La orientación vocacional a debate

19 Septiembre 2013
Un relevamiento reciente ha logrado reinstalar en el centro de la opinión pública una preocupación que cruza a una gran cantidad de jóvenes -y sus familias- que se han propuesto ingresar a la universidad: cómo elegir una carrera, o bien, si la vocación que portaban ha sido suficiente apoyo para tomar una de las decisiones más importantes de la vida.

El informe de que un 60 % de los alumnos que ingresan a las distintas facultades de la Universidad Nacional de Tucumán abandonan sus carreras es una muestra elocuente de que la orientación vocacional es un duro camino a sortear por los estudiantes, con todos los costos, incertidumbres y gastos que implican una decisión de este tipo. Ese traspié en la elección del rumbo profesional o los vaivenes y trastornos en la vida estudiantil, que en un porcentaje alto afectan la estabilidad familiar, además del retraso académico que casi siempre acarrean, tienen generalmente secuelas económicas, psicológicas y de inserción social y laboral.

Habría que señalar que debería entenderse la orientación vocacional como un proceso de esclarecimiento y búsqueda en el que los estudiantes elaboran su identidad, movilizan su capacidad de decisión autónoma y resuelven en gran medida sus tendencias y necesidades. Debe considerarse que en ese tramo de la vida se da un paso clave en la definición de la personalidad y en un proyecto de vida.

En esa línea, también deberíamos plantear que la toma de decisión respecto de qué carrera elegir y luego afrontar el proceso del cursado, los exámenes y la agenda académica no es una tarea sencilla para los jóvenes. A veces, se hace evidente que el tránsito de los últimos cursos del secundario está marcado por las necesidades del sistema educativo y por intereses y conductas propias de la adolescencia que llevan a dejar para otro momento esa responsabilidad; más tarde, las urgencias del calendario y los tiempos universitarios imponen un escenario más complejo de encauzar. Así, esas decisiones no siempre se toman con el mejor panorama posible, en el marco más adecuado y con los tiempos a favor. Cuando no hay dudas sobre el rumbo elegido, los planes y las perspectivas son distintas.

Por eso resulta de una importancia central el apoyo de los padres en la definición universitaria de los chicos, y la consulta con especialistas bien puede allanar las cosas. Los expertos destacan la influencia virtuosa de la familia más cercana en la construcción de esa vocación. La concurrencia a talleres, la consulta sistemática y organizada a páginas webs y a publicaciones responsables es otro de los caminos a recorrer. Sin embargo, una guía decisiva y rotundamente más valedera la debería elaborar el Estado a través de las autoridades y las áreas competentes. Es que el caso bien podría tomarse como una política de Estado, en razón de que son y serán los jóvenes la nueva energía, las ilusiones y el combustible que tendrá la Nación y el país para diseñar y construir su futuro.

Escuelas, familias y universidad siempre tendrán un rol indelegable e irremplazable en la formación, identidad, valores y sueños de los adolescentes. Pero no debiera dejar de considerarse el aporte del Estado como responsable del liderazgo educativo y pedagógico y de la gestión de políticas formativas esclarecedoras para que a través de planes e iniciativas específicas, abarcadoras y estratégicas se involucre de una manera más activa en una problemática social cada vez más honda y demandante de apoyos institucionales de este calibre, competencia y jerarquía.

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