21 Diciembre 2003 Seguir en 
Sus rostros no son conocidos para el gran público y sus nombres no brillan aún en las marquesinas. Pero estos seres anónimos están empeñados en demostrar que hacer teatro en esta provincia arrasada por la crisis no es una empresa quijotesca. En los talleres de actuación no sólo aprenden las técnicas básicas para hacer un buen papel en el escenario, sino que también se animan a ser ellos mismos. "Hay cierta urgencia por actuar más que por aprender una técnica en particular. La disciplina ayuda, pero lo fuerte es la disposición creativa que tiene cada uno. Esa es nuestra principal materia", señaló Raúl Reyes, quien dirige un taller en el Círculo de la Prensa. Y como el teatro es un arte efímero y, al mismo tiempo, eterno, los alumnos también aprenden a transformarse sin dejar de lado su propia individualidad. "Es como la vida, como la naturaleza que constantemente encuentra bríos para persistir y continuar la existencia", aclara Carlos Alsina, quien dicta sus clases en el teatro "El pulmón". El ex director del teatro Alberdi asegura también que el objetivo de su taller no es lanzar nuevos actores, sino que los alumnos disfruten con ejercicios que disparan la creatividad. "Es algo lúdico. Hay una magia que nada tiene que ver con lo que se puede aprender en la Facultad", señaló. Igual opinión tiene Víctor Hugo Cortés, actualmente dedicado a la miniserie "Tucumanos", cuyo capítulo presentación se emitirá esta noche por Canal 10. "Los talleres tienen cierta poesía que casi no existe en los claustros", dijo.
Los talleres tienen su propia magia
Sus nombres aún no brillan en las marquesinas y sus rostros son desconocidos para el gran público. Sin embargo, integran una nueva camada de artistas empeñada en demostrar que hacer teatro en Tucumán no es ninguna utopía. Por eso, asisten a distintos talleres en los que aprenden, sobre todo, a ser ellos mismos.
"Acá se hace teatro en serio", enfatiza Viviana Moinelo, de 44 años, alumna del taller que dicta Carlos Alsina en el teatro El Pulmón. "Eso sí -aclara- todavía no tenemos el alta del profesor". Bajo las luces mortecinas de la sala, sentada en el escenario que momentos antes la tuvo como protagonista de un ejercicio de creatividad, Moinelo no tiene reparos en reconocer que todavía se siente una alumna y que, como tal, le falta mucho por aprender. Pero sueña con subirse algún día al escenario e interpretar a algún personaje complejo. "Desde que tomo clases, siempre me tocó componer personajes duros. Y, la verdad que disfruto mucho haciéndolo. Sobre todo porque genera reacciones en el otro", dice. Como esa vez que, en una clase, le tocó componer a una madre que negocia con un secuestrador la liberación de su hijo.
"Como madre me movilizó mucho y me marcó", enfatiza. Claro que, como ama de casa, a Viviana le resultó difícil dejar de lado los preconceptos para comenzar a transitar el camino de la actuación. "La disciplina del taller genera cosas maravillosas. Uno no vuelve a ser el mismo después de las clases", dice.
Lo mismo le sucede a Cecilia Gutiérrez, de 46 años, quien reside en Concepción y viaja una vez por semana para tomar las clases con Alsina. "Creo que los que participamos de esta experiencia es porque queremos formar parte de esa magia que nace cada vez que nos subimos al escenario", asegura. Profesora de literatura, casada y con hijos, Cecilia cuenta que la decisión de hacer teatro le cambió la vida. "La actuación me permite ser yo misma. Cuando estoy sobre el escenario me saco todas las etiquetas que me pone la sociedad", agrega. Esas etiquetas tienen que ver, según dijo, con los prejuicios que existen en torno de los actores y del teatro independiente. "Hay que erradicar esa idea de que al teatro lo hace una elite de locos desaforados", comenta.
Lo efímero y lo eterno
El teatro es un arte efímero y, al mismo tiempo, eterno. Nace y muere cada noche, en cada función, cada vez que se cierra o abre el telón. Es como la vida, como la naturaleza que constantemente encuentra bríos para persistir y continuar la vida. Y esto lo sabe muy bién "Golo" Saifán, de 25 años, quien ya tiene experiencia en las tablas. De hecho, estudió actuación y producción de televisión en Buenos Aires y ya ha trabajado en varias obras. Sin embargo, asiste al taller de Alsina porque "uno nunca termina de aprender cosas". "Este curso me ayudó a afianzar algunas técnicas que ya sabía y descubrí otras que incorporé en mi trabajo", declara.
Clarisa Condorí, en cambio, rescata del taller la posibilidad de comunicarse con el otro. Docente de profesión, a los 41 años Clarisa descubrió de esta forma que el teatro es una actividad puramente humana. Es muy afín con el hombre, quien lo inventó para comunicarse con sus semejantes, para brindarse, para perpetuarse. "Cuando uno actúa descubre cosas del personaje que ni uno mismo se imagina", cuenta.
El teatro es el espacio de reflexion para una nueva camada de artistas
Los reflectores se encienden y una luz mortecina ilumina de azul un escenario vacío. También está vacía la platea. Nadie observa entre las sombras ni aplaude. Sólo una melodía que suena apenas detrás de bambalinas acompaña la escena. Sin embargo, ellos se disfrazan igual y juegan a ser otra persona, aunque nadie los mire. Ese es el desafío de un grupo de jóvenes que asisten al taller de Raúl Reyes en el Círculo de la Prensa.
"El taller es, antes que nada, un espacio de reflexión", asegura Mario Ramírez, de 25 años, maestro de escuela. Minutos antes, junto con sus compañeros, Mario participó de un ejercicio llamado "trabajo con el automático", que consiste en componer escenas con el cuerpo y las expresiones faciales, ayudados con distintos disfraces y ropas. "Yo vine al taller a acompañar a un amigo y, al final, me quedé. Hoy puedo decir que el teatro invadió todo lo que hago", agrega.
Algo parecido le pasó a Natalia Fuentes, de 23 años, a quien sus compañeros llaman cariñosamente "La diva". "Es que yo quiero ser como Susana Giménez", dice entre risas Natalia. Y cuenta que el teatro le gustó siempre pero nunca se animó a asumirlo como una profesión. Por aquello de que siempre hay que estudiar algo que tenga peso y que ayude a ganar buen dinero. Y se hizo estudiante de medicina nomás, aunque una vez por semana, casi en secreto, se escabulle al Círculo de la Prensa para tomar clases con Reyes. "Cada vez que vengo me siento liberada, aunque no tanto como para dejar la facultad", dice.
En cambio, a Cintia González, de 19 años, le pasa lo contrario: la actuación le ganó a psicología. De hecho, se inscribió en la Facultad de Artes para estudiar teatro. "Eso no quiere decir que vaya a dejar el taller. La Facultad es un ámbito más académico y técnico. Aquí, en cambio encuentro un grupo de amigos, hay feeling", agrega.
Solomé ("ese es mi nombre artístico") es la más grande el grupo. Tiene 39 años y es odontóloga. "Entré al taller porque quería cambiar mi vida. Y la actuación me hizo dar un giro sustancial", agrega.
OPINAN LOS PROFESORES
El actor, ¿nace o se hace?
Así como el crepúsculo participa de la noche y del día y las olas, de la espuma y del agua, en el teatro también participan dos elementos de naturaleza dispar: la vocación y la técnica. Y son los profesores los encargados de que esa dualidad prácticamente no exista en los talleres. Siguiendo los consejos y las enseñanzas de esos hombres, casi siempre ariscos con el público, una nueva generación de actores tucumanos está volcando en el medio un rosario de técnicas nunca antes vista. "Lo primero que pesa en mi taller es el aspecto vocacional. Al principio muchos vienen a probar si en realidad pueden ser actores. Los que se quedan son los que tienen cierta pasta para las tablas", señala Raúl Reyes. Desde su taller en el Círculo de la Prensa, este docente y director tiene claro que, en la provincia hay mucho por hacer en materia docente. "Hay un tremenda urgencia por actuar. Las técnicas ayudan, pero lo fundamental es la disposición", agregó.
Carlos Alsina, en tanto, comentó que su taller en el teatro "El Pulmón", apunta sobre todo a lo lúdico. "La idea es que los alumnos vengan a distenderse y a dejar volar la imaginación. Por eso, no solamente aprendemos técnicas de actuación, sino también de relajación y de expresión corporal.
Algo similar señaló el director Víctor Hugo Cortés (dedicado actualmente a la producción de la miniserie "Tucumanos"), quien aseguró que los talleres "son verdaderos semilleros de artistas".
Los talleres tienen su propia magia
Sus nombres aún no brillan en las marquesinas y sus rostros son desconocidos para el gran público. Sin embargo, integran una nueva camada de artistas empeñada en demostrar que hacer teatro en Tucumán no es ninguna utopía. Por eso, asisten a distintos talleres en los que aprenden, sobre todo, a ser ellos mismos.
"Acá se hace teatro en serio", enfatiza Viviana Moinelo, de 44 años, alumna del taller que dicta Carlos Alsina en el teatro El Pulmón. "Eso sí -aclara- todavía no tenemos el alta del profesor". Bajo las luces mortecinas de la sala, sentada en el escenario que momentos antes la tuvo como protagonista de un ejercicio de creatividad, Moinelo no tiene reparos en reconocer que todavía se siente una alumna y que, como tal, le falta mucho por aprender. Pero sueña con subirse algún día al escenario e interpretar a algún personaje complejo. "Desde que tomo clases, siempre me tocó componer personajes duros. Y, la verdad que disfruto mucho haciéndolo. Sobre todo porque genera reacciones en el otro", dice. Como esa vez que, en una clase, le tocó componer a una madre que negocia con un secuestrador la liberación de su hijo.
"Como madre me movilizó mucho y me marcó", enfatiza. Claro que, como ama de casa, a Viviana le resultó difícil dejar de lado los preconceptos para comenzar a transitar el camino de la actuación. "La disciplina del taller genera cosas maravillosas. Uno no vuelve a ser el mismo después de las clases", dice.
Lo mismo le sucede a Cecilia Gutiérrez, de 46 años, quien reside en Concepción y viaja una vez por semana para tomar las clases con Alsina. "Creo que los que participamos de esta experiencia es porque queremos formar parte de esa magia que nace cada vez que nos subimos al escenario", asegura. Profesora de literatura, casada y con hijos, Cecilia cuenta que la decisión de hacer teatro le cambió la vida. "La actuación me permite ser yo misma. Cuando estoy sobre el escenario me saco todas las etiquetas que me pone la sociedad", agrega. Esas etiquetas tienen que ver, según dijo, con los prejuicios que existen en torno de los actores y del teatro independiente. "Hay que erradicar esa idea de que al teatro lo hace una elite de locos desaforados", comenta.
Lo efímero y lo eterno
El teatro es un arte efímero y, al mismo tiempo, eterno. Nace y muere cada noche, en cada función, cada vez que se cierra o abre el telón. Es como la vida, como la naturaleza que constantemente encuentra bríos para persistir y continuar la vida. Y esto lo sabe muy bién "Golo" Saifán, de 25 años, quien ya tiene experiencia en las tablas. De hecho, estudió actuación y producción de televisión en Buenos Aires y ya ha trabajado en varias obras. Sin embargo, asiste al taller de Alsina porque "uno nunca termina de aprender cosas". "Este curso me ayudó a afianzar algunas técnicas que ya sabía y descubrí otras que incorporé en mi trabajo", declara.
Clarisa Condorí, en cambio, rescata del taller la posibilidad de comunicarse con el otro. Docente de profesión, a los 41 años Clarisa descubrió de esta forma que el teatro es una actividad puramente humana. Es muy afín con el hombre, quien lo inventó para comunicarse con sus semejantes, para brindarse, para perpetuarse. "Cuando uno actúa descubre cosas del personaje que ni uno mismo se imagina", cuenta.
El teatro es el espacio de reflexion para una nueva camada de artistas
Los reflectores se encienden y una luz mortecina ilumina de azul un escenario vacío. También está vacía la platea. Nadie observa entre las sombras ni aplaude. Sólo una melodía que suena apenas detrás de bambalinas acompaña la escena. Sin embargo, ellos se disfrazan igual y juegan a ser otra persona, aunque nadie los mire. Ese es el desafío de un grupo de jóvenes que asisten al taller de Raúl Reyes en el Círculo de la Prensa.
"El taller es, antes que nada, un espacio de reflexión", asegura Mario Ramírez, de 25 años, maestro de escuela. Minutos antes, junto con sus compañeros, Mario participó de un ejercicio llamado "trabajo con el automático", que consiste en componer escenas con el cuerpo y las expresiones faciales, ayudados con distintos disfraces y ropas. "Yo vine al taller a acompañar a un amigo y, al final, me quedé. Hoy puedo decir que el teatro invadió todo lo que hago", agrega.
Algo parecido le pasó a Natalia Fuentes, de 23 años, a quien sus compañeros llaman cariñosamente "La diva". "Es que yo quiero ser como Susana Giménez", dice entre risas Natalia. Y cuenta que el teatro le gustó siempre pero nunca se animó a asumirlo como una profesión. Por aquello de que siempre hay que estudiar algo que tenga peso y que ayude a ganar buen dinero. Y se hizo estudiante de medicina nomás, aunque una vez por semana, casi en secreto, se escabulle al Círculo de la Prensa para tomar clases con Reyes. "Cada vez que vengo me siento liberada, aunque no tanto como para dejar la facultad", dice.
En cambio, a Cintia González, de 19 años, le pasa lo contrario: la actuación le ganó a psicología. De hecho, se inscribió en la Facultad de Artes para estudiar teatro. "Eso no quiere decir que vaya a dejar el taller. La Facultad es un ámbito más académico y técnico. Aquí, en cambio encuentro un grupo de amigos, hay feeling", agrega.
Solomé ("ese es mi nombre artístico") es la más grande el grupo. Tiene 39 años y es odontóloga. "Entré al taller porque quería cambiar mi vida. Y la actuación me hizo dar un giro sustancial", agrega.
OPINAN LOS PROFESORES
El actor, ¿nace o se hace?
Así como el crepúsculo participa de la noche y del día y las olas, de la espuma y del agua, en el teatro también participan dos elementos de naturaleza dispar: la vocación y la técnica. Y son los profesores los encargados de que esa dualidad prácticamente no exista en los talleres. Siguiendo los consejos y las enseñanzas de esos hombres, casi siempre ariscos con el público, una nueva generación de actores tucumanos está volcando en el medio un rosario de técnicas nunca antes vista. "Lo primero que pesa en mi taller es el aspecto vocacional. Al principio muchos vienen a probar si en realidad pueden ser actores. Los que se quedan son los que tienen cierta pasta para las tablas", señala Raúl Reyes. Desde su taller en el Círculo de la Prensa, este docente y director tiene claro que, en la provincia hay mucho por hacer en materia docente. "Hay un tremenda urgencia por actuar. Las técnicas ayudan, pero lo fundamental es la disposición", agregó.
Carlos Alsina, en tanto, comentó que su taller en el teatro "El Pulmón", apunta sobre todo a lo lúdico. "La idea es que los alumnos vengan a distenderse y a dejar volar la imaginación. Por eso, no solamente aprendemos técnicas de actuación, sino también de relajación y de expresión corporal.
Algo similar señaló el director Víctor Hugo Cortés (dedicado actualmente a la producción de la miniserie "Tucumanos"), quien aseguró que los talleres "son verdaderos semilleros de artistas".







