Asesinas de la productividad

Gustavo Rodríguez
Por Gustavo Rodríguez 08 Agosto 2013
"Este país saldría adelante si…". La frase de la abuela retumba en la cabeza cada vez que uno se enfrenta a esa cola asesina de la productividad en un banco, un cajero automático o hasta en las mismísimas cajas de un supermercado.

Es cierto, en esta cuestión, hay una regla de oro: la cantidad de gente en una fila está directamente relacionada con el apuro que se tiene. Cuando menos tiempo se tenga, más gente estará haciendo el mismo trámite. A las explicaciones de esta hipótesis no se las debe buscar en las matemáticas o en la física; más bien se las podría encontrar en el destino, cruel, claro está.

Allí hay un mundo aparte, poblado por personajes increíbles: - El tempranero: el que llega una hora antes de que se abran las puertas esperando ganar tiempo y termina demorando el normal funcionamiento del banco. - El oportunista: concurre con un bebé en brazos y evita hacer la cola. Eso sí, las miradas de los demás se transforman en dagas matadoras y más aún cuando el nene/a es obligado a llorar para captar la atención del guardia. - El desesperado: la persona que, al no saber utilizar el cajero o el buzón de depósitos, comienza a mirar a todos lados para pedir ayuda porque la chica del banco siempre desaparece cuando más se la necesita -sí, otra regla-. - El indeciso: después de estar esperando media hora, se acomoda armoniosa y pacientemente frente al cajero (humano) y le pregunta: ¿a qué vine? ¿Pago con tarjeta o efectivo? Inmediatamente, detrás, comienzan a generarse esos murmullos crueles en los que se acuerdan de toda la familia del que demora las cosas. - El picarón: no es el/la que hace alguna otra broma o que le pone onda a la espera contando un chiste. Se trata de la persona que, creyéndose Messi, intenta eludir la fila, generando una avalancha de gritos y enojos. - El confundido: ¿aquí no se reciben tarjetas? ¿No puedo renovar el plazo fijo? Son las típicas preguntas de aquellos que se encandilan con las filas con menos gente y que no leen los carteles.

Y la lista, por desgracia, es interminable. Tanto como el sufrimiento que significa estar en una fila que no se mueve.

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