La mejor decisión que tomaron en la vida fue decidirse a cambiar

Cuando se dieron cuenta de que así no podían seguir, tenían dos caminos: o mirar para otro lado o seguir su intuición y cumplir con sus sueños. Eligieron el segundo camino, y siempre les fue bien. Tres historias que nos hacen preguntarnos ¿estamos haciendo lo que queremos?

SERGIO. Dejó los buques pesqueros por una vida más en la tierra. la gaceta / foto de diego aráoz SERGIO. Dejó los buques pesqueros por una vida más en la tierra. la gaceta / foto de diego aráoz
28 Junio 2014

“La sensación de patear el tablero es impagable, adictiva”
Una “chispa” de malestar aparece dentro de un aparente bienestar. Le digamos comodidad, “zona de confort”, antes que bienestar. Lo cierto es que cuando este destello se hace presente, lo que sigue es inexorable: conservar para siempre lo que sabemos no anda bien, o patear el tablero de una vez por todas. Regina Sáez, con 53 años y algunos saltos al vacío, sabe reconocer rápidamente ese chispazo. Y no le tiene miedo. Le encanta.

Hace seis años lo vivió por primera vez. Ya eran muchas frustraciones a cuesta: la profesión de actriz, que siempre había visto como inalcanzable; un negocio familiar en sus manos que de comerciantes no tenían nada; la vida en Concepción, donde el teatro no era un arte que se viera muy a menudo; un intento fallido de hacer teatro en la “Perla del Sur” y otro más de instalar un taller de artesanías. Un matrimonio hecho cenizas y basta. Fue suficiente.

“Me vine a Tucumán sin absolutamente nada. Pero nada”, enfatiza con los ojos bien abiertos. “Ahora que lo pienso –continúa-, hice un montón de cosas en estos seis años. ¡Qué vida divertida!”.

Entre esas muchas cosas que hizo fue enseñar a manejar a algunas amigas, restaurar muebles, decorar casas, coser. Enamorarse. A los tres meses de separada, y sin haberlo pensado nunca, estaba enamorada.

“Enamorarme fue algo muy importante, que me ayudó a hacer pie acá y volver a sentir cosas que nunca imaginé volver a sentir. En verdad no lo podía creer y tampoco lo podía dejar pasar. Entonces se lo comuniqué a mis hijos y empecé una relación con alguien muy vinculado al teatro”.

Primera conclusión: “que las oportunidades están, aparecen. Pero que uno tiene que estar ahí para verlas y tiene que estar a la altura de las circunstancias para poder tomarlas”.

Antes de dedicarse al teatro –cumple roles de actriz, asistente, utilera y titiritera, entre otras funciones-, Regina fue varias cosas en su Concepción natal: “empresaria, madre, ama de casa, esposa...”. Antes de tener hijos intentó estudiar artes plásticas, pero las otras ocupaciones no le permitieron continuar con la carrera. Siempre estuvo vinculada al arte, aunque el teatro era esa estrella inalcanzable que ahora abraza todos los días. Ha realizado obras con Hugo Gramajo, Carlos Alsina, Leonardo Goloboff, Rosita Ávila, Juan Tríbulo, entre otras personalidades de los escenarios locales.

No quiere sacar las fotos que tiene guardadas, porque dice que al pasado hay que darle un corte. Solamente puede decir que está más joven que hace 10 años atrás. Que se viste, que siente, que se ríe, que se peina y que disfruta la vida como una persona más joven, aunque tenga más canas. Cree que no hay que quedarse en el deseo de algo, que hay que accionar, como cuando decidió instalar una hamaca paraguaya en el interior de su departamento de un dormitorio. “Porque el cambio, las decisiones, se pueden tomar incluso en las pequeñas cosas diarias. El tema es que si te quedás en decir qué bueno sería si… no lográs hacer nada”, aconseja.

Ahora tiene un trabajo que le permite tener un sueldo seguro, que le garantiza “la cajita para cuando me muera” y que le gusta, sobre todo por el entorno: es en la Fundación Miguel Lillo, rodeada de plantas y árboles. Pero no duda de que si el trabajo comienza a manejarle la vida, dará un golpe de timón. “Yo sé que el que rumbo que tomé hace seis años no será el único gran cambio que voy a hacer en mi vida. Tal vez no me tire tan al vacío sin tener nada, pero es casi adictiva la sensación de patear el tablero, es impagable saber que tenés el poder de tu vida. Y hay que hacerse cargo, porque todo en tu vida, tu felicidad y tu tristeza, son responsabilidades y logros de uno”, finaliza.

"El dinero nunca fue parte de mi ecuación"

A Sergio Cannizzo, un carpintero de 44 años, le cuesta distinguir entre el trabajo y el juego. Es que, desde que decidió dejar todo para tomarse en serio su viejo hobbie, el trabajo no parece trabajo y el tiempo se diluye sin que se dé cuenta. “Quizás le dedico mucho más horas que a mis empleos anteriores, pero no me doy cuenta. Es un juego”, sostiene.

Serán los varios años que pasó arriba de barcos pesqueros, en travesías que duraban hasta 60 días, los que le enseñaron que el tiempo es hoy. Que para cambiar, hay que cambiar ahora. Arriba de los buques, Sergio, en la piel de un dedicado jefe de máquinas, vio la historia repetirse como una sucesión interminable de miedos y de falsos sueños. “La fantasía de navegar no es la que tenés cuando sos chico o cuando estás en la escuela naval. Desde el primer viaje que hice escuché: desde el capitán hasta el último marinero soñaban con bajarse definitivamente del barco y harían lo que quisieran. Un gran negocio, un trabajo más normal, disfrutar de la familia... Todos los años entraban chicos nuevos al barco con la misma idea que no llegaba nunca, y ya había gente de 60 años. Muy pocos lograban bajarse, porque la ganancia era muy buena y porque siempre había excusas: una hija que se casaba y que había que comprarle el auto, un familiar que necesitaba una mano... siempre había una zanahoria por delante que los llevaba a sostener una vida que no era vida. Yo decidí bajarme”, cuenta.

No fue una decisión fácil, ni tampoco impulsiva. Estaba haciendo aquello para lo que había estudiado tantos años y, a plata de los años ‘90, cada expedición le sumaban unos $ 10.000 (que en ese momento eran dólares) a su bolsillo. Tentador, sí, pero el sacrificio era extremo. “Había compañeros que llegaban a su casa después de 40 días y la mujer a los dos minutos le preguntaba cuándo se iban de nuevo. Terminás perdiendo mucho y yo no quería eso para mí. Cuando me casé, a los 25 años, fue el punto de inflexión”.

Ese fue el primer gran cambio en la vida de Sergio. En uno de los francos largos que le permitían hacer pie en la tierra, comenzó a buscar trabajo y consiguió en YPF, que en ese momento pertenecía a la compañía Repsol. A los dos años le ofrecieron mudarse a Tucumán para hacerse cargo del área técnica y comercial de la distribución de gas a granel en las grandes empresas del NOA. Un puesto codiciado, prometedor. En esa compañía estuvo 17 años.

“Llegó un momento en el que yo estaba lleno de enfermedades psicosomáticas, estaba mal, disconforme. No era la cantidad de tiempo que trabajaba; lo que más me afectaba era no sentirme valorado. A pesar de las reestructuraciones de la compañía, cuando pasó a manos del Estado, las cosas no cambiaron sustancialmente. Pusieron más jefes, movieron puestos jerárquicos, pero no cambió nada. Así estuve unos dos años, hasta que decidí irme”.

Tan grande fue el apuro por escaparse del trabajo soñado que Sergio, a los 42 años, con dos hijos y una mujer, se retiró sin indemnización. Ya había preparado la cancha: había comprado herramientas y una moto para su nueva ocupación. “Porque tampoco da para tirarse a la pileta sin saber si hay agua. Hay que preparar el terreno, pero tampoco podés perpetuarte en ese tiempo de preparación. Llega un momento en el que hay que saltar”, advierte este bonaerense instalado en Tucumán hace 14 años.

“Uno se enfrenta al miedo de dejar la estabilidad económica, porque un sueldo seguro a fin de mes es una tranquilidad. Pero a veces el precio que hay que pagar es muy alto. En los dos grandes cambios que hice en la vida dejé fuera de la balanza el factor económico para que pesara más mi bienestar. Y es difícil, porque no encontrás valor en el entorno. La gente te llena de miedos, te pregunta qué vas a hacer. Entonces uno vuelve a pensar, a poner las cosas en la balanza, pero en algún momento hay que decidir. Ahora estoy tranquilo. Tengo la preocupación de que a veces entra plata y otras no, pero tengo otras ganancias: me gusta ver mi trabajo terminado, que el cliente se ponga contento con lo que le has hecho, que sea algo que queda en su casa. Es sentir que lo que uno ha hecho tiene valor”, rescata.


Tirarse, sí, pero no sin paracaídas

“La vida no te espera, a las decisiones hay que tomarlas ahora”. Así comienza la charla con Silvia Gianfrancisco, una actriz de 68 años que se pasó la vida cambiando, decidiendo, sumando. A los 40 se jubiló de sus tareas como maestra diferencial y directora de escuela y comenzó a estudiar lo que siempre había querido: teatro. “En mi época, cuando tenía 17 años, para los padres era una cosa de locos estudiar teatro. Era algo de gente rara, de drogadictos, y de una vida sexual licenciosa”, se ríe ahora, medio siglo después.

El primer cambio fue el de idea: como no iba a estudiar teatro, entonces hizo la carrera de fisioterapia. Entró a Alpi. Quiso sumar saberes y estudió Fonoaudiología. Más tarde se recibió de maestra diferencial. Trabajó en la escuela Clotilde Doñate, en la Escuela Domiciliaria y finalmente fue directora de la Escuela Diferencial de Monteros. Y cuando vio que no había más posibilidades de ascenso y que no estaba a gusto con su trabajo, lo soltó, como soltó a su único marido a los 10 años de casados. “Fue un proyecto que salió mal, entonces había que abandonarlo. El temor al cambio paraliza, es cierto, pero es necesario tomar el riesgo porque nadie tiene la vida comprada. La vida no te espera”, repite.

A los 41 años volvió a decidir. Sin padres que infundieran sus prejuicios y ya jubilada, se metió en la carrera de Teatro, de la que se recibió con el mejor promedio de su camada. También fue escolta de la Facultad de Artes. Ella, la “veterana” del grupo. “Por supuesto que pude hacer todo porque ya tenía las cosas resueltas. Cuando me separé tenía 30 años y dos hijos, uno de siete y otro de ocho. Ahí no podía dejar todo para estudiar teatro. Pero después sí, no había nada que me detuviera”, explica. También cuenta que desde muy joven pensó en llegar “a vieja”, entonces hizo toda su vida en función de esa vejez. “Para no ser una carga para nadie y, al mismo tiempo, hacer todo lo que siempre quise hacer”. Ella no es ansiosa, porque sabe que las cosas llegan a su debido momento aunque, claro, para eso, hay que buscarlo. “Cuando uno desea algo, cuando lo desea profundamente, lo consigue. Pero no porque venga de arriba, sino porque acciona en consecuencia de ese deseo”, afirma. Por esta forma de pensar, se puede decir que Silvia –una de las tres protagonistas de la inolvidable obra “Tejiendo Cenizas”, de Mario Costello- es una “decididora compulsiva”. “Estoy convencida de que por el solo hecho de decidir algo, ya pegás un salto hacia arriba. Crecés como persona. Te modifica para siempre y para bien”, sostiene.

Hace 10 años Silvia decidió hacerse un tatuaje. Es una pequeña mariposa en su mano izquierda, visible pero no invasiva. Habla de ella sólo cuando le preguntan: “es un recordatorio para mí misma, para no olvidarme que hay mariposas que viven un solo día y que en ese día transcurre toda su vida. A las decisiones hay que tomarlas. Es hoy”, contesta.

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