Los linchamientos son injustificable. Criminales. Abominables. Condenables. Espantosos. Son homicidios violentos, sangrientos y en masa. Son delitos sin atenuantes. Son infernales. Execrables. Imperdonables. Pero no son una locura. No son “cosa de locos”. Ni de criaturas salvajes. Ni de bestias. Ni de animales. Justamente, el mal trámite que recibe ese síntoma social es el que lo coloca en el plano de lo irracional. De lo inexplicable. De lo que se circunscribe sólo a sujetos solitarios o, en su defecto, a grupos aislados. En todo caso, la locura consiste en considerar que esos sucesos no pueden ser explicados, porque en ese caso todo queda reducido a la monstruosidad. Pero no se trata de monstruos: son humanos atacando a humanos. O sea, es violencia humana que se explica por otras violencias humanas.
Los escandalizados
Claro está, escandaliza la violencia de personas queriendo matar a otras personas. No es para menos: esa es una violencia individualizable. Hay un sujeto como cualquiera (hijo, amigo, padre, esposo, vecino...) dañando a otro. No es un demonio cuya existencia viola las leyes de la naturaleza, sino un hombre que viola las leyes del hombre. Pero esa violencia subjetiva no brota de la nada: de la nada sólo se obtiene más nada. Los episodios de la violencia subjetiva no son estallidos caprichosos e inconexos. Por el contrario, y para ponerlo en términos del filósofo Slavoj Zizek, esa violencia cometida por sujetos identificables (algún nombre, apellido y familia deben tener), se nutre de otra violencia. De una que está por doquier.
Los de adentro
Esa violencia está presente alrededor de los chicos sin panza, que no tienen infancia sino trabajo en las calles. Que cargan a otros chicos más chiquitos, también sin pancita, para mendigar una moneda. Que que se doblan para limpiar los parabrisas de todos esos autos que, del lado de adentro, llevan a otros chicos como ellos. Pero que no son como ellos.
Los de la orilla
Esa violencia rodea a los tucumanos que se visten, se alimentan y construyen sus taperas con la basura de otros tucumanos. En las personas condenadas a una marginación no sólo social, sino también geográfica: viven en las márgenes de los canales, en las orillas de los arroyos o en las costaneras de los ríos. En los que, como residentes de una villa miseria, tienen a la miseria domiciliada con ellos.
Los del nuevo “pueblo”
Esa violencia está en la exclusión de los excluidos ahora también del concepto de pueblo. Si los pobres no salen menos pobres de los sucesivos gobiernos, pero los “representantes del pueblo” sí salen cada vez más acaudalados, entonces “el pueblo” son los ricos. Ellos son, en este caso, los únicos realmente “representados”.
Los que quieren
Esa violencia campea en los diagnósticos oficiales: casi no hay pobres; ya no quedan indigentes; la desocupación es insignificante. De lo que surge que es pobre sólo el que quiere ser pobre. Y que no trabaja el que no quiere trabajar.
Los desiguales
Esa violencia está en la desmentida al “relato”. No hay mayor criminalidad donde hay más pobreza sino donde hay mayor desigualdad. Entonces, si hay cada vez más violencia (cada vez más violenta) no hay redistribución de la riqueza. Sólo hay asistencialismo, que ayuda a los beneficiarios, pero que no los saca de la carencia.
Los arrepentidos
Esa violencia escribe la historia reciente. Aquí, en el Jardín de la República, vergel de una Argentina donde hay una hectárea sembrada por habitante, los chicos se morían de hambre por veintenas en la primera década de 2000. Los que integraban aquel oprobioso Gobierno cambiaron lugares y siguieron gobernando. Entonces, vino la conciencia social y compraron un avión para que los tucumanos tuvieran una aeronave sanitaria. Pero en realidad, sólo unos cuantos tuvieron jet privado. Después vino el arrepentimiento... y compraron un segundo avión, más grande.
Los perseguidos
Esa violencia motoriza la persecución encarnizada contra el secretario judicial Carlos López, que quedó ternado por séptima vez luego de otro concurso del CAM, sólo para que José Alperovich (tan investigado por la aniquilada Fiscalía Anticorrupción donde López trabajó) lo discrimine una vez más. Y sin brindar razón alguna. Porque esta no es una república donde todo acto de Gobierno se rige por el valor jurídico de la razonabilidad, sino una democracia pavimentadora donde el Estado ha sacralizado el “no, porque no”.
Los descontrolados
Esa violencia sesiona en la Legislatura, que ha renunciado al control del Ejecutivo. Justamente, el caso de López es paradigmático. Gracias a la ley que lo creó, el CAM (antes que para garantizar la designación de los magistrados que más le convienen a los tucumanos) permite nombrar en la Justicia a quienes menos inconvenientes le generen al Gobierno. ¿Qué otra cosa propiciará, si no, un parlamento que justifica los Gastos Sociales ante el Tribunal de Cuentas con recibos húsares manuscritos?
Los reprimidos
Esa violencia golpea el presente. A los docentes que quieren instalar un gazebo en plaza Independencia, en reclamo de mejores condiciones salariales, les contestan con represión policial. A la Policía que se acuarteló en diciembre e instaló en toda la provincia el ultraje de los saqueos, en reclamo de mejores condiciones salariales, les contestan con un 35% de aumento.
Los de todos lados
Pero esa violencia no sólo está en las cumbres del Estado. Ni en los infiernos de la marginalidad. También se hizo presente en los barrios, precisamente durante el pasado diciembre del Estado Fracasado. Cuando las bandas de saqueadores motorizados, luego de reventar un comercio, se marchaban para destrozar otro local, llegaban detrás vecinos de la misma zona a llevarse lo que podían. En el depredado súper Apolo, de Colón 1.450, las empleadas relataban que entre los ladrones de mercadería había clientes habituales. En la calle, tucumanos de zonas residenciales más acomodadas estacionaban sus autos de alta gama y entraban a rapiñar.
Los amnésicos
Era el mes de las fiestas y la violencia estaba en todas partes. Mezclada entre todos. Pero por amnesia colectiva (la endemia de esta provincia), o porque era demasiado difícil de asumir, el asunto fue olvidado. O echado al olvido. Pero la realidad está más allá del deseo. Y entones la violencia reapareció. No volvió, porque nunca se fue. Sólo la llaman distinto. “Linchamiento”. “Justicia por mano propia”. No es nueva. Sobran los casos de detenidos brutalmente maltratados en comisarías, pero también los de apresados en “arrestos civiles”, que ya llegan furiosamente golpeados a la dependencia policial. Así que la violencia ya estaba. En todos lados. Todo el tiempo.
Los validadores
Hay violencia en todas partes porque ha sido legitimada por la sociedad y por su modelo económico y político. Esa violencia omnipresente, que es el sustrato, el sub stare, lo que está debajo de la violencia subjetiva, es la violencia objetiva. Ella es parte del sistema: está sistematizada y funciona validando los mecanismos de exclusión. Hasta el punto de naturalizarlos. Para que un hecho social sea denominado natural, antes debió haber sido considerado normal durante mucho tiempo. Y para conseguir certificado de normal, antes tuvo que ser considerado largamente como algo común. Justamente, la violencia objetiva tiene su propio lenguaje: la violencia simbólica. Ella se encarga de contrabandear la aceptación de la violencia ya sistematizada y naturalizada.
Los salvajes
La violencia simbólica (al igual que la subjetiva, que se ve; y la objetiva, que no se quiere ver) también está en todas partes. También se escucha en todos lados. Pero no sólo en la puteada callejera, ni en el tono maleducado, ni en la agresión verbal gratuita. Es mucho más refinada. Más sutil. Más artera. Una de sus expresiones más acabadas, incluso, tiene presunciones de verdad histórica: “siempre hubo pobres”. Como siempre no principio ni fin, excluidos siempre habrá. Léase, nadie debe incomodarse por la eterna convivencia de las miserias sin fondo con las riquezas sin techo, porque así ha sido y así será. Lo irónico es que en el reino natural nada es para siempre. Es decir, la evolución biológica es más veloz que la evolución social. ¿Quiénes son, entonces, los salvajes?
Los omitidos
La cronicidad del modelo validador de la violencia atraviesa estructuralmente a Tucumán y el alperovichismo no escapa a ello. El Gobierno erradicó a los vendedores ambulantes de las peatonales y puso fin a una actividad ilegal. Pero los cuentapropistas no fabricaban la mercadería que vendían: la compraban. Sin embargo, para los trabajadores informales y precarios hubo represión policial. Pero para los empresarios ricos que se enriquecían haciendo negocios con los ambulantes pobres no hubo operativo de ninguna clase.
Los estadistas
Así como la violencia objetiva funciona en las acciones y omisiones del oficialismo, la violencia simbólica también trabaja en sus silencios y en sus decires. Alperovich repite que echó a los vendedores ambulantes de las peatonales para cumplir con una sentencia favorable a la Federación Económica de Tucumán. En contraste, también hay fallos que reconocen el derecho de los jubilados a gozar del beneficio de la movilidad y la porcentualidad en sus haberes, pero el gobernador de eso no habla. Para las cámaras empresarias sí, para los pobres jubilados, no. En realidad, ese “no” es para todos los pobres, jubilados o no. “No podemos tener al señor Estado a la par de una familia que está borracha, y permite que una criatura de seis años esté sola”, fue la ya histórica respuesta de la senadora Beatriz Rojkés de Alperovich, en mayo de 2012, ante el reclamo de justicia de los padres de Mercedes Figueroa, asesinada de cinco puñaladas por quienes presuntamente quisieron violarla.
Las catacumbas
Cuando terminaba la última dictadura militar argentina (la que llevó la violencia objetiva, la simbólica y la subjetiva a una criminalidad sin par), Carlos Nino daba Ocho lecciones sobre ética y derecho en la “universidad de las catacumbas”. En la Sociedad Argentina de Análisis Filosófico enseñó que en contra del relativismo ético había que oponer una moral social dispuesta a la solución pacífica de las disputas. A la luz de ese mandato, la violencia social es el síntoma de una profunda fractura moral en la comunidad, que puede sanar tanto como agravarse. Cuando la sociedad está quebrada, las tragedias son protagonizadas por sus acreedores, convocados para ejecutarla.
Los escandalizados
Claro está, escandaliza la violencia de personas queriendo matar a otras personas. No es para menos: esa es una violencia individualizable. Hay un sujeto como cualquiera (hijo, amigo, padre, esposo, vecino...) dañando a otro. No es un demonio cuya existencia viola las leyes de la naturaleza, sino un hombre que viola las leyes del hombre. Pero esa violencia subjetiva no brota de la nada: de la nada sólo se obtiene más nada. Los episodios de la violencia subjetiva no son estallidos caprichosos e inconexos. Por el contrario, y para ponerlo en términos del filósofo Slavoj Zizek, esa violencia cometida por sujetos identificables (algún nombre, apellido y familia deben tener), se nutre de otra violencia. De una que está por doquier.
Los de adentro
Esa violencia está presente alrededor de los chicos sin panza, que no tienen infancia sino trabajo en las calles. Que cargan a otros chicos más chiquitos, también sin pancita, para mendigar una moneda. Que que se doblan para limpiar los parabrisas de todos esos autos que, del lado de adentro, llevan a otros chicos como ellos. Pero que no son como ellos.
Los de la orilla
Esa violencia rodea a los tucumanos que se visten, se alimentan y construyen sus taperas con la basura de otros tucumanos. En las personas condenadas a una marginación no sólo social, sino también geográfica: viven en las márgenes de los canales, en las orillas de los arroyos o en las costaneras de los ríos. En los que, como residentes de una villa miseria, tienen a la miseria domiciliada con ellos.
Los del nuevo “pueblo”
Esa violencia está en la exclusión de los excluidos ahora también del concepto de pueblo. Si los pobres no salen menos pobres de los sucesivos gobiernos, pero los “representantes del pueblo” sí salen cada vez más acaudalados, entonces “el pueblo” son los ricos. Ellos son, en este caso, los únicos realmente “representados”.
Los que quieren
Esa violencia campea en los diagnósticos oficiales: casi no hay pobres; ya no quedan indigentes; la desocupación es insignificante. De lo que surge que es pobre sólo el que quiere ser pobre. Y que no trabaja el que no quiere trabajar.
Los desiguales
Esa violencia está en la desmentida al “relato”. No hay mayor criminalidad donde hay más pobreza sino donde hay mayor desigualdad. Entonces, si hay cada vez más violencia (cada vez más violenta) no hay redistribución de la riqueza. Sólo hay asistencialismo, que ayuda a los beneficiarios, pero que no los saca de la carencia.
Los arrepentidos
Esa violencia escribe la historia reciente. Aquí, en el Jardín de la República, vergel de una Argentina donde hay una hectárea sembrada por habitante, los chicos se morían de hambre por veintenas en la primera década de 2000. Los que integraban aquel oprobioso Gobierno cambiaron lugares y siguieron gobernando. Entonces, vino la conciencia social y compraron un avión para que los tucumanos tuvieran una aeronave sanitaria. Pero en realidad, sólo unos cuantos tuvieron jet privado. Después vino el arrepentimiento... y compraron un segundo avión, más grande.
Los perseguidos
Esa violencia motoriza la persecución encarnizada contra el secretario judicial Carlos López, que quedó ternado por séptima vez luego de otro concurso del CAM, sólo para que José Alperovich (tan investigado por la aniquilada Fiscalía Anticorrupción donde López trabajó) lo discrimine una vez más. Y sin brindar razón alguna. Porque esta no es una república donde todo acto de Gobierno se rige por el valor jurídico de la razonabilidad, sino una democracia pavimentadora donde el Estado ha sacralizado el “no, porque no”.
Los descontrolados
Esa violencia sesiona en la Legislatura, que ha renunciado al control del Ejecutivo. Justamente, el caso de López es paradigmático. Gracias a la ley que lo creó, el CAM (antes que para garantizar la designación de los magistrados que más le convienen a los tucumanos) permite nombrar en la Justicia a quienes menos inconvenientes le generen al Gobierno. ¿Qué otra cosa propiciará, si no, un parlamento que justifica los Gastos Sociales ante el Tribunal de Cuentas con recibos húsares manuscritos?
Los reprimidos
Esa violencia golpea el presente. A los docentes que quieren instalar un gazebo en plaza Independencia, en reclamo de mejores condiciones salariales, les contestan con represión policial. A la Policía que se acuarteló en diciembre e instaló en toda la provincia el ultraje de los saqueos, en reclamo de mejores condiciones salariales, les contestan con un 35% de aumento.
Los de todos lados
Pero esa violencia no sólo está en las cumbres del Estado. Ni en los infiernos de la marginalidad. También se hizo presente en los barrios, precisamente durante el pasado diciembre del Estado Fracasado. Cuando las bandas de saqueadores motorizados, luego de reventar un comercio, se marchaban para destrozar otro local, llegaban detrás vecinos de la misma zona a llevarse lo que podían. En el depredado súper Apolo, de Colón 1.450, las empleadas relataban que entre los ladrones de mercadería había clientes habituales. En la calle, tucumanos de zonas residenciales más acomodadas estacionaban sus autos de alta gama y entraban a rapiñar.
Los amnésicos
Era el mes de las fiestas y la violencia estaba en todas partes. Mezclada entre todos. Pero por amnesia colectiva (la endemia de esta provincia), o porque era demasiado difícil de asumir, el asunto fue olvidado. O echado al olvido. Pero la realidad está más allá del deseo. Y entones la violencia reapareció. No volvió, porque nunca se fue. Sólo la llaman distinto. “Linchamiento”. “Justicia por mano propia”. No es nueva. Sobran los casos de detenidos brutalmente maltratados en comisarías, pero también los de apresados en “arrestos civiles”, que ya llegan furiosamente golpeados a la dependencia policial. Así que la violencia ya estaba. En todos lados. Todo el tiempo.
Los validadores
Hay violencia en todas partes porque ha sido legitimada por la sociedad y por su modelo económico y político. Esa violencia omnipresente, que es el sustrato, el sub stare, lo que está debajo de la violencia subjetiva, es la violencia objetiva. Ella es parte del sistema: está sistematizada y funciona validando los mecanismos de exclusión. Hasta el punto de naturalizarlos. Para que un hecho social sea denominado natural, antes debió haber sido considerado normal durante mucho tiempo. Y para conseguir certificado de normal, antes tuvo que ser considerado largamente como algo común. Justamente, la violencia objetiva tiene su propio lenguaje: la violencia simbólica. Ella se encarga de contrabandear la aceptación de la violencia ya sistematizada y naturalizada.
Los salvajes
La violencia simbólica (al igual que la subjetiva, que se ve; y la objetiva, que no se quiere ver) también está en todas partes. También se escucha en todos lados. Pero no sólo en la puteada callejera, ni en el tono maleducado, ni en la agresión verbal gratuita. Es mucho más refinada. Más sutil. Más artera. Una de sus expresiones más acabadas, incluso, tiene presunciones de verdad histórica: “siempre hubo pobres”. Como siempre no principio ni fin, excluidos siempre habrá. Léase, nadie debe incomodarse por la eterna convivencia de las miserias sin fondo con las riquezas sin techo, porque así ha sido y así será. Lo irónico es que en el reino natural nada es para siempre. Es decir, la evolución biológica es más veloz que la evolución social. ¿Quiénes son, entonces, los salvajes?
Los omitidos
La cronicidad del modelo validador de la violencia atraviesa estructuralmente a Tucumán y el alperovichismo no escapa a ello. El Gobierno erradicó a los vendedores ambulantes de las peatonales y puso fin a una actividad ilegal. Pero los cuentapropistas no fabricaban la mercadería que vendían: la compraban. Sin embargo, para los trabajadores informales y precarios hubo represión policial. Pero para los empresarios ricos que se enriquecían haciendo negocios con los ambulantes pobres no hubo operativo de ninguna clase.
Los estadistas
Así como la violencia objetiva funciona en las acciones y omisiones del oficialismo, la violencia simbólica también trabaja en sus silencios y en sus decires. Alperovich repite que echó a los vendedores ambulantes de las peatonales para cumplir con una sentencia favorable a la Federación Económica de Tucumán. En contraste, también hay fallos que reconocen el derecho de los jubilados a gozar del beneficio de la movilidad y la porcentualidad en sus haberes, pero el gobernador de eso no habla. Para las cámaras empresarias sí, para los pobres jubilados, no. En realidad, ese “no” es para todos los pobres, jubilados o no. “No podemos tener al señor Estado a la par de una familia que está borracha, y permite que una criatura de seis años esté sola”, fue la ya histórica respuesta de la senadora Beatriz Rojkés de Alperovich, en mayo de 2012, ante el reclamo de justicia de los padres de Mercedes Figueroa, asesinada de cinco puñaladas por quienes presuntamente quisieron violarla.
Las catacumbas
Cuando terminaba la última dictadura militar argentina (la que llevó la violencia objetiva, la simbólica y la subjetiva a una criminalidad sin par), Carlos Nino daba Ocho lecciones sobre ética y derecho en la “universidad de las catacumbas”. En la Sociedad Argentina de Análisis Filosófico enseñó que en contra del relativismo ético había que oponer una moral social dispuesta a la solución pacífica de las disputas. A la luz de ese mandato, la violencia social es el síntoma de una profunda fractura moral en la comunidad, que puede sanar tanto como agravarse. Cuando la sociedad está quebrada, las tragedias son protagonizadas por sus acreedores, convocados para ejecutarla.
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