Tercera edad: queda energía para rato - LA GACETA Tucumán

Tercera edad: queda energía para rato

A los dos protagonistas de estas historias la jubilación no los confinó en su casa. Muy por el contrario: hoy siguen haciendo lo que les gusta y emprenden proyectos que habían postergado.

29 Sep 2013
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EL ESCENARIO DEL MUNDO. Tríbulo disfruta su jubilación: le permite estudiar y seguir actuando. LA GACETA / FOTOS DE ANALíA JARAMILLO

SEGUIR Y SEGUIR ACTUANDO
"¡Uy!, ahí aterrizó un mosquito en la pelada?". Fue la primera línea que Juan Tríbulo dijo sobre un escenario. Estaba en tercer grado, vivía en Entre Ríos y reemplazaba a un compañero que se había acobardado a último momento. Un golazo: se dio cuenta de que el teatro era su camino. Fue la primera de las sincronicidades de su vida, de las que todavía se sorprende a sus 71 años. 

El día comenzó temprano en su casa de Yerba Buena. Tres perros amistosos salieron con su dueño, que saludó mientras ellos saltaban alborotados. Adentro había música instrumental y el sol entraba por los ventanales. Eran las 10 de la mañana; él tomaba mates amargos y recortaba viejos artículos del diario, los pegaba en una hoja y los clasificaba. Contó que desde que se jubiló de la docencia universitaria pudo retomar su rol de investigador. "Yo veo gente que no quiere jubilarse porque parecen depender de un lugar. Yo, en cambio, adelanté mi jubilación para dedicarme a todo esto", dijo mientras hacía un gesto con el brazo como abarcando un universo. Es que a su edad le sobran proyectos: prepara dos tomos sobre las memorias de su maestro, Oscar Fessler, de quien heredó los manuscritos. Además, está estudiando el papel de Freud que interpretará en "La carta de la mujer que falta", que tiene entre los guionistas a su gran amigo Leonardo Goloboff. Con "Golo" lo une un vínculo profundo y la sincronicidad de haberse conocido de jóvenes en Buenos Aires y años después trabajar juntos en Tucumán, cuando ambos la acogieron como hogar. El día de la entrevista trabajaba con un par de separatas sobre el pensamiento freudiano. "Tener una base sólida para mis personajes me sirve y a la larga se nota en el escenario", explicó.

También está preparando una historia del Teatro en Tucumán y de la Escuela de Teatro, que él creó en 1984 dentro de la Facultad de Artes. Interpretó más de 76 personajes y dirigió 18 obras. Contó que cada vez que un colega se va, inexorablemente piensa "¿cuánto más me quedará en el carrete?". Por eso es un enamorado de la vida, de la familia (su esposa, sus tres hijos y dos nietos) y del teatro. Su cuerpo acusa algunos achaques, pero prefiere no nombrarlos. Es positivo por naturaleza y parte de esa vitalidad consiste en concentrarse en las cosas buenas y vivir el día a día. Reconoce que le queda un par de sueños pendientes, como interpretar al Rey Lear, pero -afirma- está abierto a lo que le llegue. 


EL PULSO FIRME A LOS 81 AÑOS
Tiene una receta: no toma, no fuma, ni se le acerca a la Coca Cola. Tres veces por semana a las 6.30 está en el gimnasio; va de pesca, caza y escucha música clásica todo el día. También le han jugado a favor la sangre alemana y antepasados longevos (pasaron la barrera de los 100). Hugo Mayer tiene 81 años, pero los ha escondido muy bien. Luce un bronceado envidiable y, según sus colegas mujeres, su piel también lo es. Cuando escucha esto se ríe y reconoce que se encrema dos veces por día. Un coqueto.

Es el primer cirujano plástico del norte argentino. Pertenece a la segunda camada de médicos de la UNT. Se recibió en 1958 y se especializó en cirugía estética en Buenos Aires y en Francia. Se jubiló después de 30 años de operar labios leporinos y quemados en el Hospital de Niños. Pero sigue en el quirófano y atiende el consultorio todos los días. Qué se iba a imaginar en 1958 que la cirugía estética se convertiría en una de las ramas de la medicina más reclamada por las mujeres. Por su quirófano comienzan a pasar desde los 15 años para hacerse "las lolas"; más grandes buscan una dermolipectomía (quitar grasa y piel de la panza), a partir de los 50 quieren lifting. De todas maneras, el cirujano explica que la falta de arrugas no tapa la vejez. "A un viejo se lo reconoce por cómo habla, cómo camina… después del lifting puede ser un viejo sin arrugas, pero nada más", señala. Por eso es un defensor de los hábitos saludables. "Las mujeres quieren ser lindas, pero fuman y ese es el primer enemigo de la piel", explica. En sus ratos libres disfruta de la talabartería, habilidad que heredó de su padre; pero además publicó dos libros de poesía, ganó un premio de fotografía y de la pared de su consultorio del Sanatorio Sarmiento cuelga un cuadro pintado por él. Dice que le hubiera gustado aprender a tocar la guitarra. Quizás lo haga, ¿por qué no? "Toda la vitalidad es obra de la felicidad interna", revela. Lleva casado 47 años, tiene tres hijos y ocho nietos. "Uno se hace viejo cuando no tiene proyectos", agrega. Y a él le sobran: seguir operando hasta que le falle el pulso, viajar y leer sobre astrofísica, otra de sus pasiones. 

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