Antídoto contra la susceptibilidad

Julio Marengo
Por Julio Marengo 01 Agosto 2013
Yo no canto en la ducha. Ocurre que estoy convencido de que lo mío no es la música, por ende ni mis oídos ni mis vecinos deberían pagar los platos rotos. Sí, en cambio, mientras me ducho, pienso tonterías. Es mi momento de pensar cosas sin sentido y elaborar recetas inútiles para salvar al mundo. Y entre esas sesiones de filosofía doméstica pensé, por ejemplo, qué gran negocio es ser susceptible. ¡Es un flor de negocio! Un par de palabras apenas poco gratas y ya puede el susceptible huir de un debate incómodo, inmovilizando al contrincante con una ponzoñosa dosis de culpa. Porque el susceptible nunca es el culpable y siempre sale ofendido de una situación desfavorable.

Ojo: no hay confundir susceptible con calentón. No son la misma cosa, aunque en algún punto puedan llegar a codearse. Mientras el primero es capaz de soltar una cantidad incalculable de lágrimas secas ante una presunta ofensa, el segundo querrá responder al mismo estímulo yéndose a las manos. Es verdad que hay personas susceptibles por naturaleza -quiero decirlo para no ofender a nadie- pero también es igual de cierto que hay muchos susceptibles que le encontraron el filón a esa actitud. Y una vez que se metieron al mundo en el puño con su perversa técnica, ya no lo soltaron más. Cuidado con ellos.

Pero así como, en vez de cantar, en la ducha pienso problemas sin sentido, también busco soluciones inservibles. Creo que una de ellas sería poner algunas reglas que sirvan de antídoto: decir, por ejemplo que, tanto en el trabajo como en el amor, no se vale ser susceptible. Y mucho menos en la amistad. ¡Qué peligro quedarnos sin esta arma implacable! Pero creo que vale la pena hacer el intento, pensando siempre en hablar más y ofendernos menos.

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