Las batallas de la memoria - LA GACETA Tucumán

Las batallas de la memoria

La construcción de un archivo tiene una directa relación con el lugar. Un inmenso continente de textos tejen la biblioteca de la cultura latinoamericana que no ha encontrado la adecuada preocupación de los gobiernos

22 Feb 2015

Por Carmen Perilli - Para  LA GACETA - Tucumán

En 2012 me llamó atención un artículo aparecido en una revista cultural argentina. El periodista relataba su visita a la Firestone Library de Princenton, que ha comprado los archivos de los escritores latinoamericanos. En 2014 recibimos la noticia de que los archivos de Gabriel García Márquez fueron vendidos a la Universidad de Texas.

No puedo dejar de sentirme azorada ante la precariedad y el desgarramiento, las noticias crean una atmósfera de pérdida que debiera alentar de manera necesaria la vocación por reconsiderar y recuperar la memoria, construir nuestro archivo y no sólo de fronteras adentro. En mi visita a México una de las preocupaciones de Elena Poniatowska era el lugar en el que quedarían sus valiosos archivos. Escritores como José Emilio Pacheco y Sergio Pitol ya los destinaron a universidades norteamericanas. Los archivos de Juan José Saer estarían destinados a Francia. Elena se preocupaba por la falta de políticas culturales que permitieran la conservación de los archivos en nuestros países. Un ejemplo argentino es el acervo de Adolfo Bioy Casares que sigue esperando un lugar. En las calles de muchos de nuestros países encontramos valiosas bibliotecas que, en el mejor de los casos, se enmohecen en algún sótano. En Cuba siguen encontrándose archivos ocultos durante el castrismo. Importantes intentos son el rescate del archivo de Tomás Eloy Martínez, el de Manuel Puig y el de Ernesto Sábato.

La construcción de un archivo tiene una directa relación con el lugar. Cuando hablamos de literatura debemos tener en cuenta la existencia de una materialidad, como bien lo señala Terry Eagleton. Un inmenso continente de textos tejen la biblioteca de la cultura latinoamericana que no ha encontrado la adecuada preocupación de los gobiernos.

En el reino de este mundo resulta revolucionario construir archivos y bibliotecas en vez de verlas emigrar o deteriorarse de manera implacable. Son pocos los esfuerzos para rescatar digitalmente nuestros acervos. El más loable lo ha hecho España con el Portal del Hispanismo. No es extraño escuchar de algunos especialistas que resulta imposible producir sin viajar. Así como los códices fueron empleados como papel de cartas de los conquistadores y la crónica de Guaman Poma ha terminado su paradojal viaje en Dinamarca, hoy, por falta de políticas, se cierran la bibliotecas populares y se abandona gran aparte de las universitarias. La existencia de los libros queda librada a un mercado cada vez más afectado de la liviandad mediática. Basta ver los mesones de las librerías o las listas de best sellers.

Todas las sociedades se imaginan su pasado, “inventan” las tradiciones que la hacen posible en el tiempo y dibujan una geografía que le permita abrazar su espacio. La cultura es memoria que se construye en y contra el olvido; lo vence sólo y en tanto lo transforma en mecanismo. En nuestros archivos deben cobijarse las “Palabras de corazón caliente” de los náhuatl al lado de los soberbios poemas de José Emilio Pacheco; los silenciosos colores de los quipus junto al grito dolorido de Delmira y de Alfonsina ; de Clarice Lispector, Alejandra Pizarnik y Marta Traba, los discursos de Marcos y Sandino con los mundos de Carpentier y García Márquez; las injurias de Fernando Vallejo y de Horacio Castellanos Moya con los himnos luminosos de los mbyá; La Biblioteca de Borges y las labores de manos de Juana y los oros de Darío, los tambores de Nicolás Guillén y las novelas boleros de Luis Rafael Sánchez; a Vicente Huidobro intentando crear la rosa en el poema y a César Vallejo que busca apresar aquello que Diego Rojas, el compañero escribe con el dedo grande en el aire. Y, por supuesto, las crónicas de Tomás Eloy Martínez, Carlos Monsiváis, Rodolfo Walsh y Elena Poniatowska.

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Carmen Perilli - Profesora de la UNT, investigadora del Conicet.

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