Mauricio Macri tiene varios Riquelme en el vestuario. La tribuna le reclama que tome medidas para la popular, pero el DT aún no se convence porque, según dice, no sabe con qué país se encontrará mañana cuando tome las riendas de la Argentina.
Macri tiene un gabinete ávido de protagonismo. Después de 12 años (y en algunos casos muchos más) en la oposición, varios de los colaboradores del líder de Cambiemos quieren jugar siempre con la 10. Pero no se puede. Un equipo necesita que alguien ataje los penales, que otros defiendan, que haya un mediocampo con fortaleza para aguantar los embates del contrario y una delantera que haga goles. Esto es de manual. Sin embargo, los cortocircuitos arrancaron en el precalentamiento. Las marchas y contramarchas sobre los cambios en el impuesto a las Ganancias son una clara muestra de la falta de comunicación interna en el macrismo. Desde la campaña misma, el futuro presidente de los argentinos le habló al bolsillo del electorado. Dijo que iba a bajar la carga tributaria que pesa sobre el salario y hasta su designado ministro de Trabajo, Jorge Triaca, se subió a ese anuncio.
Por un canal poco habitual (pero no menos criticado que las cadenas nacionales), en una cena con Mirtha Legrand, Macri tumbó aquel anuncio y desató las carcajadas kirchneristas, la ira sindical y la desilusión popular. Punto en contra para un político que ni siquiera asumió la Presidencia.
A Macri no le esperaba un camino de rosas, sino de espinas. Todo el arco gremial salió airadamente a fustigar la contramarcha del nuevo mandatario. Era improbable que alguien que quiera gozar de esa suerte de luna de miel con la sociedad le dijera sí, de inmediato, a la reducción de las retenciones al agro, pero dejara para después beneficios para los trabajadores. En el medio se cuela la inflación.
Mientras por las vías institucionales se trataba de “conciliar posturas” para que el traspaso presidencial sea lo más natural dentro de la vida democrática de una nación (no una especie de pelea de chiquilines), en Facebook Macri daba la buena nueva: la eximición del pago de Ganancias en el medio aguinaldo para aquellos contribuyentes de la cuarta categoría que cobran menos de $ 30.000 brutos mensuales. Así, desactivó huelgas, marchas y piquetes.
En realidad, pateó hacia adelante un problema que volverá a discutirse en paritarias: el sostenimiento del poder adquisitivo del salario. La CGT ya le puso un piso a aquella discusión. El camionero Hugo Moyano está convencido de que el futuro incremento salarial no debe ser inferior al 28%. Y algunos sindicalistas deslizaron que el reclamo puede ser cuatro puntos porcentuales más arriba, dependiendo de la devaluación de la moneda nacional. Eso es algo que deberá atender Triaca, sin perder de vista la opinión del resto de los ministros. Por caso, en estos momentos, el de Hacienda y Finanzas, Alfonso Prat Gay, tiene los ojos puestos en la “macro”, en un posible arreglo con acreedores del país que puede abrir la puerta al ingreso de capitales. Fuentes del macrismo admiten que hay inversores dispuestos a inyectar dólares en la Argentina, apenas se efectúe el cambio de Gobierno. En la “micro”, el titular de Interior, Rogelio Frigerio, deberá moverse entre las cuestiones vinculadas con el manejo de las finanzas públicas y la avidez de los gobernadores para reclamarle a la Casa Rosada los millones de pesos retenidos por el famoso 15% de retracción de los fondos coparticipables. Seguro que, en el camino, habrá un nuevo acuerdo con los mandatarios provinciales, particularmente con los más endeudados, para saldar los compromisos. Borrón y cuenta nueva.
El diagnóstico está hecho; desde hace tiempo. Sólo resta confirmar cuán profundo es el problema económico que deja el kirchnerismo. La Argentina fue una con Néstor Kirchner, la de los superávit gemelos (comercial y fiscal); y otra -más recesiva- con Cristina Fernández. La base de cálculo se alteró desde aquel día de enero de 2007 cuando la actual gestión decidió intervenir políticamente al Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec). Desde ese momento, datos como los de evolución del PBI, inflación, pobreza (que dejó de difundirse), sólo por mencionar algunos han desatado una verdadera batalla entre el Gobierno -siendo el secretario de Comercio Guillermo Moreno el general de la embestida- y las consultoras. La guerra también se libró en los tribunales, frente a las millonarias multas aplicadas por la Casa Rosada a las consultoras. Gran parte de ellas -mejor dicho los hombres que las dirigen- ocupan hoy papeles estelares en la nueva etapa gubernamental. Esos hombres y esas mujeres también quieren jugar con la 10. Mauricio Macri ha puesto a Jorge Todesca, el director de esta consultora, nada menos que al frente del Indec. El ex viceministro de Economía de Remes Lenicov tendrá ahora la misión de normalizar las estadísticas. Aquel resumen de uno de los informes de Finsoport muestra a las claras por dónde Todesca debe empezar a sanear las estadísticas. Además, es posible que el consultor desande el camino kirchnerista y vuelva a convocar a todos aquellos técnicos que fueron dejados cesantes del Indec.
La pesada herencia económica que recibirá el próximo Gobierno abarca múltiples flancos: elevadísimo déficit fiscal, reservas prácticamente agotadas, cepo cambiario con la consiguiente multiplicidad de tipos de cambio, inflación en dos dígitos desde 2007 y fuerte atraso cambiario, entre otros, señala un reciente informe de Empiria Consultores, ligada al actual ministro de Economía de Buenos Aires, Hernán Lacunza. Mañana, la Argentina tendrá un nuevo equipo institucional. Antes de salir al campo de juego, el DT tendrá que arreglar los problemas internos en el vestuario macrista.
Macri tiene un gabinete ávido de protagonismo. Después de 12 años (y en algunos casos muchos más) en la oposición, varios de los colaboradores del líder de Cambiemos quieren jugar siempre con la 10. Pero no se puede. Un equipo necesita que alguien ataje los penales, que otros defiendan, que haya un mediocampo con fortaleza para aguantar los embates del contrario y una delantera que haga goles. Esto es de manual. Sin embargo, los cortocircuitos arrancaron en el precalentamiento. Las marchas y contramarchas sobre los cambios en el impuesto a las Ganancias son una clara muestra de la falta de comunicación interna en el macrismo. Desde la campaña misma, el futuro presidente de los argentinos le habló al bolsillo del electorado. Dijo que iba a bajar la carga tributaria que pesa sobre el salario y hasta su designado ministro de Trabajo, Jorge Triaca, se subió a ese anuncio.
Por un canal poco habitual (pero no menos criticado que las cadenas nacionales), en una cena con Mirtha Legrand, Macri tumbó aquel anuncio y desató las carcajadas kirchneristas, la ira sindical y la desilusión popular. Punto en contra para un político que ni siquiera asumió la Presidencia.
A Macri no le esperaba un camino de rosas, sino de espinas. Todo el arco gremial salió airadamente a fustigar la contramarcha del nuevo mandatario. Era improbable que alguien que quiera gozar de esa suerte de luna de miel con la sociedad le dijera sí, de inmediato, a la reducción de las retenciones al agro, pero dejara para después beneficios para los trabajadores. En el medio se cuela la inflación.
Mientras por las vías institucionales se trataba de “conciliar posturas” para que el traspaso presidencial sea lo más natural dentro de la vida democrática de una nación (no una especie de pelea de chiquilines), en Facebook Macri daba la buena nueva: la eximición del pago de Ganancias en el medio aguinaldo para aquellos contribuyentes de la cuarta categoría que cobran menos de $ 30.000 brutos mensuales. Así, desactivó huelgas, marchas y piquetes.
En realidad, pateó hacia adelante un problema que volverá a discutirse en paritarias: el sostenimiento del poder adquisitivo del salario. La CGT ya le puso un piso a aquella discusión. El camionero Hugo Moyano está convencido de que el futuro incremento salarial no debe ser inferior al 28%. Y algunos sindicalistas deslizaron que el reclamo puede ser cuatro puntos porcentuales más arriba, dependiendo de la devaluación de la moneda nacional. Eso es algo que deberá atender Triaca, sin perder de vista la opinión del resto de los ministros. Por caso, en estos momentos, el de Hacienda y Finanzas, Alfonso Prat Gay, tiene los ojos puestos en la “macro”, en un posible arreglo con acreedores del país que puede abrir la puerta al ingreso de capitales. Fuentes del macrismo admiten que hay inversores dispuestos a inyectar dólares en la Argentina, apenas se efectúe el cambio de Gobierno. En la “micro”, el titular de Interior, Rogelio Frigerio, deberá moverse entre las cuestiones vinculadas con el manejo de las finanzas públicas y la avidez de los gobernadores para reclamarle a la Casa Rosada los millones de pesos retenidos por el famoso 15% de retracción de los fondos coparticipables. Seguro que, en el camino, habrá un nuevo acuerdo con los mandatarios provinciales, particularmente con los más endeudados, para saldar los compromisos. Borrón y cuenta nueva.
El diagnóstico está hecho; desde hace tiempo. Sólo resta confirmar cuán profundo es el problema económico que deja el kirchnerismo. La Argentina fue una con Néstor Kirchner, la de los superávit gemelos (comercial y fiscal); y otra -más recesiva- con Cristina Fernández. La base de cálculo se alteró desde aquel día de enero de 2007 cuando la actual gestión decidió intervenir políticamente al Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec). Desde ese momento, datos como los de evolución del PBI, inflación, pobreza (que dejó de difundirse), sólo por mencionar algunos han desatado una verdadera batalla entre el Gobierno -siendo el secretario de Comercio Guillermo Moreno el general de la embestida- y las consultoras. La guerra también se libró en los tribunales, frente a las millonarias multas aplicadas por la Casa Rosada a las consultoras. Gran parte de ellas -mejor dicho los hombres que las dirigen- ocupan hoy papeles estelares en la nueva etapa gubernamental. Esos hombres y esas mujeres también quieren jugar con la 10. Mauricio Macri ha puesto a Jorge Todesca, el director de esta consultora, nada menos que al frente del Indec. El ex viceministro de Economía de Remes Lenicov tendrá ahora la misión de normalizar las estadísticas. Aquel resumen de uno de los informes de Finsoport muestra a las claras por dónde Todesca debe empezar a sanear las estadísticas. Además, es posible que el consultor desande el camino kirchnerista y vuelva a convocar a todos aquellos técnicos que fueron dejados cesantes del Indec.
La pesada herencia económica que recibirá el próximo Gobierno abarca múltiples flancos: elevadísimo déficit fiscal, reservas prácticamente agotadas, cepo cambiario con la consiguiente multiplicidad de tipos de cambio, inflación en dos dígitos desde 2007 y fuerte atraso cambiario, entre otros, señala un reciente informe de Empiria Consultores, ligada al actual ministro de Economía de Buenos Aires, Hernán Lacunza. Mañana, la Argentina tendrá un nuevo equipo institucional. Antes de salir al campo de juego, el DT tendrá que arreglar los problemas internos en el vestuario macrista.
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