Federico Diego van Mameren
Por Federico Diego van Mameren 07 Septiembre 2013
No hace mucho tiempo cruzar por Mendoza y Muñecas ponía nervioso a más de uno. Ahora, desgraciadamente, hay un mangrullo que se disfraza de dispositivo de seguridad.

Vos ibas caminando y de pronto aparecía alguien con una sonrisa que te invitaba y -¡te regalaba!- un abrazo. Era una de las pocas cosas gratuitas que quedaban en la calle.

La primera reacción era rechazarlo. Después te ibas rumiando y buscando algún apodo para disimular el momento de timidez que acababa de frustrar el abrazo.

¿Qué tendría de malo un abrazo?

Un abrazo es capaz de contagiar alegría, amistad, sinceridad, cariño, amor, sencillez, bienestar, compañía, sonrisas, humildad, tranquilidad, entrega, solidaridad, risas, paz y obviamente cercanía.

Son tantas las cosas que, tal vez, dé miedo sentir todo eso en un solo instante.

No hace mucho tiempo crucé por Mendoza y Muñecas y se me abalanzó alguien al que no pude escapar. Balbuceé que estaba ocupado y no sirvió de nada. Cuando el contacto con el otro era inevitable solté una frase que creí el argumento infalible: "estoy trabajando". Todo fue inútil. Se rió de mi justificativo y finalmente me regaló un abrazo. Me dijo gracias y me soltó…

Caminé confundido y empecé a comprender cuán diferente es el mundo sin hostilidad y cuánto más fácil es caminar con un abrazo a cuestas que con los dientes apretados de la agresividad diaria que se desparrama por las calles.

Tamaño texto
Comentarios
Comentarios