"Los seres humanos tienen comportamientos extraños", suele reflexionar mi amigo Héctor, tomando distancia como si él fuera de otro planeta. Lo imito y me doy cuenta de que es una experiencia interesante esa de observar lo que hace, en general, la gente, y en particular, uno mismo, sin involucrarse. Como si de verdad perteneciéramos a otro espacio y, tal vez, a otro tiempo. "¿Te das cuenta de que la mayoría de las cosas que hacen no nacen de un registro de necesidad sino de la creencia de que eso los hará felices, o exitosos, o los completará como personas? Y así, ¡se embretan en cada cosa! Cuántos son los que estudian, primero, y luego ejercen una profesión, se casan, tienen hijos, viajan, entre otras cosas, sólo para responder a un supuesto modelo de vida feliz y 'realizada'. Mientras, sus deseos más profundos van por otros carriles. Y entonces no entienden por qué sufren, o por qué se sienten insatisfechos -si tienen todo lo que hay que tener- o por qué les viene cada tanto esa sensación de vacío insoportable que 'deben' llenar a cualquier costo y con cualquier cosa". Observo y coincido. Y le pregunto. ¿Por qué haremos eso los seres humanos? Y él, con aires de sabio, contesta: "porque es más fácil seguir los modelos externos que meterse con uno mismo, profundizando en los propios sistemas de creencias, desmontándolos". Me parece raro, replico. Si cuando pescás tus creencias podés entender tus acciones y podés elegir mantener o cambiar esas creencias. Y eso te hace libre y fuerte, argumento. "¡Justamente! -dice con tono triunfante- ¿Ves por qué digo que son extraños los seres humanos?" Y me quedo pensando... Tal vez Héctor tenga razón después de todo.
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