“Quisiera convertir este lugar en un lugar de peregrinación, en un lugar de gracia para nuestra casa y toda la provincia alemana y quizás, más allá...”. Lo decía el padre José Kentenich hace ya 100 años; un 18 de octubre de 1914 en el valle de Schoenstatt (Alemania).
Hoy el mundo entero celebra el primer siglo del santuario original de Schoenstatt, lugar de peregrinación de miles y miles de fieles de todo el mundo.
En Schoenstatt no se apareció la Virgen, como ocurrió en Lourdes o en Fátima. Se trata simplemente de la historia de fe de un sacerdote junto a un pequeño grupo de seminaristas del antiguo seminario de los Padres Pallottinos, que se empeñaron en transformar la antigua capillita de San Miguel en un santuario mariano.
“Se hallaba desmantelado, abandonado y vacío”, decía por aquel entonces el padre Kentenich. Hacía dos meses que había estallado la Primera Guerra Mundial y el mundo se precipitaba hacia el mismo infierno. “Todos los que acudan acá para orar deben experimentar la gloria de María. Allí donde la Virgen se hace presente, surge la vida. Allí donde ella se encuentra, hallamos la paz”, repetía el sacerdote casi como una letanía.
La experiencia de aquella capillita del Arcángel San Miguel se ha multiplicado por toda Alemania, Europa, las Américas, África, Asia y Australia, a través de una red de casi 200 santuarios “filiales”.
Los festejos
En Tucumán, el Movimiento de Schoenstatt celebrará los 100 años el sábado bajo el lema “Tu alianza, nuestra misión”. Los festejos tendrán lugar en el Santuario de Villa Carmela, ubicado en Camino del Perú y Las Tipas. Según informó el dirigente Oscar Assa, los peregrinos comenzarán a llegar a las 17. Media hora después, a las 17.30, se presentará una obra de teatro y luego se realizará un homenaje al padre fundador. A las 19 se oficiará una misa y a las 20.30 se proyectarán imágenes desde Alemania donde se encuentran otros dirigentes tucumanos participando de la fiesta central. A las 21 habrá un espectáculo y todo terminará con una cena fraterna. Los fieles deben llevar una vela y la medalla de alianza para renovar sus votos apostólicos.