Federico Türpe
Por Federico Türpe 31 Agosto 2013
"Hay que destacar el gesto noble de los efectivos policiales que devolvieron el monto en su totalidad", disparó con sincera espontaneidad el comisario Luis Medina, subjefe de la regional capital. El funcionario hacía referencia a un hecho ocurrido en la mañana del miércoles 21 de agosto, cuando una mujer de 72 años se descompensó y murió en la vía pública, en pleno centro de la capital. Isabel Sales llevaba en su cartera $ 82.000 en efectivo.

Como todo lo que se encuentra por debajo del umbral de la conciencia, el inconsciente de Medina no mintió. Con franca inocencia -aunque la psiquis nunca es inocente, siempre es culpable- subrayó que los policías devolvieron "la totalidad" del dinero. Y como sólo se destaca lo que es excepcional, el comisario entiende -y así lo expresa- que la norma dispone que los policías no reintegran "la totalidad" de los botines recuperados. No sólo policías, también es noticia cuando cualquier ciudadano regresa una suma encontrada, justamente porque sale de lo común.

En los últimos meses han tomado estado público denuncias por coimas que involucran a numerosos policías, como los casos de la Brigada Norte, la seccional 3a y la comisaría de La Reducción, entre otros.

En forma recurrente se difunden acusaciones por cohecho contra uniformados por parte de prostitutas, comerciantes, automovilistas, barrabravas, corredores de picadas y cuanta actividad, legal o ilegal, requiera algún tipo de intervención policial.

La sospecha o certeza de soborno no se circunscribe a las fuerzas de seguridad sino que se extiende a todos los sectores de la sociedad donde un funcionario, público o particular, debe ejercer algún tipo de control. El cohecho busca obstaculizar o facilitar el cumplimiento de un acto, como evitar una multa de tránsito, ir a prisión, agilizar un trámite administrativo o conseguir un contrato de una obra pública.

"Untar" a alguien para obtener algún beneficio proviene de "unto", que para la RAE significa soborno o dinero que se utiliza para sobornar. Es un corrupto tanto el que ofrece la dádiva como el que acepta el pedido. Sólo que a uno se le llama coimero activo y al otro, pasivo, pero es igual de coimero el que da, acepta o recibe. La campeona de Mountain Bike, la catamarqueña Noelia Beatriz Carrizo, informó que no correrá más en Tucumán porque inspectores municipales de la capital quisieron sobornarla cuando estuvo en la ciudad (LA GACETA, 29/8).

Otra decena de casos como el de Carrizo fueron publicados por el diario, incluso varios de ellos con filmaciones que mostraban la corrupción, y hoy duermen en los cajones de algún funcionario. ¿Por qué?

En un sondeo realizado en la edición digital de LA GACETA se le preguntó a los lectores si alguna vez habían pagado una coima. El 42 % respondió "muchas veces", el 35 % dijo "de vez en cuando" y el 23 % contestó "nunca". En términos empresariales o de marketing, un producto con el 77 % de la aceptación es sencillamente un éxito rotundo. Y en política, por tomar otro ejemplo, el 77 % de los votos representa lo más parecido a una monarquía absoluta.

Con semejante demanda, es obvia la oferta. Está claro quién le está dando de comer al chancho: nosotros. Ahora, resulta llamativo que en toda encuesta de opinión, después de la inseguridad el tema que más preocupa es la corrupción. Y si realmente es así, nos preguntamos entonces: si por abrumadora mayoría somos deshonestos ¿no será que lo que nos preocupa no es la corrupción administrativa, sino que sean otros los que se enriquecen en lugar de nosotros? "Rasgarse las vestiduras", decían los fariseos. Con el tiempo su sentido ha mutado y hoy significa "indignación fingida".

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