“Orión estaba corriendo pudinga”. El mensaje salió disparado en whatsapp y llegó en el acto la respuesta: “¿de qué estás hablando?”. Ya estaba yendo otro mensaje con la aclaración: “(perdón, estaba corrigiendo páginas)”.
De cómo “perdón” se convirtió en “Orión”, y “páginas” en “pudinga”, no hay explicación, excepto el apuro. Pero entre las palabras personales que uno incorpora al celular, más las que se forman por amasijar el teclado (“hsble cn la sposa. Manans 16 hs ira a tu depto”) y las interpretaciones que hace el teléfono de palabras inexistentes (“vamos a hacer tortilla de eslina”) o inusuales (“pudinga”, según la RAE, es “Conjunto conglomerado de almendrilla”), estamos liquidados. Hay que agregar a esta lista la tozudez del aparato en dar prioridad a opciones intolerables (insiste en marcar “venusinas” cada vez que uno escribe “buenísimo”, o “avasallada” por “ensalada”).
Llega un momento en que esto de escribir mensajes se convierte en una actividad frenética y una especie de lucha en la que el aparato siempre gana, con riesgo de algún conflicto con el interlocutor. Aunque los contactos suelen entender lo que ocurre y asimilan como un idiolecto gracioso y hasta atractivo esos mensajes semicifrados llenos de boberías. Y se incorporan con un nuevo significado. Cuando las cosas no salen venusinas, siempre es posible pedir Orión. Y se termina entendiendo.
De cómo “perdón” se convirtió en “Orión”, y “páginas” en “pudinga”, no hay explicación, excepto el apuro. Pero entre las palabras personales que uno incorpora al celular, más las que se forman por amasijar el teclado (“hsble cn la sposa. Manans 16 hs ira a tu depto”) y las interpretaciones que hace el teléfono de palabras inexistentes (“vamos a hacer tortilla de eslina”) o inusuales (“pudinga”, según la RAE, es “Conjunto conglomerado de almendrilla”), estamos liquidados. Hay que agregar a esta lista la tozudez del aparato en dar prioridad a opciones intolerables (insiste en marcar “venusinas” cada vez que uno escribe “buenísimo”, o “avasallada” por “ensalada”).
Llega un momento en que esto de escribir mensajes se convierte en una actividad frenética y una especie de lucha en la que el aparato siempre gana, con riesgo de algún conflicto con el interlocutor. Aunque los contactos suelen entender lo que ocurre y asimilan como un idiolecto gracioso y hasta atractivo esos mensajes semicifrados llenos de boberías. Y se incorporan con un nuevo significado. Cuando las cosas no salen venusinas, siempre es posible pedir Orión. Y se termina entendiendo.
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