Por ello fue estratégica la presencia del ex intendente de San Miguel de Tucumán, Domingo Amaya, en el Gabinete nacional. Mantiene la dupla casi ganadora de este año y acrecienta la sombra sobre el manzurismo. Aquí la pose le ganó claramente a lo que muestra la imagen.
El ómnibus de Gendarmería siniestrado. Los agentes de la fuerza murieron, quizás, por un desperfecto técnico o mecánico, pero el diablo de la política también metió la cola. Vecinos de la zona del accidente y hasta el intendente de Rosario de la Frontera acusaron abandono y deterioro profundo de la ruta 34, que en algunos de sus tramos recibe el mote de “de la muerte”. El gendarme Iván Fernández, sobreviviente de la tragedia, le relató a LA GACETA que escuchó que el ómnibus había impactado contra una suerte de pozo en la ruta y que luego de ello se desbarrancó. El silencio, al final, fue funesto. ¿Y las millonarias obras viales de la última década? ¿Quién rendirá cuentas por ese descuido del Estado que costó 42 vidas? Otro dato político: los gendarmes iban a Jujuy, por pedido del gobernador Gerardo Morales, inquieto por el accionar de la agrupación Tupac Amaru, que lidera la ultraK Milagro Sala. La desgarradora imagen del ómnibus destruido no admite poses. Atestigua cruenta y dolorosamente que la política actúa sobre la vida misma. Y revive a la trillada frase de que, a veces, todo cambia para que nada cambie. Falta mucho para que realmente cambiemos.
El quid de las imágenes políticas de los vertiginosos últimos días reside en tratar de dilucidar qué hay de verdadero en esas estampas.
Mauricio Macri con los gobernadores. Todos sentados, alrededor de la mesa o todos juntos en un verde jardín. Fue una postal de ensueño para el nuevo Presidente. Poderosa y sugestiva, ingresó por los ojos de propios y ajenos con un mensaje claro: los tiempos efectivamente cambiaron y hay poco margen -al menos por ahora- para el caos. Los retoños huérfanos del kirchnerismo en retirada fueron los que peor recibieron el mensaje. Los fogosos jóvenes prestos a levantar la bandera de díscolos entendieron al instante que estaban solos. Hasta un Kirchner (Alicia) se sentó y sonrió con Macri. La foto dejó en claro que por el momento deberán guardar las armas. Hasta Juan Luis Manzur, que supo tildar de “golpista” al jefe de Estado se mostró charlando animadamente con su otrora enemigo. Resta saber si esa imagen quedará congelada en el tiempo o si se prolongará pasada la luna de miel de los primeros meses de la que goza el sucesor de Cristina Fernández. Habrá dos cuestiones que serán claves para saber si la escena fue o no posada: la marcha de la economía y en especial de las paritarias (que pueden alterar la paz social en las provincias) y el comportamiento que tengan los gobernadores cuando el Congreso deba sancionar leyes caras para sus administraciones (como la anunciada reforma de la Coparticipación). Allí se sabrá si efectivamente son dialoguistas o si aprovechan eventuales debilidades presidenciales para sacar rédito político propio.
Germán Alfaro con José Cano. La primera acción que encaro el flamante titular del Plan Belgrano fue retornar a Tucumán y reunirse con el intendente de San Miguel de Tucumán. El radical dejó con esa acción en claro quiénes son sus aliados políticos en la ex ciudad de los azahares y dónde están sus prioridades. Fue una mojada de oreja para los peronistas que gobiernan la provincia y un gesto para llevar tranquilidad a sus socios vernáculos, que creían que los flashes habían nublado el juicio del George Clooney tucumano -como bromeó el Presidente cuando le tomó juramento-. Sonrisas y promesas de millones para obras fueron las imágenes y las palabras que dejaron la reunión. ¿Perdurará esa alianza inmortalizada en pixeles? ¿O Alfaro terminará jugando un partido propio o cediendo al poder de seducción de Juan Luis Manzur? También el tiempo terminará develando si pudo más la imagen o si se trató de una puesta en escena.
Manzur con Cano. Hasta los últimos minutos del domingo aún no estaba claro si la reunión entre los hasta hace poco archienemigos iba o no a concretarse ni a qué hora iba a producirse. Finalmente, los flashes estallaron ante el júbilo aparente de los dos rivales políticos. El gobernador habló de las elecciones en tiempo pasado y Cano se sumó a los dichos de que se piensa en futuro. Ambos coincidieron en que la prioridad es Tucumán y conseguir lo mejor para los tucumanos. La foto fue gloriosa y habló de líderes maduros dejando de lado diferencias en pos de un objetivo mayor. ¿Habrán olvidado, realmente, que uno casi pierde la gobernación por las denuncias del otro y que el segundo denunció que el fraude del primero conspiró contra su triunfo? Ese escándalo electoral, aún latente, hace pensar que las sonrisas fueron forzadas, como las de esos niños que muestran los dientes para la foto familiar después del pellizcón materno. Manzur y Cano todavía se miden y apuntan esperando el momento justo para efectuar el disparo. Parecieron más francotiradores expertos, dispuestos a esperar el tiempo que sea necesario para no errar al blanco, que pacifistas entrenados en el don del perdón. Por ello Manzur continúa tirando líneas para sellar alianzas con el macrismo que le den inmunidad ante lo que -percibe- serán ataques canistas programados. José Alperovich cuenta con dos votos en el Senado (el suyo y el de su aliada Beatriz Mirkin) y serán claves para erigir su escudo. Cano acata la orden conciliatoria que le bajó su Presidente de la Nación. Tiene en claro que por ahora prima la imagen de conciliación y pacificación. Pero también sabe que dentro de aproximadamente un año y medio llegará su momento. Deberá luchar fuerte y firme para las nacionales de medio mandato, si pretende mantener su ilusión de sentarse en cuatro años en el sillón de Lucas Córdoba. Por ello fue estratégica la presencia del ex intendente de San Miguel de Tucumán, Domingo Amaya, en el Gabinete nacional. Mantiene la dupla casi ganadora de este año y acrecienta la sombra sobre el manzurismo. Aquí la pose le ganó claramente a lo que muestra la imagen.
El ómnibus de Gendarmería siniestrado. Los agentes de la fuerza murieron, quizás, por un desperfecto técnico o mecánico, pero el diablo de la política también metió la cola. Vecinos de la zona del accidente y hasta el intendente de Rosario de la Frontera acusaron abandono y deterioro profundo de la ruta 34, que en algunos de sus tramos recibe el mote de “de la muerte”. El gendarme Iván Fernández, sobreviviente de la tragedia, le relató a LA GACETA que escuchó que el ómnibus había impactado contra una suerte de pozo en la ruta y que luego de ello se desbarrancó. El silencio, al final, fue funesto. ¿Y las millonarias obras viales de la última década? ¿Quién rendirá cuentas por ese descuido del Estado que costó 42 vidas? Otro dato político: los gendarmes iban a Jujuy, por pedido del gobernador Gerardo Morales, inquieto por el accionar de la agrupación Tupac Amaru, que lidera la ultraK Milagro Sala. La desgarradora imagen del ómnibus destruido no admite poses. Atestigua cruenta y dolorosamente que la política actúa sobre la vida misma. Y revive a la trillada frase de que, a veces, todo cambia para que nada cambie. Falta mucho para que realmente cambiemos.
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