Tan cerca del artista que podés cebarle un mate - LA GACETA Tucumán

Tan cerca del artista que podés cebarle un mate

Un tiempo y un espacio paralelos se abrieron en medio de la rutina del último sábado de agosto: Panderetero, la Vero Paz y Alem fueron sus anfitriones.

06 Sep 2015 Por Silvina Cena
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FOTO DE VALENTINA BECKER

Afuera es el mundo habitual. Los olores, los colores, los sonidos del mundo habitual. Hay un zarpazo naranja en el cielo y un calor que no se condice con el calendario, pero nada de eso supone una extrañeza: es todo como ayer, como seguramente lo será mañana. Adentro tampoco hay extrañezas, aunque sí la sensación de un tiempo y un espacio paralelos. Hay un portal que sólo se atraviesa si alguien da el visto bueno y un rectángulo -no muy grande- segmentado por puertas, arcos y ventanas. Nada de lo de afuera se filtra hacia adentro. Nada excepto el calor, que es quizás más fuerte aquí, en este paréntesis abierto a la rutina.

Lo primero han sido las reglas. Ni bien traspasada la puerta de esta casona de Barrio Norte una mano se extiende y reparte un papel que dice: hay que presenciar todos los actos, hay que quedarse hasta el final, hay que mantener los celulares en silencio. Pero ni las normativas ni las restricciones conllevan aquí lo que las normativas y las restricciones conllevan en general: el ambiente de la segunda edición de Sofar Sounds en Tucumán -realizada el último sábado de agosto- es tan distendido que admite que, dentro de cada grupo, un mate caliente se cruce con una cerveza helada o que el déficit de sillas se sortee con cualquier superficie plana susceptible de soportar un peso medio.

Para entonces ya están develados los dos misterios inherentes a cada edición -Sofar Sounds es una comunidad mundial con bajada local que organiza recitales acústicos a partir de una lista de público postulante y sin informar, hasta última hora, dónde se harán ni quiénes tocarán-: el lugar es el taller Fábrica Mental, en Virgen de la Merced al 700, y aquí actuarán Rodrigo Belsito (más conocido como Panderetero), la Vero Paz y la banda Alem. No ha sido necesario que nadie los anuncie: andan todos ellos por ahí, mezclados con los invitados y los gestores del show, y aunque probablemente Panderetero sea el menos reconocible (ha venido desde Mar del Plata) es fácil adivinar que es uno de los solistas cuando se planta en el centro mismo de la sala y, sin mucho más que una corta presentación a cargo del organizador Carlos Andújar, empieza a cantar.

Elogio de la pequeñez

Cada edición de Sofar es la antítesis de las costumbres o los clichés que suelen repetirse en cualquier espectáculo musical. Si el marketing ata el éxito de una banda al número de espectadores, este ciclo los selecciona de entre varios anotados y pone un tope total de 60 personas para cada show. Si la prensa hace creer que tocar en un estadio equivale para los artistas a la consagración, este ciclo los ubica en lugares domésticos, no más amplios que un living. Todo está al alcance de la mano: allá, a cinco metros, la Vero Paz come pizza con su guitarrista, Nacho Luna; allá, a otros cuatro, Vladimiro Diéguez (cantante de Alem) agradece a la maquilladora por su trabajo. Sofar es, sí, un elogio a la pequeñez, pero antes que eso, un elogio al detalle, al contacto personal y, a partir de esto, a la calidad de la música, del tiempo y del espacio.

Esa confianza mutua entre todos los presentes -aunque muchos apenas se conozcan- y esa intimidad del contexto provocan, por ejemplo, que a Panderetero no le avergüence confesar, una vez que ya ha presentado su “Canción histérica”, que la letra se le ha ahogado en una laguna mental. Se ríen todos a su alrededor; “relajate”, le sugiere una voz de mujer. “Es que estoy relajado, por eso es complejo”, contesta el cantautor, y otra vez las risas.

El bloque de Panderetero es bueno, sus canciones atrapan, aunque es apenas el aperitivo de un show que irá in crescendo. Tras una pausa de 10 minutos “para que la gente descanse” -aunque no está claro de qué hay que descansar-, la Vero Paz, sus piernas largas y al descubierto de un short negro, ganan el centro del salón. La cantautora es atinada para describir el espíritu del ciclo (“me siento como si cantara en un acto del colegio o frente a mi familia”, ha dicho), pero es todavía más eficaz a la hora de conmover. Conmueve con una voz que parece surgida sin hacer esfuerzo, con una voz (y unas letras) cuyo hechizo desborda el campo de las palabras: a la Vero no se la describe, simplemente se la siente.

De Alem, en tanto, sí caben ciertas descripciones: hay que decir, por ejemplo, que los seis de la banda han debido ajustarse a un espacio que ya quedaba chico para dos y, sin embargo, eso no es obstáculo para un show formidable; hay que decir que el carisma de Diéguez, su gracia para hablar, es una de las joyas de la noche; y hay que decir, sobre todo, que Alem debería insistir mucho más con el formato acústico, que hace que sus temas se adueñen del público -no es posible pensar en otra cosa que no sean estas melodías- y que casi se materialicen, que sean el invitado 61 del encuentro.

Hay aplausos cuando la banda termina con “Sentidos” y a estos se le suman los pedidos de un bis, aunque eso parezca en vano porque cada playlist tiene un límite de cinco canciones que ya ha sido respetado antes por Panderetero y Paz. Pero los organizadores aprueban la continuidad del recital y Alem llega a cantar completo su último disco. Porque la comunidad Sofar es lúcida: sabe que las reglas están hechas para cumplirlas, pero sabe también que más importante que eso es estirar, aunque sea por unos minutos más, la placidez de este mundo paralelo.

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