18 Agosto 2013 Seguir en 

De los niños es el reino de Dios, se lee en el Evangelio de San Marcos (14, 10). Son palabras eternas y de una veracidad literal, ya que en el cielo, que es el reino de Dios, el tiempo no existe, como tampoco existe para los niños. El mismo Jorge Luis Borges lo explica un texto revelador: "los niños desconocen la sucesión; habitan el liviano presente, ignoran el deber de la esperanza y la gravedad del recuerdo. Es decir que viven en la más pura actualidad, casi en la eternidad".
Claro que no siempre la humanidad fue tan amable con estos "locos bajitos" (como los llama Joan Manuel Serrat), porque hubo tiempos en los que los niños eran sometidos a toda clase de vejámenes. En la Grecia antigua, por ejemplo, los padres decidían si querían criar o abandonar al recién nacido. En aquellos tiempos, no había una idea formada de la niñez y, por lo tanto, el infante no se diferenciaba del adulto. Así, por ejemplo, en Esparta se llegó a implantar una estricta eugenesia destinada a lograr niños sanos y fuertes. De acuerdo a lo que narra Plutarco en su libro "Vida de Licurgo", apenas al nacer el niño era examinado por una comisión de ancianos para determinar si era hermoso y de constitución robusta. En caso contrario se lo llevaba al Apóthetas (una zona de barrancos al pie del Taigeto), donde se lo arrojaba o abandonaba a su suerte en la cima. Se buscaba eliminar así toda boca improductiva. Más tarde, en la Edad Media, los niños fueron considerados adultos en miniatura. Por lo tanto, eran usados como mano de obra barata y hasta eran sometidos a todo tipo de infortunios. Es a partir del siglo XVI cuando los niños adquirieron valor en sí mismos, aunque siempre debían sufrir el escarnio de una educación rigurosa, totalmente alejada del a veces doloroso universo de los adultos.
Hoy, en este mundo convulsionado y global, el niño tiene, por fin, valor de futuro. Es la joya preciada de la humanidad; la que le asegura al hombre un mejor porvenir. Y, contrariamente a lo que sucedía en la antigüedad, la infancia tiene hoy una importancia capital en la vida del hombre. ¿Por qué vale la pena conocer estos detalles? Porque si la niñez es actualmente un valor inconmensurable, si la infancia es una etapa clave; si los chicos llegaron a superar la marginación antigua y adquirieron derechos únicos e inalienables... ¿por qué en las calles tucumanas se siguen viendo chicos que mendigan sin reparo? ¿Por qué en los semáforos siguen parados aquellos que pelean la vida a fuerza de limpiar parabrisas? ¿Por qué si el reino de Dios es de los niños, hay muchos de ellos que viven en el infierno? ¿Cómo es posible que cada vez haya más niños abusados? Estas preguntas que duelen nos obligan a reflexionar hoy, en el Día del Niño; sobre las necesidades crecientes de nuestra infancia. Hoy, en muchas plazas tucumanas, se realizarán festejos con juegos, concursos, bailes y chocolatada para homenajear a los que siempre deberían estar jugando. Pero más allá de la fiesta, es necesario recordar que el Día del Niño fue instituido en 1954 por la Asamblea de las Naciones Unidas para reafirmar y promover los derechos de los niños y niñas y concientizar sobre su importancia.
Por eso creemos que, desde los diversos ámbitos, pero en especial desde el Estado y sus distintos poderes, existe la obligación de iniciar un debate profundo sobre la enorme deuda que aún mantenemos con nuestros chicos. Una deuda que no se supera sólo con planes, netbooks y bolsones, sino con trabajo efectivo y educación en valores. Y también con castigo para aquellos que convierten a los niños en mercancías. Porque una sociedad digna no puede alcanzar la madurez sin una infancia feliz y protegida.
Claro que no siempre la humanidad fue tan amable con estos "locos bajitos" (como los llama Joan Manuel Serrat), porque hubo tiempos en los que los niños eran sometidos a toda clase de vejámenes. En la Grecia antigua, por ejemplo, los padres decidían si querían criar o abandonar al recién nacido. En aquellos tiempos, no había una idea formada de la niñez y, por lo tanto, el infante no se diferenciaba del adulto. Así, por ejemplo, en Esparta se llegó a implantar una estricta eugenesia destinada a lograr niños sanos y fuertes. De acuerdo a lo que narra Plutarco en su libro "Vida de Licurgo", apenas al nacer el niño era examinado por una comisión de ancianos para determinar si era hermoso y de constitución robusta. En caso contrario se lo llevaba al Apóthetas (una zona de barrancos al pie del Taigeto), donde se lo arrojaba o abandonaba a su suerte en la cima. Se buscaba eliminar así toda boca improductiva. Más tarde, en la Edad Media, los niños fueron considerados adultos en miniatura. Por lo tanto, eran usados como mano de obra barata y hasta eran sometidos a todo tipo de infortunios. Es a partir del siglo XVI cuando los niños adquirieron valor en sí mismos, aunque siempre debían sufrir el escarnio de una educación rigurosa, totalmente alejada del a veces doloroso universo de los adultos.
Hoy, en este mundo convulsionado y global, el niño tiene, por fin, valor de futuro. Es la joya preciada de la humanidad; la que le asegura al hombre un mejor porvenir. Y, contrariamente a lo que sucedía en la antigüedad, la infancia tiene hoy una importancia capital en la vida del hombre. ¿Por qué vale la pena conocer estos detalles? Porque si la niñez es actualmente un valor inconmensurable, si la infancia es una etapa clave; si los chicos llegaron a superar la marginación antigua y adquirieron derechos únicos e inalienables... ¿por qué en las calles tucumanas se siguen viendo chicos que mendigan sin reparo? ¿Por qué en los semáforos siguen parados aquellos que pelean la vida a fuerza de limpiar parabrisas? ¿Por qué si el reino de Dios es de los niños, hay muchos de ellos que viven en el infierno? ¿Cómo es posible que cada vez haya más niños abusados? Estas preguntas que duelen nos obligan a reflexionar hoy, en el Día del Niño; sobre las necesidades crecientes de nuestra infancia. Hoy, en muchas plazas tucumanas, se realizarán festejos con juegos, concursos, bailes y chocolatada para homenajear a los que siempre deberían estar jugando. Pero más allá de la fiesta, es necesario recordar que el Día del Niño fue instituido en 1954 por la Asamblea de las Naciones Unidas para reafirmar y promover los derechos de los niños y niñas y concientizar sobre su importancia.
Por eso creemos que, desde los diversos ámbitos, pero en especial desde el Estado y sus distintos poderes, existe la obligación de iniciar un debate profundo sobre la enorme deuda que aún mantenemos con nuestros chicos. Una deuda que no se supera sólo con planes, netbooks y bolsones, sino con trabajo efectivo y educación en valores. Y también con castigo para aquellos que convierten a los niños en mercancías. Porque una sociedad digna no puede alcanzar la madurez sin una infancia feliz y protegida.







