Saldos y retazos - LA GACETA Tucumán

Saldos y retazos

El gobernador declama una victoria que no se encuentra reflejada en sus gestos y confunde a propios y extraños con sus mensajes respecto de la Junta Electoral. La oposición no exhibe cohesión y deja entrever liderazgos débiles

13 Sep 2015 Por Federico Diego van Mameren
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La escena de la Casa de Gobierno sitiada es muy fuerte. El gobernador de la provincia no puede llegar a su despacho como lo venía haciendo. Tiene dos opciones: A) Acceder en contramano por calle San Martín desde Maipú. B) Llegar caminando. Ninguna de las dos formas son fáciles. En ambos casos son antipopulares. Para José Alperovich es una catástrofe. Jamás debe haber imaginado que a 46 días de abandonar el poder le fuera tan complicado llegar a su despacho.

Muy poco quedó de aquel mandatario que le gustaba caminar por el centro y se sentaba en un bar de la peatonal a charlar con sus ministros.

Una de las cosas que el gobernador perdió el 23 de agosto a la noche fue la sonrisa. Ya no ríe. Un líder enojado o frustrado no puede transmitir pasión ni abrir caminos. Alperovich está encerrado y no sabe qué decir. Sus palabras con gesto adusto son: “La oposición debe reconocer que perdió”. “Es la Junta Electoral que pidió la oposición”. “Mentira”. El hombre que conduce debería dirigirse a su gente. Cuando le pide a Cano y a Amaya que reconozcan una derrota sólo los está envalentonando a que sigan confrontando. Les está dando fuerza a los rivales y no está contagiándola a los suyos.

Alperovich además confunde a propios y a extraños cuando se refiere a la Junta Electoral. Por un lado habla de la honorabilidad del presidente del organismo, Antonio Gandur, y por el otro –y casi al mismo tiempo- advierte que es el ente de control comicial que quería la oposición. En síntesis, trata de defender y proteger la máxima institución electoral. Pero cuando dice que todo lo que denuncia y hace la oposición es mentira, y aclara que la Junta es la de la oposición, anula todo lo que destacó anteriormente.

En matemáticas, esta suma algebraica daría cero, en política da resultado negativo. Alperovich está demostrando confusión, desconcierto y sus dichos lo delatan. También ha perdido el recuerdo de que la Junta Electoral integrada por Edmundo Jiménez y Beatriz Bordinaro de Peluffo fue armada por él y se desarmó por estar sospechada de imparcialidad. Y, el propio mandatario la defendió hasta 24 horas antes de los comicios.

¿Yo señor? No señor
Los días pasan y no se recupera. Está enojado con la oposición y todo lo que es crítico lo descarta. Eso ha pasado con la represión policial contra los manifestantes del 24 de agosto pasado. Primero dijo que la repudiaba. Después habló de presiones ejercidas por grupos de la oposición. Luego en vez de decir que él investigaría y sancionaría a los culpables advirtió que iba a esperar que la Justicia investigue. El gobernador sabe que el jefe de policía -Dante Bustamante-, el secretario de Seguridad -Paul Hofer- y el ministro de Seguridad -Jorge Gassenbauer- son responsables de haber sacado los caballos a la calle y de que se hayan tirado gases y balas de goma contra el ciudadano. La amistad prima antes que la responsabilidad institucional. Ya lo dijo en otras oportunidades: “si la prensa o si alguien critica a mis funcionarios los voy a defender y no se irán aunque lo pidan”. El titular del Ejecutivo reduce al ámbito personal las cuestiones institucionales.

Lo grave es que la fiscala María de las Mercedes Carrizo tampoco ha avanzado mucho en la investigación. Le falta gente o voluntad. El ministerio Público que administra Jiménez no parece preocupado porque se esclarezca este hecho.

Señales negativas
El devaluado jefe del Ejecutivo está seguro de que ha ganado los comicios. El “hombre que él inventó”, sin embargo ni sus palabras ni su gestos transmiten esa convicción. Es comprensible. En el ocaso de su gestión él ha elegido mal. Entre los miles de candidatos que se han postulado en Tucumán hay dos que fueron seleccionados exclusivamente por Alperovich. Uno es Pablo Yedlin, el candidato a intendente que perdió con uno de los principales enemigos del gobernador, Germán Alfaro. El otro es Juan Manzur, que si bien lo tienen como ganador –incluso algunos opositores-, ha quedado desprestigiado como esos trastos viejos que están en el estante de los saldos y retazos en las mercerías. Alperovich ha sido derrotado como estratega, como político. Ha dilapidado la herencia de 12 años de poder indiscutido. Deja además una Justicia maltratada y un alperovichismo que rima con lo peor del menemismo y del kirchnerismo.

El despertar
No es momento para remordimientos. Por eso, un grupo de peronistas se fue hasta el ex Abasto (no se animaron a decir “Hilton”) y, desde allí, a Tafí Viejo. Sienten vergüenza por lo que está ocurriendo. Miran hacia otro lado para no ver las irregularidades, pero lo que les preocupa es que el poder no se les escape de las manos, ni en Tucumán ni en el país. En el Partido Justicialista vieron en ese gesto una señal y ayer llenaron la sede del PJ y se decidieron a salir a la calle. No es un gesto menor. Ante el silencio y las contradicciones del gobernador, dijeron: vamos a la plaza. Tras las cavilaciones, decidieron dar un paso hacia la plaza. El control de ese espacio público por los no peronistas fue un nocaut que mandó a los peronistas a la lona. Les ha costado 20 días recuperarse.

Mañana será un día trascendental para el futuro del peronismo tucumano. Apuesta a realizar una gran movilización. Se discutirá si habrá espontaneidad y medirán hasta en milímetros a fines de mostrar las diferencias con las concentraciones que hizo la oposición para dejar plasmado que el proceso electoral tuvo graves irregularidades.

Hay que pasar el fin de semana
Alperovich y el oficialismo lo llaman “mentira”, pero en realidad es una gran cachetada a los tucumanos. No todo se reduce a reconocer un triunfo o una derrota. Hay acciones probadas de querer violentar la voluntad de más de un elector. Cada semana aparece una mancha más en el tigre. La transparencia se ha vuelto una deuda pendiente. El oficialismo la relativiza y José Cano y Domingo Amaya, en primer término la señalan. No se debería normalizar la transparencia. Precisamente, el acostumbramiento al mal ejercicio del acto electoral es lo que ha convertido a Tucumán en el peor ejemplo nacional. Cano y Amaya no han encontrado el eco suficiente en sus respectivas huestes. Algunos legisladores supuestamente electos se han negado a darles sus planillas para probar algunas irregularidades. Es ahí donde se nota un débil liderazgo. Otro ejemplo surge cuando el apoderado de un partido del Acuerdo avala a la Junta que ha sido defenestrada por su equipo. Por eso no sorprende que luego de que se haya controlado la capital recién se retiraran los apoderados de la lista oficial. Si se estaba denunciando fraude y mal funcionamiento de la Junta, se debieron haber ido mucho antes. Es muy difícil para esta oposición, que no tiene ni un semestre de formación, responder con cohesión durante los momentos de alta tensión política.

El oficialismo sueña con pasar este fin de semana y empezar la próxima con una multitud que lo respalde y con un triunfo. Alperovich intentará cambiar la cara con ese baño de popularidad. La oposición ha cedido, por primera vez, esa iniciativa. Por lo tanto, estará a la espera de que la Justicia incline la balanza a su favor.

Mientras la discusión política se desata en todos los ámbitos, la plaza ha sido ocupado por los productores. Ahora no sólo Alperovich tendrá que circular contramano; la movilización del PJ estará condicionada por los tractores. Cuando se hizo la marcha de la oposición se les dio lugar a los manifestantes. ¿Ocurrirá mañana lo mismo? Los productores parecen reacios a moverse, temen también que no puedan volver a ocupar ese lugar. Hasta aquí el tablero muestra una complicadísima puja de intereses y es de esperar que no sea la violencia el árbitro en estas cuestiones. Mañana, Tucumán vuelve a tener una fecha difícil.

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