Beatriz Sarlo y los viajes de las fotografías

“No sabíamos adónde íbamos, pero, en algunos casos, sí sabíamos qué buscábamos”, definió la autora en la presentación de su último libro

Beatriz Sarlo y los viajes de las fotografías
08 Octubre 2014
Todo empezó gracias a las fotografías que periódicamente recibía de parte de uno de sus compañeros de viajes. Ella, Beatriz Sarlo (1942, Buenos Aires), había perdido sus libretas elementales, de modo que sólo disponía de las memorias que desencadenaban las imágenes. Y después de recordar y recordar lugares recorridos a los veinte y tantos, descubrió que su cabeza había conservado detalles en cantidad y calidad suficientes como para escribir un libro que evoca al viajero de América Latina antes de que este territorio se convirtiese en un destino turístico.

“Las fotografías eran intrigantes e incluso perturbaban a quienes las veían”, reconoció Sarlo anoche, en la presentación de “Viajes. De la Amazonia a las Malvinas” (2014). El asombro asimismo provenía por el aspecto de esa joven con sombrero de paja y fondo boliviano que está en la cubierta del libro, y que no parece Sarlo. “Yo estuve allí”, dijo para distinguir lo vivido de lo leído y para expresar la influencia descomunal que tales experiencias de estudiante pobre, nacionalista y antiimperialista tuvieron en su desarrollo intelectual.

“Nuestro viaje es el último de una serie de viajes con el modelo del ‘Che’ (Ernesto Guevara) en cuanto respondían a la idea de conocer el continente donde iba a ocurrir la revolución”, explicó. También eran los desplazamientos posibles para un puñado de universitarios porteños que no podían permitirse el avión. “Íbamos por tierra tan lejos como podíamos. Por eso no llegamos a México”, comentó a los lectores que asistieron a la primera entrega del ciclo de escritores “Primavera Planeta en Tucumán” (el próximo martes es el turno de Guillermo Saccomano).

Pero lo que conoció, lo conoció con profundidad. “No sabíamos adónde íbamos, pero, en algunos casos, sí sabíamos qué buscábamos”, dijo la especialista en literatura argentina. “Buscábamos América Latina, un espacio y un tiempo futuros”, escribió. Pero el mañana estaba hecho de pasado, y ello podía manifestarse en la iglesia ornamentada con santos y vírgenes que parecían figuras de la baraja española de una esquina de la Puna llamada San Juan de Oros; en un inmigrante austrohúngaro, Lajos Kovacic, que en Deán Funes (Córdoba) hizo las veces de maestro de equitación y de una ética que consistía en “evitar la frivolidad”, y podía manifestarse también en una tribu de indios que se vestían como indios y que pertenecían a la cultura aguaruna de la Amazonia peruana.

“Somos hijos de los viajes de otros tanto como de los que hicimos... Los turistas se precipitan y pasan; los viajeros van despacio”, matizó en el auditorio del hotel Sheraton. Durante el coloquio con el marplatense Nino Ramella, Sarlo afirmó que en este libro su única contribución teórica apareció mientras reflexionaba en el verbo “descubrir”: “en el descubrimiento nos interesa el ‘salto’ que resignifica un momento del viaje. Un salto de programa es lo que todo viajero o turista desea cuando cuenta que ‘iba por tal lugar y descubrió tal cosa’; es la huella que queremos dejar en sitios donde resulta imposible descubrir algo”.

Esos saltos, otra vez, podían manifestarse en el hallazgo de una chica analfabeta en la Córdoba profunda; de una mujer con frustraciones educativas en Tafí del Valle y de una familia típica de Malvinas con vínculos argentinos. Aquellos eventos (en el sentido de hechos imprevistos) precisan de apertura porque no es posible andar provocándolos. Tal vez ayude viajar en soledad porque el viajero solitario busca conversación: “en Estados Unidos e Inglaterra esto es inevitable. Empiezan con el famoso ‘where are you from?’ porque nadie es del lugar donde está y desde allí el diálogo se amplía”.

Pero la materia prima de los viajes que Sarlo retrató en su obra son viajes de grupo. “Hay más terceras personas y primeras personas del plural (nosotros). La primera persona del singular es huidiza (yo). La construcción de la primera persona del plural fue muy conflictiva entre otras razones porque habían muerto algunos de los que viajaron conmigo”, admitió.

Esos compañeros están ahí, en las fotografías que los muestran como promesantes del santuario latinoamericano y creyentes de la mirada capaz de captar la autenticidad. Sarlo se lamentó de no haber podido incluir (por impedimentos técnicos) un capítulo de imágenes e invitó al público a visitar su álbum inspirador en pinterest.com/PlanetaLibrosAr. Allí están ella y sus amigos entre chozas y canoas por una selva anterior a todo, incluso al evangelio antiimperialista del uruguayo Eduardo Galeano (“Las venas abiertas de América Latina” -1971-). “Porque seccionan un momento y lo congelan, todas las fotografías atestiguan la despiadada disolución del tiempo”, escribió la ensayista estadounidense Susan Sontag. Y Sarlo, que se definió como una viajera tardía, habló también de los viajes a China y Grecia que piensa que no llegará a hacer, y de Bolivia y Jujuy, lugares a los que, según dijo, siempre quiere volver porque ha quedado fijada ahí, en esa chica de 20 años que aún existe en las fotografías.

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