Gustavo Martinelli
Por Gustavo Martinelli 17 Marzo 2015
Un maravilloso relato de “Las mil y una noche” cuenta que la Tierra y los animales -todos sin excepción, incluso los más bravíos- temblaron en el momento exacto en que Dios creó al hombre. Esta arcana visión poética, adquiere hoy una pasmosa actualidad ya que los tucumanos saben -mucho mejor que el anónimo cuentista árabe- hasta qué punto la Tierra y las bestias tenían razón de temblar. Los destrozos provocados en distintos puntos de la provincia por la desaforada sucesión de tormentas confirmó con descarnada crudeza lo que los expertos y ecologistas venían denunciado desde hace casi una década: que el verdadero culpable de los aluviones que arrasaron puentes y aislaron a pueblos enteros no fue la azarosa conjunción de variables climáticas, sino una consecuencia de las inconscientes acciones del hombre mismo. Acciones que fueron abonadas por la más profana desidia.

De hecho, expertos tucumanos reconocieron que la falta de mantenimiento del lecho de los ríos, la tala indiscriminada que no encuentra tope y la descontrolada extracción de áridos conformaron la incomprensible tríada que puso en jaque a los pueblos aislados por el agua. “El desmonte duplica la cantidad de agua que cae desde los cerros. Un claro ejemplo es cómo reventó el canal sur. Hay que controlar estas acciones del hombre porque si bien fue un temporal atípico, la tala indiscriminada agrava todo”, reconoció el ingeniero y docente de la UNT José Ricardo Ascárate.

Pero la aniquilación de grandes extensiones de bosque, no es un flagelo reciente. En Tucumán, la acción depredadora del hombre hizo desaparecer ya el 70% de los bosques nativos. Mientras en 1500 casi el 95% del territorio tucumano estaba cubierto por bosques, hoy solamente una raquítica franja del oeste tucumano cobija a unas pocas especies de valor económico. Las estadísticas son más que elocuentes. Entre 1973 y 1983 se desmontaron 184.427 hectáreas; mientras en el período que va de 1984 hasta bien entrada la década del 90, la tala totalizó 17.039 hectáreas más. Y, entre 1998 y 2002 la deforestación fue de 22.171 hectáreas. No hay datos de la última década, aunque los expertos aseguran que no se ha ganado en protección sino que, por el contrario, la pérdida del verde se agudizó con el implacable avance de los barrios privados y las urbanizaciones que, incluso, comenzaron ya a escalar el cerro.

Esto demuestra que Tucumán no tiene una cultura forestal. No la tuvieron los quilmes ni los lules, ni mucho menos los españoles, llegados a esta tierra en 1550. La diferencia entre los unos y los otros radica en el hecho de que los pueblos autóctonos, a pesar de ser grandes agricultores, tenían un sentido de pertenencia a la naturaleza que jamás tuvieron los conquistadores. Los quilmes, por ejemplo, sabían que su subsistencia estaba atada a la integridad de su entorno boscoso. Y, por eso, tomaron de los incas la modalidad del cultivo en terrazas, que evitaba la erosión y protegía la integridad del suelo.

Hoy, cinco siglos después, nuestra situación alcanzó niveles críticos de ignorancia y desprecio hacia nuestro propio entorno. No sólo no se hizo mucho para evitar que las inundaciones se produjeran una y otra vez durante distintos gobiernos, sino que lo poco que se hizo, se hizo mal. El puente sobre el río Jaya, en el parque de Los Alisos, es el claro ejemplo de una inversión millonaria que fue reducida a escombros en menos de dos años. Una falta de conciencia que también se puede ver en buena parte de la infraestructura provincial: calles resquebrajadas, puentes tambaleantes, veredas rotas y rutas agujereadas. Pero, a esta caverna irresponsable mucho subleva la responsabilidad del pueblo. A la catástrofe se respondió con solidaridad. Cientos de miles de manos ayudaron a los damnificados y alimentaron la esperanza. En nuestra edición de hoy, por ejemplo, contamos la loable tarea que realizó un grupo de pescadores y deportistas náuticos del sur tucumano que llevaron ayuda a los parajes que aún permanecen aislados. Allí se encontraron con varios voluntarios -ninguno perteneciente al gobierno- limpiando en la noche con linternas. Y eso es lo que quedará para siempre. Una solidaridad que, como la fosforescencia, brilla cuando todo se oscurece.

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