La resurrección oficialista y sus límites

La conversión al sciolismo de varios oficialistas recuerda al realineamiento que duhaldistas y memenistas experimentaron al inicio de la era K. Sergio Berensztein | especial para LA GACETA.

12 Abr 2015
Como un boxeador aguerrido y voluntarioso que se para en el centro del ring luego de absorber un duro golpe en la quijada, CFK domina otra vez la escena política y se presenta ante la opinión pública como si el episodio Nisman no le hubiese generado impacto alguno. Mira a su rival, bailotea, quiebra la cintura y hasta se anima a tirar algunos golpes. Quedan algunos rounds. La lucha fue larga y compleja, pero se está acabando y, a lo sumo, le queda la posibilidad de ganar por puntos. No está claro que la calma actual se vaya a mantener por mucho tiempo: abril luce complicado en materia electoral, con la excepción de Salta, donde Juan Manuel Urtubey llega a las primarias de hoy, con una leve ventaja. Distinto es en Santa Fe, donde el oficialismo no podrá evitar un tercer lugar, lejos del PRO y del Frente Amplio Progresista. En Neuquén y en la Ciudad de Buenos Aires, el FpV apunta a pelear por el segundo lugar. En Mendoza tiene ese puesto asegurado, pero muy lejos de la fórmula Cornejo-Montero, que goza de más de 10 puntos de diferencia. Más allá de estos datos, la imagen de Cristina es similar a la que tenía en diciembre pasado, situación que la tranquiliza lo suficiente como para encarar con cierto optimismo el proceso electoral.

¿Será Daniel Scioli el candidato a presidente? Florencio Randazzo se empeña en afirmar que el elegido de la Presidenta es él mismo. Pero muchos en el gobierno ya se han resignado. Miran la foto del gobernador de la Provincia de Buenos Aires con el casi mítico Lula Da Silva (que no pasa por su mejor momento, con su partido, el PT, totalmente involucrado en el peor escándalo de corrupción de la historia contemporánea brasileña) y se convencen de que está dispuesto a hacer lo que sea para ganarse el apoyo del kirchnerismo duro. Para Scioli, Lula es “un gran referente latinoamericano y un gran protagonista de todos estos cambios y transformaciones de la región, que junto con Néstor, y ahora con Cristina, viene trabajando por esta patria grande”. Solidaridad con los hermanos de toda la región que atraviesan coyunturas críticas por los escándalos de corrupción en los que están involucrados. Consistente con su reciente compromiso latinoamericanista, Scioli ya había logrado una foto similar con Michelle Bachelet (siempre gracias a los valiosos contactos del eficaz Rafael Follonier).

La súbita conversión al sciolismo de importantes referentes del oficialismo recuerda a los realineamientos automáticos que muchos duhaldistas y menemistas experimentaron en su momento, cuando abrazaron, presurosos, el emergente credo K. Por ejemplo, José María Diaz Bancalari y el propio Julio Alak rediseñaron su perfil ideológico tan pronto cuando advirtieron, allá por 2005, que el liderazgo de Néstor Kirchner había llegado para quedarse. Con la misma plasticidad, pero tomando algo más de riesgo por el timing de su realineamiento, el diputado Carlos Kunkel acaba de afirmar que “hasta ahora no se le ha imputado (a Scioli) ningún hecho de deslealtad manifiesta con el conjunto del Partido Justicialista y el FpV”. Evidentemente, ya se disipó el enojo que en el kirchnerismo había generado la visita veraniega al “Espacio Clarín” en la ciudad de Mar del Plata, así como la siempre elusiva posición respecto de la Ley de Medios. Por las dudas, su creador, el ahora obediente vicegobernador Gabriel Mariotto, profundizó la ola naranja que predomina en las filas oficialistas más duras y afirmó: “yo me enrolo con Scioli”. Habría que convencer también a Hebe de Bonafini de que le conviene comenzar a moderar sus ácidas críticas al consolidado candidato. Por ejemplo, Estela de Carlotto, titular de Abuelas de Plaza de Mayo, estuvo hace un par de semanas junto al gobernador bonaerense en La Plata, en un acto que se llevó a cabo en un ex centro clandestino de detención, la Comisaría 5ª, ahora convertido en espacio de reflexión.

La potencial candidatura de Axel Kicillof a vicepresidente tampoco parece molestar demasiado, al menos por ahora, en los pragmáticos círculos de sciolismo científico. Al fin y al cabo, su eventual influencia sería más acotada como titular del Senado que como ministro de Economía. Este denodado optimismo podría atenuarse significativamente si el oficialismo no ganase en primera vuelta en las elecciones de octubre y fuera necesario seducir a los sectores medios independientes o incluso críticos del gobierno. Hacia la primavera, la estanflación ya se habrá extendido por más de dos años. Que su progenitor integre la fórmula presidencial no parece ser una receta particularmente apropiada para atraer a sus principales víctimas.

¿Cómo digerirán los mercados financieros una potencial entronización del verdadero responsable de que no haya arreglo con los holdouts en la fórmula? Algunos desconfiados se preguntan también que podría ocurrir si hacia comienzos de agosto, cuando se realicen las PASO y, vaya casualidad, comiencen en ese mismo momento a escasear los dólares de la cosecha gruesa, una parte de los argentinos se dejaran influir por su instinto y su experiencia y volviesen a dolarizar al menos una parte de sus activos en pesos, como generalmente ocurre en coyunturas pre electorales.

Especialistas en la dinámica judicial aseguran que ya puede descartarse, por fin, la hipótesis de un conflicto terminal entre los poderes Ejecutivo y Judicial. Por un lado, se ha logrado moderar de manera notoria las peleas que hasta hace apenas dos meses amenazaban con una situación parecida a la de Honduras en 2009. Por otra parte, ya nadie habla de Partido Judicial ni de golpe blando: la distensión en el plano discursivo esconde y refleja una trama vigorosa de esfuerzos múltiples orientados a que el enfrentamiento evidenciado en el olvidado 18F no se saliera de cauce. Del mismo modo, la sensación es que se suavizaron, al menos parcialmente, los fuertes conflictos en los que, voluntaria o involuntariamente, se habían involucrado el gobierno y poderosos agentes de inteligencia. Gracias a ello, volvió algo de calma a esta Argentina acostumbrada a los bandazos y a una volatilidad caprichosa y casi permanente.

Pero se trata de equilibrios parciales, sumamente precarios. El fiscal Germán Moldes pudo evitar que lo apartaran de una de las causas más tóxicas y complicadas que se recuerden en las últimas décadas: la originada por las denuncias de Alberto Nisman. Está por verse qué ritmo tomará este asunto en las próximas semanas y en los meses por venir, pero no hay que descartar que aparezca más información relevante, dentro y fuera del país, sobre el verdadero vínculo que la Argentina estableció con Irán al menos desde 2011, bastante antes de la firma del Memorándum de Entendimiento.

Por consiguiente, a la incertidumbre que caracteriza este proceso electoral, con tres candidatos (Macri, Massa y Scioli) que siguen sin sacarse ventajas decisivas, debe agregársele, entonces, un conjunto de interrogantes no menores de orden político, económico y judicial que, en función de su evolución, pueden alterar de manera rotunda el actual estado de cosas. Resulta por eso inevitable recordar esa famosa frase del Manifiesto Comunista, rescatada por el sociólogo Marshall Berman como título de uno de los libros más influyentes de la década de 1980: Todo lo que es sólido se desvanece en el aire. Mal de muchos, consuelo de tontos. Pero al menos tranquiliza saber que esta aparente enfermedad argentina es, en el fondo, una de las características más constantes de la modernidad.

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