Las crónicas que recordaron en estos días el primer aniversario de la muerte de Julio Grondona abundaron en detalles sobre la pesada herencia. En el medio de las tormentas, que no son nuevas y que tampoco son patrimonio nacional, allí está otra vez el fútbol argentino jugando una nueva final. La Selección jugó las finales del último Mundial y de la Copa América. Hacía más de 20 años que eso no pasaba. A nivel de clubes, después de San Lorenzo, ahora está el River del “Muñeco” Gallardo, último campeón de Copa Sudamericana y Recopa, buscando retener ahora para el fútbol argentino la Copa Libertadores. Hacía más de 10 años que eso tampoco sucedía, cuando Boca fue finalista en 2003 y 2004. Me resisto a creer que se trate de mera coincidencia. En algún lugar, aún en medio de las tormentas, el fútbol argentino trabaja bien.
Cierta tendencia a mirarnos siempre el ombligo, a creer que hay cosas que sólo pueden suceder aquí, suele llevar también a dramatizar aún más algunos problemas. Si aún en estos días se repitió aquello de que fue Grondona quien enseñó el modelo de corrupción a la FIFA. Como si Joao Havelange, presidente de la FIFA de 1974 a 1998, jamás hubiese existido. Pero veamos al fútbol mexicano, cercano en estas horas por Tigres, que el miércoles define contra River al nuevo campeón de la Libertadores. En la final de ida, en plena transmisión por Fox, se escuchó destacar lo mucho que se podía aprender de cierta conducta del fútbol mexicano. Otras crónicas celebraron también el poderío económico de los clubes aztecas. Pero contar uno o dos árboles omitiendo el bosque no suele ser lo mejor. El fútbol mexicano tiene seguramente algunas cuestiones que funcionan mejor que en nuestras canchas. Pero otras que no.
Los clubes mexicanos, para quienes no lo saben, son franquicias corporativas. Pertenecen a magnates y a empresas. Y, aunque los reglamentos de la FIFA lo prohiben, hay empresas que tienen más de un equipo compitiendo en un mismo campeonato. Casi la mitad de los clubes mexicanos de Primera y Segunda división están en situación de multipropiedad, es decir, pertenecen a un mismo dueño. Peor aún, algunos de esos dueños son cadenas que tienen derechos de televisación del campeonato y que, además, participan del negocio de apuestas deportivas. La Federación Mexicana (allí el poder lo tienen los clubes) anunció en 2013 que la multipropiedad cesará a partir de 2018. La tendencia, sin embargo, lejos de achicarse, creció en esta temporada. Estudiosos del fútbol mexicano me cuentan que la Federación azteca decidió poner fin a la multipropiedad no para adecuarse a los reglamentos de la FIFA. Lo hizo porque en 2013 entró a escena un nuevo, inesperado y poderosísimo actor, el empresario Carlos Slim. Es el segundo hombre más rico del mundo. Puede comprar a cuantos clubes quiera. El magnate ya compró a León y a Puebla, además de Estudiantes, en Segunda. Los dos primeros fueron finalistas del último campeonato.
Y Slim decidió que sus dos equipos jugaran la final a través de la TV de pago. Es decir, fuera del dominio de las dos grandes cadenas que monopolizaron la televisación del fútbol mexicano en todos estos años, Televisa y TV Azteca. El veto anunciado por la Federación se refiere a los clubes, pero apunta ante todo a cuidar el negocio de la TV. Tener equipos, como hicieron y hacen Televisa y TV Azteca, es una herramienta para tener luego derechos de transmisión del campeonato. Todo operador de cable quiere tener al fútbol. El corazón del negocio. Por eso, aún siendo franquicias de corporaciones que cuidan el negocio como nadie, los clubes mexicanos pierden dinero. La ganancia, algo que todavía muchos no entienden, viene por otro lado.
Estudié y escribí sobre esa realidad del fútbol mexicano una semana atrás, justo antes de que la Federación, que ahora busca a Marcelo Bielsa, decidiera despedir al DT de la selección, Miguel “Piojo” Herrera. Debe ser una de las primeras veces que un técnico campeón (México, con polémicas, acababa de ganar la Copa de Oro de la Concacaf) es despedido al día siguiente de la conquista.
Herrera fue echado por agredir en el aeropuerto a un periodista que lo venía criticando duro. “El video de la agresión”, decían los noticieros. Pero las imágenes mostraban casi lo contrario. Fue una hija adolescente de Herrera la que agredió primero al periodista Luis García, de TV Azteca. Las imágenes muestran luego a Herrera pidiendo disculpas y dialogando amable con García. Y luego, ya en la fila de migraciones, se ve a Herrera avanzar puestos hacia dónde está otro periodista de la TV Azteca, Christian Martinoli. La agresión no se ve. Pero Martinoli aseguró que recibió un manotazo en el cuello de parte del técnico.
“Vendehumo, porrista y populachero”, le había dicho semanas antes Martinoli a Herrera, mientras exigía su despido, porque México acababa de ser eliminado en primera rueda de la Copa América de Chile. “En algún momento lo voy a cruzar”, respondió Herrera. “Barra brava”, lo llamó el periodista. “Ojalá te encuentre”, siguió Herrera. Y lo encontró. Los cañones fueron casi todos contra el técnico. Ni siquiera se recordó que hasta la Comisión Nacional de Derechos Humanos de México había pedido años antes a Martinoli que cuidara su lenguaje, porque el periodista había llamado “descerebrado” a un fanático. Hay que leer blogs y foros de aficionados para advertir que hay muchos hinchas cansados de la arrogancia con el micrófono. “Telerrisa” le dicen a Televisa. Y “TV Apezta” llaman a TV Azteca. “Si Herrera no gana ahora la Copa de Oro -había desafiado Martinoli tras la Copa América- pues lo tendrán que echar”. Herrera, ayudado por fallas arbitrales, ganó la Copa América. Lo echaron igual.
El fútbol mexicano, el más poderoso en Centro y Norte América, no tiene sin embargo dirigentes implicados en el escándalo de la FIFA. Los dos últimos presidentes acusados de recibir sobornos y cuya extradición pidió Estados Unidos son Jack Warner, de Trinidad y Tobago, y Jeffrey Webb, de Islas Caimán. Una de las frases más escuchadas otra vez en estos días del primer aniversario de la muerte de Grondona es que el ex patrón de la AFA “se murió a tiempo”. Porque hoy estaría detenido en Zurich, junto con el uruguayo Eugenio Figueredo, con el paraguayo Nicolás Leoz y con el brasileño José María Marín. No lo sabemos. El informe del FBI sugiere claramente que cobró coimas, pero no da su nombre. ¿Dará aportes sustanciosos a la investigación el ex CEO de Torneos Alejandro Burzaco ahora que aceptó declarar ante la justicia de Estados Unidos? Ya muerto, Grondona quedó al desnudo hasta con grabaciones telefónicas que llegaron a la televisión. Lo que se escuchó, en rigor, confirmó simplemente su estilo de conducción patronal. El mismo Grondona que muchos dirigentes describían fuera de micrófono.
Árbitros, controles antidoping, dineros. Lo más delicado, eso sí, fue cuando Grondona expresó su interés por Estudiantes de San Luis, un club de ascensos y dineros sospechados. Su dueño, Carlos Ahumada, es un dirigente de amplio y polémico paso justamente por México, donde también fue patrón de clubes y protagonizó más de un incidente. Es el fútbol que ahora, a propósito de Tigres, algunos citan casi como ejemplar. El fútbol de magnates y TV. En Argentina, Grondona vendió primero el fútbol a Torneos-Clarín y luego, cansado de sus socios, se fue con el Gobierno. Los problemas económicos y de barras siguen igual o peor que antes. Aún así, el argentino es un fútbol que también sabe llegar a finales.
Cierta tendencia a mirarnos siempre el ombligo, a creer que hay cosas que sólo pueden suceder aquí, suele llevar también a dramatizar aún más algunos problemas. Si aún en estos días se repitió aquello de que fue Grondona quien enseñó el modelo de corrupción a la FIFA. Como si Joao Havelange, presidente de la FIFA de 1974 a 1998, jamás hubiese existido. Pero veamos al fútbol mexicano, cercano en estas horas por Tigres, que el miércoles define contra River al nuevo campeón de la Libertadores. En la final de ida, en plena transmisión por Fox, se escuchó destacar lo mucho que se podía aprender de cierta conducta del fútbol mexicano. Otras crónicas celebraron también el poderío económico de los clubes aztecas. Pero contar uno o dos árboles omitiendo el bosque no suele ser lo mejor. El fútbol mexicano tiene seguramente algunas cuestiones que funcionan mejor que en nuestras canchas. Pero otras que no.
Los clubes mexicanos, para quienes no lo saben, son franquicias corporativas. Pertenecen a magnates y a empresas. Y, aunque los reglamentos de la FIFA lo prohiben, hay empresas que tienen más de un equipo compitiendo en un mismo campeonato. Casi la mitad de los clubes mexicanos de Primera y Segunda división están en situación de multipropiedad, es decir, pertenecen a un mismo dueño. Peor aún, algunos de esos dueños son cadenas que tienen derechos de televisación del campeonato y que, además, participan del negocio de apuestas deportivas. La Federación Mexicana (allí el poder lo tienen los clubes) anunció en 2013 que la multipropiedad cesará a partir de 2018. La tendencia, sin embargo, lejos de achicarse, creció en esta temporada. Estudiosos del fútbol mexicano me cuentan que la Federación azteca decidió poner fin a la multipropiedad no para adecuarse a los reglamentos de la FIFA. Lo hizo porque en 2013 entró a escena un nuevo, inesperado y poderosísimo actor, el empresario Carlos Slim. Es el segundo hombre más rico del mundo. Puede comprar a cuantos clubes quiera. El magnate ya compró a León y a Puebla, además de Estudiantes, en Segunda. Los dos primeros fueron finalistas del último campeonato.
Y Slim decidió que sus dos equipos jugaran la final a través de la TV de pago. Es decir, fuera del dominio de las dos grandes cadenas que monopolizaron la televisación del fútbol mexicano en todos estos años, Televisa y TV Azteca. El veto anunciado por la Federación se refiere a los clubes, pero apunta ante todo a cuidar el negocio de la TV. Tener equipos, como hicieron y hacen Televisa y TV Azteca, es una herramienta para tener luego derechos de transmisión del campeonato. Todo operador de cable quiere tener al fútbol. El corazón del negocio. Por eso, aún siendo franquicias de corporaciones que cuidan el negocio como nadie, los clubes mexicanos pierden dinero. La ganancia, algo que todavía muchos no entienden, viene por otro lado.
Estudié y escribí sobre esa realidad del fútbol mexicano una semana atrás, justo antes de que la Federación, que ahora busca a Marcelo Bielsa, decidiera despedir al DT de la selección, Miguel “Piojo” Herrera. Debe ser una de las primeras veces que un técnico campeón (México, con polémicas, acababa de ganar la Copa de Oro de la Concacaf) es despedido al día siguiente de la conquista.
Herrera fue echado por agredir en el aeropuerto a un periodista que lo venía criticando duro. “El video de la agresión”, decían los noticieros. Pero las imágenes mostraban casi lo contrario. Fue una hija adolescente de Herrera la que agredió primero al periodista Luis García, de TV Azteca. Las imágenes muestran luego a Herrera pidiendo disculpas y dialogando amable con García. Y luego, ya en la fila de migraciones, se ve a Herrera avanzar puestos hacia dónde está otro periodista de la TV Azteca, Christian Martinoli. La agresión no se ve. Pero Martinoli aseguró que recibió un manotazo en el cuello de parte del técnico.
“Vendehumo, porrista y populachero”, le había dicho semanas antes Martinoli a Herrera, mientras exigía su despido, porque México acababa de ser eliminado en primera rueda de la Copa América de Chile. “En algún momento lo voy a cruzar”, respondió Herrera. “Barra brava”, lo llamó el periodista. “Ojalá te encuentre”, siguió Herrera. Y lo encontró. Los cañones fueron casi todos contra el técnico. Ni siquiera se recordó que hasta la Comisión Nacional de Derechos Humanos de México había pedido años antes a Martinoli que cuidara su lenguaje, porque el periodista había llamado “descerebrado” a un fanático. Hay que leer blogs y foros de aficionados para advertir que hay muchos hinchas cansados de la arrogancia con el micrófono. “Telerrisa” le dicen a Televisa. Y “TV Apezta” llaman a TV Azteca. “Si Herrera no gana ahora la Copa de Oro -había desafiado Martinoli tras la Copa América- pues lo tendrán que echar”. Herrera, ayudado por fallas arbitrales, ganó la Copa América. Lo echaron igual.
El fútbol mexicano, el más poderoso en Centro y Norte América, no tiene sin embargo dirigentes implicados en el escándalo de la FIFA. Los dos últimos presidentes acusados de recibir sobornos y cuya extradición pidió Estados Unidos son Jack Warner, de Trinidad y Tobago, y Jeffrey Webb, de Islas Caimán. Una de las frases más escuchadas otra vez en estos días del primer aniversario de la muerte de Grondona es que el ex patrón de la AFA “se murió a tiempo”. Porque hoy estaría detenido en Zurich, junto con el uruguayo Eugenio Figueredo, con el paraguayo Nicolás Leoz y con el brasileño José María Marín. No lo sabemos. El informe del FBI sugiere claramente que cobró coimas, pero no da su nombre. ¿Dará aportes sustanciosos a la investigación el ex CEO de Torneos Alejandro Burzaco ahora que aceptó declarar ante la justicia de Estados Unidos? Ya muerto, Grondona quedó al desnudo hasta con grabaciones telefónicas que llegaron a la televisión. Lo que se escuchó, en rigor, confirmó simplemente su estilo de conducción patronal. El mismo Grondona que muchos dirigentes describían fuera de micrófono.
Árbitros, controles antidoping, dineros. Lo más delicado, eso sí, fue cuando Grondona expresó su interés por Estudiantes de San Luis, un club de ascensos y dineros sospechados. Su dueño, Carlos Ahumada, es un dirigente de amplio y polémico paso justamente por México, donde también fue patrón de clubes y protagonizó más de un incidente. Es el fútbol que ahora, a propósito de Tigres, algunos citan casi como ejemplar. El fútbol de magnates y TV. En Argentina, Grondona vendió primero el fútbol a Torneos-Clarín y luego, cansado de sus socios, se fue con el Gobierno. Los problemas económicos y de barras siguen igual o peor que antes. Aún así, el argentino es un fútbol que también sabe llegar a finales.







