Jose Ariel Ibañez
Por Jose Ariel Ibañez 15 Mayo 2014
“Plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro” es lo que necesita una persona, según el pensador cubano José Martí, para sentirse realizado. Si lo trasladamos al fútbol, lo que un apasionado de la pelota sueña con hacer realidad es “jugar profesionalmente, defender los colores de su Selección en un Mundial y aparecer en un álbum de figuritas”. Parece una tontera si se lo analiza fríamente. Pero si se lo enfoca desde la pasión que genera el deporte más popular del mundo, se puede llegar a entenderlo y hasta justificarlo. Hace unos días, con la proximidad del Mundial de Brasil, estalló la fiebre de las figuritas relacionadas con el torneo. La nota la brindó Joel Campbell, una de las figuras del seleccionado de Costa Rica que vía twitter contó a sus seguidores la frustración que sintió al comprar 100 paquetes sólo para conseguir su imagen, pero ¡no la encontró! La red social fue la vía que le permitió alcanzar el objetivo. Varios se ofrecieron a mandarle una. Eso demuestra que coleccionar estos ejemplares no es sólo cosa de niños. Los grandes también se prenden. La tradición de coleccionar este preciado objeto se traslada de generación en generación. Los padres las pasan a sus hijos y estos seguramente seguirán luego con los suyos. Las actuales son modernas. Tiene una imagen perfecta. Pero la nostalgia trae recuerdos de aquellos tiempos en los que coleccionar figuritas era mucho más que un simple hábito. Había que conseguir la difícil para acceder al premio -una pelota de cuero para los varones y una muñeca para las mujeres-. ¿Cómo olvidar la alegría que provocaba conseguir la de Enzo Ferrero, un zurdo delantero de Boca cuya imagen era sinómimo de felicidad pura? Tenerlo era garantía de llenar el álbum. Ese que hoy forma parte de los recuerdos.

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