Federico Diego van Mameren
Por Federico Diego van Mameren 18 Septiembre 2014
Por alguna rara intuición colectiva cuando alguien muere se vuelve más bueno, más inteligente, más capaz, más humano… Cuando la Parca elige a un actor es más injusta que con el común de los mortales porque los hombres y mujeres de las tablas forman parte de esa especie de seres vivos bondadosos. Los actores siempre están dando. Desde las alturas del escenario entregan todo y allá, abajo, sentados en las butacas los espectadores lloran, ríen, piensan, razonan, se culpan, se sinceran, crecen y vuelven a empezar como marionetas a las que les bulle el corazón.

La muerte, además, activa la memoria. Apenas nos dan la noticia, los recuerdos abren el telón y empiezan a verse escenas de una película interminable. En el caso de los actores o de un hombre público o de un familiar el filme se vuelve un largometraje en technicolor para los más viejos o en HDMI para los más chicos.

Ayer apareció la cara de “China” Zorrilla vestida de Emily Dickinson en un teatro marplatense a orillas del mar. Comenzó a recitar poemas de amor y miraba a un punto fijo -mis ojos-. Al terminar la obra y seguro de haber sido el único de los espectadores a los que había hablado, me animé a presumir de esa capacidad de seducción hacia la actriz. Curiosamente, a todos mis interlocutores les había pasado lo mismo. No fue la primera vez. En el cine volví a sentir lo mismo. Ya no me animé ni a presumir ni a preguntar a los demás y sólo me limité a disfrutar de una actriz que supo hacer que un espectador se sintiera único y pleno por un instante.

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