14 Agosto 2013 Seguir en 

La comunidad educativa se conmovió esta semana con la noticia de que adolescentes se habían descompuesto en una escuela luego de haber ingerido una mezcla de alcohol con pastillas. LA GACETA reflejó ese hecho, y recogió la voz de los docentes y de las autoridades del establecimiento, que con toda claridad expresaron que a las alumnas involucradas se les dio contención psicológica, a través de los expertos de la escuela y de los del Ministerio de Educación de la Provincia. Una actitud muy elogiable, digna de educadores que, en lugar de estigmatizar al chico, lo cuidan y lo contienen, y que debería ser contagiada al resto de las escuelas y colegios del sistema educativo tucumano. Como señala una experta en adicciones en la edición de hoy de LA GACETA, en la mayoría de los colegios "tapan" episodios como los que se hicieron públicos esta semana, y los encaran de modo represivo. Los casos extremos son aquellos en los cuales se llegó a denunciar al alumno a la policía y a expulsarlo del colegio. La peor de las "pedagogías".
Esta semana salieron a la luz dos casos ocurridos en un mismo establecimiento educativo. Pero ello no significa, de ningún modo, que esta peligrosa "moda" sea un "problema" de esa escuela. El "problema" es social. Y estamos convencidos de que no debe ser asumido desde una perspectiva moralizante y represiva, sino como la necesaria alerta ante un tema de salud pública, y que, en consecuencia, debe ser abordado como tal. Porque lo que está en juego muchas veces es la vida de los chicos o, cuanto menos, el riesgo de daño neurológico.
Precisamente, en la edición de ayer de LA GACETA publicamos una investigación de la Facultad de Bioquímica de la UNT en la que se indica que el 23% de los estudiantes secundarios admite que usa fármacos para drogarse. De ese porcentaje, un 19% usa estimulantes y un 4%, tranquilizantes.
En el listado de las sustancias que reconocen consumir los jóvenes conviven las benzodiazepinas con las anfetaminas y los sedantes, entre otros. Según la investigación de marras, la droga ilegal más consumida sigue siendo la marihuana, y en segundo lugar se ubica la cocaína. Pero también se observa el uso creciente de heroína, LSD y éxtasis.
El mismo estudio, que se realiza desde hace cinco años, concluye que las pastillas que usan los adolescentes salen del botiquín de sus propias casas. La directora de ese estudio, la toxicóloga Susana de Ponce de León, viene advirtiendo desde hace un largo tiempo que los profesionales de la especialidad están alarmados por el creciente uso de esas mezclas de sustancias por parte de los adolescentes. "Es como si sintieran que nada les alcanza, que si no consumen algo muy fuerte no van a poder gozar lo suficiente", opinó la especialista. La experta añadió que esa reacción de los jóvenes no es independiente de los modelos de consumo que "digieren" los chicos en sus casas: son hijos de una sociedad medicalizada, y que, además, ha naturalizado esa situación. Ha convertido lo riesgoso en "normal".
Los alumnos reconocen que detrás del uso de sustancias ilegales o mezclas explosivas hay falta de contención familiar. La escuela, en todo caso, no es ni más ni menos que el ámbito en el cual los chicos socializan. Y los padres, los adultos, deberían tomar nota. No pueden hacerse los distraídos.
Esta semana salieron a la luz dos casos ocurridos en un mismo establecimiento educativo. Pero ello no significa, de ningún modo, que esta peligrosa "moda" sea un "problema" de esa escuela. El "problema" es social. Y estamos convencidos de que no debe ser asumido desde una perspectiva moralizante y represiva, sino como la necesaria alerta ante un tema de salud pública, y que, en consecuencia, debe ser abordado como tal. Porque lo que está en juego muchas veces es la vida de los chicos o, cuanto menos, el riesgo de daño neurológico.
Precisamente, en la edición de ayer de LA GACETA publicamos una investigación de la Facultad de Bioquímica de la UNT en la que se indica que el 23% de los estudiantes secundarios admite que usa fármacos para drogarse. De ese porcentaje, un 19% usa estimulantes y un 4%, tranquilizantes.
En el listado de las sustancias que reconocen consumir los jóvenes conviven las benzodiazepinas con las anfetaminas y los sedantes, entre otros. Según la investigación de marras, la droga ilegal más consumida sigue siendo la marihuana, y en segundo lugar se ubica la cocaína. Pero también se observa el uso creciente de heroína, LSD y éxtasis.
El mismo estudio, que se realiza desde hace cinco años, concluye que las pastillas que usan los adolescentes salen del botiquín de sus propias casas. La directora de ese estudio, la toxicóloga Susana de Ponce de León, viene advirtiendo desde hace un largo tiempo que los profesionales de la especialidad están alarmados por el creciente uso de esas mezclas de sustancias por parte de los adolescentes. "Es como si sintieran que nada les alcanza, que si no consumen algo muy fuerte no van a poder gozar lo suficiente", opinó la especialista. La experta añadió que esa reacción de los jóvenes no es independiente de los modelos de consumo que "digieren" los chicos en sus casas: son hijos de una sociedad medicalizada, y que, además, ha naturalizado esa situación. Ha convertido lo riesgoso en "normal".
Los alumnos reconocen que detrás del uso de sustancias ilegales o mezclas explosivas hay falta de contención familiar. La escuela, en todo caso, no es ni más ni menos que el ámbito en el cual los chicos socializan. Y los padres, los adultos, deberían tomar nota. No pueden hacerse los distraídos.







