Domina el corto plazo, con todo lo que ello implica. No se puede planificar; tampoco proyectar. Lo que hoy tiene un precio, mañana tal vez suba. Y no se sabe cuánto. La economía no es la misma que hace un año. La devaluación de enero ha cambiado tanto el escenario que la moneda ha dado varias vueltas en el aire y cae al piso con menos peso. Todo parece indicar que, esta vez, la economía le pone ruido a la política y no a la inversa, como suele serlo.
¿Quién para la pelota? En el juego de la vida cotidiana hubo indicios de que no todo es lo que era. La Argentina ha quedado huérfana hace tiempo. Los gemelos dejaron de existir hace tiempo, un poco a causa de las trabas al comercio interior, otro tanto por los cepos como el cambiario y hasta la emisión monetaria que ha inundado de billetes con el rostro de Evita a todo el circuito financiero. Aquellos gemelos, los superávit comercial y fiscal, son parte de un pasado de bonanza kirchnerista. El presente está embargado por la inflación, esa que se come, a mayor velocidad, el poder adquisitivo de los argentinos. El futuro es cortoplacista. Los expertos sostienen que el Gobierno intentará aguantar todos los embates hasta el Mundial de Fútbol. Encuentros como esos suelen desviar las pasiones y las miradas; anestesian los problemas y también las decisiones difíciles de política económica.
El mercado, como sucedió hace poco con el dólar “blue”, está haciendo el ajuste, ese a que no se atrevió a realizar el Ejecutivo para contener la inflación. Los acuerdos de precios no funcionaron o, en el mejor de los casos, sólo sirvieron como aspirinas para calmar el dolor en un período, pero que se potenció tiempo después. ¿Quién iba a pensar que enero iba a terminar con una devaluación del 21% de la moneda?
Vivir cuesta entre un 25% y un 28% más que hace un año. Los salarios no tienen la misma elasticidad que los precios del ajuste o de la cobertura devaluatoria. La economía no aguanta paritarias con incrementos superiores al 30%, advierten los analistas. Si esa es la ecuación, entonces ¿quién les pone freno a los precios? La especulación se cuela en la economía nuestra de cada día, alimentada por la incertidumbre.
Inversión es hoy una palabra vedada para los empresarios. Las estadísticas oficiales que, en muchos casos negaron parte de la realidad, admiten ahora un freno en la generación de empleo, con señales de destrucción, como la revelada por el gremio de la Uocra que calculó una reducción de un millar de puestos en Tucumán desde diciembre, particularmente por el parate de algunas obras públicas. Otro tanto sucede con el comercio; los empresarios ya advirtieron que están dispuestos a prescindir de los servicios de parte de su dotación si las paritarias se disparan a porcentajes superiores al 30%. En economía, alguien paga los costos.
El Estado ha defendido su intervención en la economía, como un eje del modelo de gestión. Si eso funcionó en el pasado, ¿por qué ahora no promueve planes que intenten sostener la mano de obra genuina, combatir la informalidad laboral o reducir la carga impositiva para aliviar los costos empresariales hasta tanto se corrija el rumbo económico?
Un Estado que vino incrementando el gasto público por encima del 34%, puede admitir también efectuar ciertos ahorros en las cuentas públicas. Sería como predicar con el ejemplo, toda vez que son los propios funcionarios los que trasladan los mayores costos estatales a los contribuyentes, ya sea a través de Ingresos Brutos, Inmobiliario, Ganancias o Bienes Personales. Récord es un término que se ha convertido en un bumerán para el Gobierno. Lo utilizó para describir el aumento recaudatorio, pero no para admitir que la presión impositiva es tan elevada, que ahoga tanto al empresario como al trabajador, con traslados directos a precios. Esos son los riesgos de vivir a corto plazo. Tal vez sea hora de propiciar un acuerdo multisectorial en serio para preservar la moneda nacional y dejar de movernos al ritmo del dólar.
¿Quién para la pelota? En el juego de la vida cotidiana hubo indicios de que no todo es lo que era. La Argentina ha quedado huérfana hace tiempo. Los gemelos dejaron de existir hace tiempo, un poco a causa de las trabas al comercio interior, otro tanto por los cepos como el cambiario y hasta la emisión monetaria que ha inundado de billetes con el rostro de Evita a todo el circuito financiero. Aquellos gemelos, los superávit comercial y fiscal, son parte de un pasado de bonanza kirchnerista. El presente está embargado por la inflación, esa que se come, a mayor velocidad, el poder adquisitivo de los argentinos. El futuro es cortoplacista. Los expertos sostienen que el Gobierno intentará aguantar todos los embates hasta el Mundial de Fútbol. Encuentros como esos suelen desviar las pasiones y las miradas; anestesian los problemas y también las decisiones difíciles de política económica.
El mercado, como sucedió hace poco con el dólar “blue”, está haciendo el ajuste, ese a que no se atrevió a realizar el Ejecutivo para contener la inflación. Los acuerdos de precios no funcionaron o, en el mejor de los casos, sólo sirvieron como aspirinas para calmar el dolor en un período, pero que se potenció tiempo después. ¿Quién iba a pensar que enero iba a terminar con una devaluación del 21% de la moneda?
Vivir cuesta entre un 25% y un 28% más que hace un año. Los salarios no tienen la misma elasticidad que los precios del ajuste o de la cobertura devaluatoria. La economía no aguanta paritarias con incrementos superiores al 30%, advierten los analistas. Si esa es la ecuación, entonces ¿quién les pone freno a los precios? La especulación se cuela en la economía nuestra de cada día, alimentada por la incertidumbre.
Inversión es hoy una palabra vedada para los empresarios. Las estadísticas oficiales que, en muchos casos negaron parte de la realidad, admiten ahora un freno en la generación de empleo, con señales de destrucción, como la revelada por el gremio de la Uocra que calculó una reducción de un millar de puestos en Tucumán desde diciembre, particularmente por el parate de algunas obras públicas. Otro tanto sucede con el comercio; los empresarios ya advirtieron que están dispuestos a prescindir de los servicios de parte de su dotación si las paritarias se disparan a porcentajes superiores al 30%. En economía, alguien paga los costos.
El Estado ha defendido su intervención en la economía, como un eje del modelo de gestión. Si eso funcionó en el pasado, ¿por qué ahora no promueve planes que intenten sostener la mano de obra genuina, combatir la informalidad laboral o reducir la carga impositiva para aliviar los costos empresariales hasta tanto se corrija el rumbo económico?
Un Estado que vino incrementando el gasto público por encima del 34%, puede admitir también efectuar ciertos ahorros en las cuentas públicas. Sería como predicar con el ejemplo, toda vez que son los propios funcionarios los que trasladan los mayores costos estatales a los contribuyentes, ya sea a través de Ingresos Brutos, Inmobiliario, Ganancias o Bienes Personales. Récord es un término que se ha convertido en un bumerán para el Gobierno. Lo utilizó para describir el aumento recaudatorio, pero no para admitir que la presión impositiva es tan elevada, que ahoga tanto al empresario como al trabajador, con traslados directos a precios. Esos son los riesgos de vivir a corto plazo. Tal vez sea hora de propiciar un acuerdo multisectorial en serio para preservar la moneda nacional y dejar de movernos al ritmo del dólar.
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