Indignación vecinal y quema de una comisaría

25 Mar 2015 Por LA GACETA
Anida en el mismo ser humano. Cuando sale de sí es porque ya no obedece a la razón, a la cordura. Se la encuentra con frecuencia en los hogares, en los empleos, en las calles, en los estadios. La violencia se ha instalado hace tiempo en nuestra sociedad. A veces viene de la mano de los delincuentes, otras de la impotencia, de la sensación de injusticia.

El lunes, vecinos de Colombres, departamento Cruz Alta, apedrearon e incendiaron la comisaría de la localidad para protestar por la violación de una adolescente de 13 años, sometida ante la vista de sus primos. Según los pobladores, el comisario no quiso recibirle la denuncia a los familiares de la joven. De acuerdo con el testimonio de una vecina, el comisario los llevó en un móvil hasta el lugar del hecho para que su sobrina le indicara dónde este había ocurrido. “Le preguntó a la mamá con quién andaba saliendo la nenita, como diciendo que la nenita había incentivado que la violaran. Queremos que investiguen al violador, no qué hace la familia ni cómo se viste la nenita”, aseveró la mujer.

Los pobladores marcharon pacíficamente al comienzo para pedir justicia y seguridad. Se toparon con una guardia de Infantería que se había ubicado frente al edificio policial. La muchedumbre exigió que saliera el comisario y fueron repelidos con balas de goma. Lejos de dispersarse, los manifestantes se indignaron, apedrearon el local y lo incendiaron. El personal policial escapó por una puerta trasera. “Le voy a hacer una pregunta: ¿cómo se sentiría usted si le hubiesen hecho esto a su hija?”, le dijo un vecino a un agente. “Arruinaron a esa criatura para toda su vida”, agregó un hombre, fuera de sus cabales. Los pobladores pidieron que la Policía se ocupara de atrapar al violador de la adolescente, que había sido internada en el Hospital de Niños. El jefe de la Unidad Regional Este dijo que ordenó una investigación interna para saber qué pasó en la comisaría.

Cuando los ciudadanos no se sienten escuchados o contenidos por las instituciones y las autoridades, la protesta sale a calle y se manifiesta, por lo general, en marchas o en cortes de calles y rutas. Desde hace un tiempo, la inseguridad y la delincuencia vienen acosando a una buena parte de la sociedad. Ante la impotencia, hay personas que han intentado hacer justicia por mano propia. Los episodios de conatos de linchamientos se han vuelto más frecuentes. La gente atrapa al delincuente, lo golpea duramente y lo entrega a los policías cuando estos aparecen en escena.

No sin argumentos se ha cuestionado en muchas oportunidades la labor de la Justicia y de la Policía, así como la complicidad del poder político, pero valerse de furia colectiva y de la sed de venganza para matar a un ladrón o incendiar una comisaría, es totalmente censurable. ¿Qué se obtiene con incendiar un edificio público que, como tal, pertenece a la comunidad? ¿Se puede obtener lo que se busca o encontrar la respuesta a una queja, destruyendo algo? Al mismo tiempo, cabe preguntarse qué sucede con la Policía. ¿Acaso su función es reprimir, antes que intentar apaciguar los ánimos? Es comprensible el malestar de la familia de la adolescente y de sus vecinos, pero de ninguna manera justifica un acto de violencia. Al mismo tiempo, estos hechos deben hacer pensar a la clase dirigente, en particular a la que desea llegar el gobierno en las próximas elecciones, sobre qué va a hacer para recrear en la sociedad la confianza en las instituciones.

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