Las ruinas circulares de la Década Ganada

10 Ene 2015 Por Álvaro José Aurane
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El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma. (Jorge Luis Borges, Las ruinas circulares)

El ruinoso presente es circular. Una y otra vez sólo sabemos de gobiernos miserables. Toda la grandeza de las sucesivas “gestiones” se constriñe al ámbito de sus sueños. El siglo que nos desvela -y el tercer milenio, junto con él- llegó para el paupérrimo norte austral con la noticia de los niños que morían por culpa del hambre. Que, en un país de 40 millones de habitantes que produce alimentos para dar de comer a 400 millones de seres humanos, es igual a morirse por culpa del hombre. Argentina era la mala noticia del mundo. Tucumán era la mala noticia de Argentina. Entonces llegó el kirchnerismo y soñó una Década Ganada. Es más, la soñó con integridad minuciosa y hasta construyó un relato dogmático, que no admite discusiones, para imponerlo a la realidad. Pero como la realidad está más allá del discurso, se agotaron en la eterna negación.

Cuando la inflación volvió a ser un problema en la Argentina (en contraste con buena parte de los países de la región, cuyas economías crecían más e inflacionaban infinitamente menos), la respuesta amordazadora fue multar a las consultoras que registraban aumentos de precios que duplicaban la estimación oficial. Así que, porque el Indec lo dice, hay menos pobres y menos indigentes y menos desocupados y punto.

Cuando estallaron, uno a uno, los escándalos de Amado Boudou, la respuesta disparatada fue que no le perdonaban haber conducido la Anses cuando estatizaron las AFJP. No había que mirar su acumulación de bienes ni sus domicilios dudosos, sino la declamada redistribución de la riqueza lograda por el Gobierno, so pena de convertirse en un pregonero de la rapiña neoliberal, enemigo de las revolucionarias políticas “para todos y todas”. En México, la Revolución Zapatista también reclamaba “para todos, todo”, pero antes aclaraba “para nosotros, nada”.

Cuando salió a la luz que César Milani, el jefe del Ejército, estaba mencionado en el Nunca Más y señalado como presunto responsable de la desaparición del conscripto riojano Alberto Agapito Ledo, la respuesta incoherente del Gobierno que dignamente enarboló la bandera de los derechos humanos fue sostenerlo. Un fiscal tucumano archivó el caso, pero otro fiscal tucumano pidió que lo citen a indagatoria. Dependiendo de quién sea el sospechado, el compatriota que reclame “ni olvido ni perdón” puede ser, al mismo tiempo, un compañero del campo popular o un gorila golpista.

Cuando el anterior cardenal primado de la Argentina predicaba contra la corrupción, el abuso de poder y el flagelo de la pobreza, era un referente de la Iglesia retrógrada que le hacía el juego a los destituyentes: el Gobierno imprecaba contra sus homilías. Desde que lo consagraron Papa y dice lo mismo, es un hombre santo, en su nombre malograron reformas ya acordadas para el Código Civil, y no hay semestre en que la Presidenta no lo visite. Bergoglio malo, Francisco bueno.

Cuando se conoció, declaraciones juradas mediante, que el de Argentina era un gobierno de millonarios, la respuesta categórica fue que la Presidenta había sido, toda su vida, una abogada exitosa. El “Caso Hotesur”, ahora, alcanza a toda la familia presidencial. Pero la culpa es de los magistrados que se resisten a los cambios para “democratizar” la Justicia...

Cuando esta semana un niñito chaqueño se murió de hambre y de tuberculosis, una diputada K libró de toda responsabilidad al Gobierno y culpó de la tragedia a la comunidad qom. El jefe de Gabinete, por toda consideración, redujo la atrocidad a “un caso aislado” e, inmediatamente, comenzó a hablar de él mismo: no había una criatura estragada por la desnutrición sino una operación política en su contra, alimentada por “los medios”.

No hay mayor límite para cualquier relato que un niño muerto de hambre. Su vida malograda testimonia que sí hay inflación, pobreza, indigencia, desocupación, corrupción, abuso de poder y demasiada incoherencia. Tenía siete años y pesaba 20 kilos. Nació y murió durante la Década Ganada, en la cual sólo conoció el sufrimiento, pese a que en el país nunca hubo tanta plata pública como en ese decenio. Las penas eran de él, la abundancia era ajena. En la Argentina no hay eso de conectar igualdad. Los chicos no comen netbooks.

El fin de ciclo llega, circularmente, con las mismas tragedias infantiles del comienzo. Claro que alguno tratará de comparar las 20 muertes del decenio pasado con el solo deceso actual, pero nadie puede hacerse cargo de quién cree que es lo mismo hablar de cantidades que de la vida y la muerte de argentinos.

El pequeño que ya no está, por supuesto, se llamaba Néstor.

Se olvidó de olvidarse

José Alperovich quería soñar un gobernador: quería soñarse con integridad minuciosa e imponerse a la realidad. Lo reveló él mismo: los tucumanos iban a olvidarse de Celestino Gelsi, que inauguró la Maternidad y el Hospital de Niños, además del hospital de Bella Vista, para hablar de tres de los muchos nosocomios que habilitó. Ya no se acordarían del mandatario que habilitó la Terminal de Ómnibus, el hotel de San Javier y el lago San Miguel en el parque 9 de Julio; y que electrificó el Este, promovió Trancas como cuenca lechera y Graneros como polo tabacalero; y, claro está, hizo realidad el dique de El Cadillal. Todo eso (además del cordón cuneta y la pavimentación de calles, secundarios frente a la creación del Consejo Provincial de Difusión Cultural con el que nació el Septiembre Musical) con recursos propios, a pesar de las restricciones económicas de la época. Y, lo que no es menor, en tan sólo cuatro años.

Pero en nuestras ruinas circulares, el actual mandatario se olvidó de olvidarse de Gelsi. Esta semana, justo para la fecha en que los tucumanitos esperan a los reyes, el gobernador de la Década Ganada de esta provincia dio a conocer nada menos que su lista de deseos para el último año de su mandato: ampliar dos hospitales y, fundamentalmente, terminar el túnel de la calle Córdoba. También el alperovichismo nos dejará como llegó: pura democracia pavimentadora.

Ni el tren de pasajeros a Tafí Viejo, anunciado en 2009, con la Presidenta diciendo “hermoso” por teleconferencia. Ni el tren de pasajeros a Concepción, por el que figuran pagados por la Nación $ 8 millones por obras nunca hechas en las vías. Ni esos $ 8 millones. Ni los preparativos para un memorable bicentenario de la Independencia. Ni una provincia más segura. Ni el esclarecimiento del crimen de Paulina Lebbos. Ni sus asesinos tras las rejas. Ni voto electrónico ni nuevo Régimen Electoral y de los Partidos Políticos, pese a que lo manda la Constitución. Ni el 1.000 veces prometido dique de Potrero de las Tablas. Ni el faraónico embalse de Potrero del Clavillo. Ni la promocionadísima autopista Tucumán-Las Termas. Ni el 82% móvil que ordena la Justicia para los viejos que se siguen muriendo en la espera, después de haber trabajado toda la vida...

Distintas categorías de “rojo”

Tampoco, y eso se supo también esta semana, habrá desendeudamiento para las municipalidades. La Provincia sí gozó de un jubileo de la Nación: le fueron perdonando la deuda en el tiempo, mediante una refinanciación con una tasa del 6% anual que licúa el pasivo. Pero para las intendencias, de eso, no hay. Según un informe oficial, a noviembre pasado, el pasivo exigible (o sea, con fecha de vencimiento) de los 19 municipios tucumanos asciende a $ 2.174 millones: la mitad de la deuda pública que reconoce el Poder Ejecutivo provincial.

El desagregado es revelador. La mejor manera es mirarlo a la luz de las categorías. La Capital aparece con una mochila de $ 438 millones. Según el amayismo es menos, pero aún tomando el dato de la Casa de Gobierno, el monto equivale sólo al 18% del Presupuesto Municipal 2015 ($ 2.416 millones). No con todas las administraciones es el mismo cantar.

En el interior, las municipalidades presentan contrastes violentísimos. Entre las de primera categoría, Concepción tiene un “rojo” de $ 35 millones, literalmente triplicado por Tafí Viejo, que adeuda $ 108 millones. Aún así, la cifra empalidece frente a lo que debe Banda del Río Salí: $ 253 millones. ¿Los taficeños gozan del triple de obras públicas que la “Perla del Sur”? ¿Y los bandeños disfrutan de siete veces más inversión pública que los concepcionenses?

Con la misma lógica se puede interpelar a las municipalidades de segunda. En contraste con la menos endeudada, que es Alberdi ($ 27 millones), se levantan los pasivos de:

• Monteros ($ 110 millones)

• Alderetes ($ 114 millones)

• Famaillá ($ 136 millones)

• Aguilares ($ 191 millones)

• Lules (242 millones)

• Yerba Buena ($ 340 millones).

Entre las de tercera también hay abismos infranqueables. En un extremo del mapa (y de administrar sin endeudar) está La Cocha: su pasivo es apenas de $ 500.000. Sí: quinientos mil pesos. En la otra punta, Tafí del Valle debe $ 25 millones: casi lo que la municipalidad de segunda que menos comprometida está.

Léase, la mayoría de las principales municipalidades del interior son, financieramente, inviables: sus pasivos exceden los activos de sus presupuestos anuales. O sea, sólo podrán “funcionar” si la Casa de Gobierno así lo quiere.

Es decir, después de 12 años de bonanza, estamos cómo empezamos.

Pero no radica allí, solamente, la circularidad de nuestra ruina institucional. Alperovich, que se soñó con ser inolvidable, legará a su sucesor un Estado con las mismas municipalidades arrodilladas que él recibió, pero con una provincia desendeudada como él no conoció. Y ese escenario (óptimo para la eternización en el poder que él no tuvo, gracias a los manejos feudales que él sí consagró) no era su sueño sino, más bien, el de quien vaya a sucederlo y acaso echarlo al olvido. Nada distinto del final del personaje del cuento de Borges. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.

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