“La televisión de calidad nunca es moralista”

Una experta en productos audiovisuales dirigidos a niños definió qué buscan ellos al ver TV y cuál debería ser el rol de los padres. Arenga a los productores.

SIN PREJUICIOS. “No hay que temer la perspectiva de los niños”, sostiene. la gaceta / fotos de juan pablo sánchez noli SIN PREJUICIOS. “No hay que temer la perspectiva de los niños”, sostiene. la gaceta / fotos de juan pablo sánchez noli
07 Mayo 2015
- ¿Ustedes saben lo que es un prejuicio?

Aldana Duhalde está sentada -los brazos rodeándole las rodillas- en la esquina de una tarima de la sala Hynes O’Connor, en el Caviglia. Frente a ella, decenas de chicos de edad escolar la escuchan con atención. No, aparentemente no saben qué es un prejuicio, o no se animan a contestarle, pero de todos modos están a punto de descubrirlo mediante un corto que refleja una situación -de a momentos risueña, de a momentos conmovedora- en una favela de Brasil. Ese audiovisual, junto con varios otros de distintos formatos y temáticas, forma parte de la muestra “Lo mejor de la nueva TV para chicos” que la realizadora y docente porteña ofrece en el marco del 8° Mayito de las Letras.

Es precisamente un tipo de prejuicio muy específico el que ha traído a Duhalde a Tucumán: los construidos en torno a la televisión infantil, un segmento que califica como subestimado y desaprovechado en Argentina. “Trabajar para chicos no es hacer TV con pantalones cortos -define, categórica-. Cuando uno empieza a meterse en este mundo, se da cuenta de que no tiene nada que envidiarles a los productos para adultos ni al cine, porque es muy profundo. Va mucho más allá de la infancia: contempla técnicas, estéticas, formas de transmitir el mensaje y habilidad para dar en el target. Además, por supuesto, uno debe aprender a pararse en la vida como lo haría un niño, no solamente pensando en su educación, sino también en entretenerlo, contenerlo y dialogar con él”.

La seguidilla de cortos que Duhalde exhibe en sus exposiciones integran la maleta Prix Jeunesse, fundación a la que pertenece desde 2002 y cuyo objetivo es promover calidad en la televisión dirigida a niños y jóvenes. Y ofrecer calidad, enfatiza Duhalde, no es ofrecer productos con bajadas moralistas. “Los mensajes de calidad nunca son moralistas. Existen las fábulas y los cuentos tradicionales, pero no es lo único que funciona para transmitir valores. Por ejemplo, no hay que creer que un programa violento es atractivo por el mero hecho de que contiene violencia. Es mucho más que eso: a veces ayuda a canalizar la violencia interna que tienen los chicos. Entonces, si ese producto sirve para que luego jueguen a la lucha en la cama con su papá, bienvenido sea. Mucho más violento es ignorarlos o involucrarlos en un noticiero que a cualquier hora pone imágenes que no son apropiadas para ellos. No hay violencia si entre los personajes de un dibujo animado se pelean en función de un conflicto que tiene una razón de ser profunda. Es útil para que los niños entiendan que viven en un mundo en el que deben desarrollar recursos para defenderse e imponer su propia voz”.

- Mientras el niño ve TV, ¿cuál debería ser el rol del adulto que lo acompaña?

- Eso es clave: acompañar. No hay que enseñarles qué vieron ni hablar por sobre el mensaje, sino dejarlos que ellos mismos lo elaboren y vean para qué les sirve, pero no sólo en un sentido utilitario porque el material también puede servir para divertir o para emocionar. Igualmente estamos hablando de un mundo ideal porque lo cierto es que los padres estamos muy ocupados. Pero si uno se entrega a esa actividad, en los pocos momentos que tiene, puede unirse mucho a una criatura porque para ellos los medios de comunicación son muy importantes.

Y así como la experta anima a los padres a acompañar a sus hijos en sus gustos audiovisuales (más que eso: los exhorta a sumergirse en esos productos y a interesarse tanto como ellos), reclama también una mayor participación de los hacedores -públicos y privados- en el nicho de la TV infantil. “Nuestra nueva Ley de Medios impone la obligación de que en la pantalla haya una determinada cantidad de horas dedicada a este tipo de público y que un gran porcentaje sea de producción local. En ese sentido, el país está madurando. Hay que dejar de subestimar la actividad y olvidar los argumentos vergonzosos para desconocerla; no se puede decir ‘no, porque no es negocio’ o ‘no, porque cuántos lo van a ver’. No importa cuántos lo vayan a ver: es responsabilidad del Estado que haya una TV de calidad con identidad propia. Porque nosotros podemos tener buenas adquisiciones, pero estamos siendo mudos de nuestra propia voz. Sin ofertas locales, nos estamos coartando una posibilidad de comunicación, y de construcción y proyección de nuestra identidad. Cuando no hay TV para niños, los niños no existen en la sociedad. Y cuando no hay producción local, no existimos en el mundo”.

¿Cuál podría ser entonces el disparador para los interesados? Duhalde revela una fórmula tan simple como compleja: “hay que observar mucho a los chicos. Las cosas que salen de ellos son increíbles, son mucho más abiertos que nosotros. Si un guionista se conecta con esa apertura para concebir las cosas, seguramente tendrá un producto exitoso”.

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