Marcelo Aguaysol
Por Marcelo Aguaysol 09 Abril 2014
Que alguien indique cuál es la salida. La película sigue siendo de terror. Y da miedo. La inflación se puso el traje de Godzilla y destruye todo a su paso. Se devora los salarios. Arranca los precios de las góndolas (bah, en realidad, obliga a los empresarios a modificarlos). Los que tratan de frenar al monstruo no hacen más que preparar estrategias que sólo minan el poder adquisitivo argentino, porque Godzilla sigue vivito y coleando a un ritmo del 3% mensual.

No hay intervalos. En esta sala en la que nos metimos los argentinos no se vislumbra aún la luz al final del túnel. Los “Precios Cuidados” se descuidaron y, allí nomás, vinieron acompañados de un reajuste del 3,2%. ¡Qué paradoja! Convalidar aumentos con medidas presentadas como antiinflacionarias. Y hasta nos permiten celebrar con fernet, esa bebida de consumo cotidiano en la mesa familiar.

Los servicios son más caros. Y desde el Gobierno nos dicen que ha llegado la hora de no derrochar porque habrá castigos con quitas de subsidios, en un país donde ese tipo de ayuda se concentró en el área metropolitana del Gran Buenos Aires, bajo el argumento de ser la más densamente poblada del país. Y, además, porque gran parte de los habitantes del interior se van a esa zona para conseguir empleo o posibilidades de progreso. Claro, pero esa es una parte de la historia. La otra realidad es que Buenos Aires se queda con gran parte de la torta coparticipable, esa que ni la mismísima Casa Rosada está dispuesta a redistribuir, sencillamente porque se queda con más de la mitad de los recursos fiscales y sólo reparte migajas entre las 23 provincias y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Y si de desigualdades hablamos, la administración central sólo ha venido federalizando los problemas: transfiere servicios, pero no partidas para sustentarlos. Federalismo sólo para el discurso; unitarismo en las decisiones políticas. Nobleza obliga: esto no es sólo la conducta aislada de una gestión como la actual. Es algo histórico que aún no encuentra reparación en los hechos.

Si de eufemismos se habla, el ahorro es la palabra con el que el oficialismo intenta disfrazar el ajuste de algunos de los mayores costos que nos dejó la década ganada. Nadie duda que, desde 2003, hubo una mejora paulatina de la situación socioeconómica argentina. Pero, por lo que está sucediendo, se evidencia que tampoco se aprendieron las lecciones del pasado, en la que los derroches del poder los termina pagando el pueblo. Total, no se atenta contra las leyes económicas, particularmente aquellos axiomas que dicen que en economía, alguien siempre debe pagar y que los bienes también son escasos.

Y todo es más caro. La devaluación inauguró el año del ajuste. Ese en el que la capacidad de ahorro argentina pasó de mínima (hasta un 20% del ingreso mensual) a nula o insuficiente. Llegar a fines de mes es el argumento de la secuela de este film. Financiarse en el tiempo (interés) es cada vez más oneroso. Ni la tarjeta de crédito puede salvarnos. Anticipar el consumo es una estrategia para los ABC1; el resto no tiene capacidad ni resto para hacerlo. Las estadísticas de venta de supermercados y de electrodomésticos son la clara muestra de la reducción del poder de compra de las familias argentinas. El bienestar económico es el signo de otros tiempos, los de bonanzas o, en el lenguaje oficialista, de la década ganada.

Mientras tanto, aquel monstruo sigue haciendo estragos. Claro que en esta película argentina, cíclica por cierto, nadie quiere figurar en las marquesinas, como tampoco en los créditos del final. Así es en la Argentina. Así es la trama de este film. Las crisis siempre son huérfanas, pero los que terminan pagándolas son los sospechosos de siempre: Juan Pueblo, doña Rosa y toda su descendencia.

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