Gerontocracia y corto plazo: el que ríe último…

Sergio Berensztein | Politólogo

16 Mayo 2015
Justamente cuando la Argentina K completa un giro estratégico aliándose con un conjunto de países caracterizados por un venerable respeto a los mayores (y a menudo dominados por gerontocracias), el gobierno insiste en acosar al juez decano de la Suprema Corte de Justicia. ¿Qué tendrán los Castro o los ayatollahs iraníes para despertar en el kirchnerismo conductas tan sumisas, qué le falta a Carlos Fayt? ¿Por qué tanta agresión? Algunos referentes del oficialismo sostienen que no es nada personal: sólo una cuestión de conveniencia política coyuntural.

Es cierto que el objetivo final de esta embestida consiste en desarticular a la Corte como instancia superior del único de los tres poderes del Estado que no controla el kirchnerismo. Sin embargo, los excesos y la desmesura con que se está llevando a cabo este ataque brutal y sin destino ha generado conflictos aún dentro de las tribus cristinistas. En efecto, aun los nichos más identificados con la presidenta, insinúan que las acciones contra el “juez centenario”, como alguna vez lo llamó la propia CFK, constituyen una ejemplo de mal gusto. Inclusive algunos de sus perseguidores más fanáticos aseguran que, en realidad, en el fondo buscan protegerlo. Juliana Di Tullio, presidenta del bloque del FpV en la Cámara de Diputados, llegó a declarar que, en efecto, se trata de un juez prestigioso. Hasta Horacio Verbitsky aseguró que las acciones que lleva adelante la Comisión de Juicio Político de ese cuerpo son totalmente improcedentes e ilegales. Para colmo de males, desde el punto de vista comunicacional la estrategia elegida fue totalmente errónea en su propia concepción: atacar a un anciano, una mujer o un niño es una receta para el desastre.

Nadie se atrevió a poner en duda el aporte de Fayt a la recuperación y el sostenimiento de la democracia argentina. Sin embargo, ese mismo aporte no fue suficiente para que pudiese poner un broche de oro a su carrera con dignidad y reconocimiento. Hace falta esa vacante para que Cristina tenga la oportunidad de designar jueces afines. Teme que su futuro próximo (imperfecto, plagado de problemas judiciales) ponga otra vez en valor esa maravillosa máxima del Martín Fierro: hacete amigo del juez, y no le des de qué hablar.

Vale la pena recordar que estamos frente a una situación complicada, moralmente repudiable, pero para nada novedosa: hay varios antecedentes en este magullada Argentina de asedios insidiosos a ancianos afamados con muchos achaques de salud. En efecto, de hecho lo llevaron adelante los propios Montoneros con el mismísimo General Perón: se cobijaron bajo sus alas y crecieron gracias a su apoyo pero, en el momento en que el líder no hizo lo que ellos esperaban, lo enfrentaron sin miramientos ni escrúpulos. Y, vale la pena enfatizarlo, no sólo con pluma y la palabra.

La síntesis de este principio que rige la vida política argentina remite a una vieja publicidad: se usa, se tira, y ya está. Esto puede aplicarse no solo al caso de Fayt, que ahora, al final del gobierno de CFK, recibe los furiosos ataques del gobierno. Algo parecido ocurrió también con Jaime Stiuso, Hugo Moyano, Alberto Fernández y muchos otros protagonistas estelares o no tanto de estos años que de pronto pierden su status de aliados, amigos y/o entenados. Lo contrario también ocurre, es menester reconocerlo. El ejemplo más maravilloso y sintomático es el de Carlos Saúl Menem, cuya reconversión lo coloca prácticamente en el casillero estelar de los candidatos del FpV, algo así como un no tan joven de la Cámpora que pretende competir para la gobernación de su amada La Rioja. Nadie le puede quitar el derecho.

El fin justifica los medios, vale todo para lograr objetivos de corto plazo, poco importa la que hiciste o lo que sos, sino si acompañas el proyecto aunque sea en su etapa declinante. El joven Santoro, ese radical que no baja las banderas del oportunismo más extremo, puede dar fe que aquellos principios son los que imperan en este sistema político disfuncional, inestable, conflictivo y devorador de las criaturas que genera. Esta concepción cortoplacista, utilitarista y vulgar de la política se manifiesta en otros campos. Por estos días, notamos que no pocos caracterizan de “exitosa” la estrategia llevada adelante por Axel Kicillof en materia económica. “La economía no está tan mal”, dicen algunos importantes líderes del sector privado. “La paz cambiaria va a ayudar al gobierno en las próximas elecciones”, vaticinan incluso economistas de la City financiera. Sin embargo, basta una mirada objetiva del cuadro para notar que llevamos casi dos años de estanflación, que el déficit fiscal traspasa el 6% del PBI, que el gasto público está sobrepasando todos los límites razonables, que no hay generación de empleo ni inversión en infraestructura.

¿Qué es, en este contexto, lo que “no está tan mal”? En general, se refieren a la estabilidad relativa de los últimos meses, lograda en buena parte de manera ficticia, atada a mecanismos autoritarios de control, como el cepo cambiario. Es decir, aunque sea un equilibrio totalmente inestable sostenido con estrategias no sustentables, se lo considera exitoso. En el cortísimo plazo, claro. Su impacto en el mediano plazo podría convertir en víctimas a algunos de los mismos actores que hay callan esperando beneficiarse del status quo. Daniel Scioli, por ejemplo. Es posible que su caudal de votos se incremente porque el dólar está planchado, pero dentro de pocos meses él mismo va a tener que pagar las consecuencias del atraso cambiario. “El que ríe último ríe mejor”, suelen decir los derrotados cuando tienen la sensación de que la vida está a punto de darles revancha. En el universo político argentino, la frase se aplica con quirúrgica precisión.

La visión cortoplacista en la cúpula dirigente del país ni siquiera es algo original. En 1874, Domingo Faustino Sarmiento dejaba la presidencia en manos del tucumano Nicolás Avellaneda. En los años previos, Sarmiento había desarrollado buena parte de la obra por la cual aún hoy es recordado: el Hospital de Niños, el Zoológico, una multiplicidad de escuelas… Más allá de los valores con que todo eso fue creado, en la práctica su ejecución produjo un gasto público totalmente fuera de control. Quien terminó pagando la cuenta fue entonces Avellaneda, a quien se le atribuye la frase: “si es necesario, pagaremos la deuda con la sangre, el sudor y las lágrimas de los argentinos, pero pagaremos”. ¿Era Avellaneda un férreo opositor a Sarmiento? En absoluto: de hecho, había sido el candidato oficialista. La conclusión es que en esa visión cortoplacista, no importa si el sucesor es del mismo partido. El líder hace lo que le place. Luego, otro deberá resolver sus desatinos.

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