Los relatos coinciden sobre cómo fue asesinado Torrente en la penitenciaria

Más testimonios en el Tribunal Oral Federal

12 Noviembre 2014
La sangre de José Cayetano Torrente empapó primero las paredes y el piso del pabellón. Después, el suelo en el que quedó tendido durante varias horas. Y luego, en el Cementerio del Norte, tiñó las manos de su madre. Las tres imágenes sobre el asesinato del joven estudiante de 26 años fueron graficadas durante las últimas audiencias por testigos de la megacausa “Villa Urquiza”, que juzga a 10 imputados por los crímenes de lesa humanidad cometidos en la cárcel.

La primera. El 26 de mayo de 1976, el dirigente de la Juventud Guevarista había sido separado del resto de los presos políticos tras un motín fraguado, presuntamente, por los guardiacárceles a la hora de la cena. El ex dirigente de Montoneros Gustavo Herrera afirmó que un preso de apellido Córdoba -había sido policía- tiró la olla de comida que llevaba el celador Juan Carlos Medrano (es uno de los acusados). A segundos del grito de “¡motín!”, dijo, ingresaron los guardias. En todos estos detalles coincidieron al menos otros tres testigos que declararon con anterioridad. Contó que en medio de la represión pudo ver que el acusado Pedro Fidel García agarró a Torrente y lo dejó dentro de la dependencia, mientras que a los restantes los llevaron hasta una cancha de fútbol ubicada en el patio. Nunca más lo vieron. Añadió, sin embargo, que el detenido Juan Pedro Soria pudo permanecer dentro del pabellón. “Dijo que lo pusieron de rodillas y que le cortaron el cuello. Que le impresionó el sonido de la sangre, que salía a borbotones”, precisó. Tanto Herrera como otros ex compañeros de cautiverio describieron que al volver a los calabozos había restos del fluido, pese a que se había lavado todo.

La segunda. Segundo Delfín Vera fue uno de los médicos de la cárcel entre 1962 y 1987. La noche del asesinato lo llamaron de urgencia. “Llegué y me acompañaron los guardias del penal. Había militares también. Cerca del área de los baños, había un charco grande de sangre. Ahí estaba el cadáver de Torrente. Tenía varias heridas punzantes, al menos 10. Se veía que eran de arma blanca, con doble filo. Falleció por anemia aguda por hemorragia”, describió. No pudo recordar si existía una herida en el cuello, pero interpretó que los cortes podrían haber sido efectuados con bayonetas (eran usadas por las fuerzas de seguridad). Ante los defensores, manifestó que en las requisas se solían encontrar bayonetas ocultas en los calabozos.

La tercera. La familia Torrente tuvo que buscar el cuerpo en el Cementerio del Norte. Sus hermanas prestaron declaración ayer y consignaron que sus padres fueron los únicos que quisieron verlo. “Aún recuerdo la imagen de mi madre con las manos extendidas, mostrándome la sangre de mi hermano”, lamentó Virginia Torrente. María Juliana, otra de las hermanas, recordó que los restos del joven estaban envueltos con una frazada que le habían llevado cuando las visitas aún estaban permitidas. “La mami nos dijo que tenía una herida en el cuello”, manifestó.

En la necrópolis hicieron un velorio y luego lo sepultaron.

El secuestro

Las hermanas María Juliana, Virginia y Carmen Torrente dieron cuenta de cómo fueron secuestradas de su casa (en Monteagudo al 1.000) junto a su hermano la madrugada del 9 de diciembre de 1975, en el contexto del denominado “Operativo Independencia”. Carmen relató que un grupo armado integrado por hombres de uniforme y de civil rompió la puerta de su casa con una barreta: “a mi hermano le pusieron una bolsa grande hasta el cuello. Todo fue violento. Comenzaron los interrogatorios y nos robaron lo que pudieron, hasta nuestro auto. Me subieron en un Falcon y me llevaron a buscar a Liliana Berarducci, que era entonces novia de José”.

Aseguraron que, junto a otras personas que fueron detenidas en las inmediaciones de su casa, fueron trasladados en una camioneta hasta “La Escuelita” de Famaillá. En ese centro clandestino, las mujeres fueron desnudadas, interrogadas y a algunas las amenazaron con violarlas si no declaraban en contra del joven. Días después, las liberaron cerca de su vivienda.

Del paradero de José -al que llamaban “Chiki”- pudieron saber sólo tiempo después. Relataron que fueron a visitarlo dos veces al penal. “En mayo, de golpe, lo llamaron a mi papá. Con lágrimas en los ojos, nos dijo que lo habían matado. Fue el acabose. La vida normal que llevábamos cambió para siempre. Seguimos como pudimos”, concluyó Virginia.

La megacausa es el décimo juicio por delitos de lesa humanidad que se sustancia en la provincia. Los jueces Carlos Jiménez Montilla (presidente), Gabriel Casas y Juan Carlos Reynaga determinarán las posibles responsabilidades de ocho ex guardiacárceles, un ex policía y un ex militar en lo sucedido en el “pabellón de la muerte”.

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