Leo Noli
Por Leo Noli 16 Junio 2014
No sé si estas líneas son parte de un Déjà vu eterno, y si lo son tampoco me importa demasiado. Este espacio es para agradecer, para decir gracias, para decirte a vos, papá, cuánto aprendí a tu lado en el poco tiempo que te disfruté. Quizás a vos, amiga, amigo, te pasó lo mismo que a mí. O quizás tuviste o tenés mejor suerte que yo. Lo único real para todos, creo, es que jamás nos alcanzará la vida para descifrar cómo pudo el viejo con nosotros, cómo logró encaminarnos en la vida. Yo sólo sé que él lo hizo posible, desde su lado más noble, más puro, el que menos dejaba ver porque, como todo tano, Pedro era uno de esos tipos con la cara modelo de un western de John Wayne o de Clint Eastwood. Pedro mordía con la mirada.

En realidad, mi viejo fue lo más; fue mi mejor amigo, el que me aconsejó cuando las primeras macanas fluían junto con la pubertad. Me retó cuando debió hacerlo, también me puteó porque le hacía las de Caín a mi vieja. Mi viejo, siendo veterano ya, me demostró que a la vida hay que vivirla en paz y armonía. Me demostró que la vida no camina si vos no la llevás de la mano. Me demostró que el amor nace y también se alimenta. Me demostró con el ejemplo que ser buena gente vale más que toda la guita del mundo.

Hoy mi viejo no está conmigo. Lo extraño horrores. Pero sé que desde algún lugar de este hermoso cielo infinito él me acompaña. A su manera, sigue a mi lado, ahora quizás auditando si a mi Valentín lo estoy llevando por el camino que él me abrió cuando padre e hijo nos convertimos en mejor amigo y confidente; o cuando descubrí que la lealtad es un tesoro, o cuando me topé con que la mentira tiene patas cortas y que la verdad, por más dura que sea, es verdad y punto. Por todo eso y por mucho más, me alegro de haber tenido el mejor padre del mundo. A mi ídolo. Me alegro de haberlo disfrutado por 18 años. Ojalá, como Pedro lo hizo conmigo, yo pueda disfrutar de mi hijo por el resto de la eternidad.

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