BUENOS AIRES.- Es un clásico. Cuando un desesperado no tiene más remedio, porque su empresa se funde, primero aparta la suya y luego va a las cuevas financieras a buscar plata, generalmente a tasas de usura, entrega hasta la última garantía que le queda y hasta le vende su alma al diablo.

En este violento derrape de valores ha caído el Gobierno, en lo que parece presagiar el final de un ciclo, tras anunciar un reprochable plan de blanqueo de divisas que se sustenta en la emisión de dólares de cabotaje y que define a la Argentina como un país "atado con alambre", un paraíso fiscal por tres meses, cuya misión principal será la de conseguir aire hasta octubre.

Más allá de cualquier análisis que se pueda hacer de la llamada "exteriorización" de moneda extranjera en materia económico-financiera, enlazado con las derivaciones de política local e internacional, tampoco fueron muy felices las formas de comunicación, puesta en cabeza de un quinteto de funcionarios que individualmente no enamoran, pero que, por sus contradicciones ideológicas y de estilo, cuando aparecen juntos aterrorizan.

Todo el combo deja en claro que la Argentina se ha metido, antes que nada, en un descomunal problema ético a varias puntas, comenzando por el destrato que sufren todos los contribuyentes que, con gran esfuerzo, soportan en blanco la descomunal presión tributaria de la Argentina que alcanza hasta a los trabajadores en relación de dependencia, que deben pagar el impuesto a las Ganancias.

Esos reproches morales no es necesario que los haga el papa Francisco, quien acaba de firmar justo hace un par de días un acuerdo para el intercambio de información bancaria entre el Vaticano y un organismo similar de los Estados Unidos, con el objetivo de fortalecer la cooperación en la lucha contra el lavado de dinero, ni tampoco que las críticas provengan de los gobiernos del G-20, del que la Argentina forma parte y donde ha firmado compromisos al respecto, sino que han empezado a escucharse en algunas voces -o elocuentes silencios- de la militancia intelectual del oficialismo.

Sin dólar genuino

Mal que les pese a los kirchneristas de corazón, la dinámica que ha tomado el descontrol de la gestión le está poniendo por estas horas una acelerada lápida al relato. En lo que no creen es en las crecientes denuncias de corrupción que se van enlazando unas a otras en una escalada que parece tener un solo vértice, que ellos atribuyen a la "prensa amarilla", aunque las sospechas de la oportunidad utilizada para anunciar el blanqueo lleven a muchos otros a pensar que se hace para que los amigos del poder puedan zafar, si se prueban, de las implicancias penales de sus actos.

Desde lo estrictamente económico, el plan pretende reemplazar con elementos de menor valía cualquier otra salida más académica del grave problema que afronta la Argentina, que por estos días muestra un considerable parate en el nivel de actividad y en la generación de puestos de trabajo.

Pese a que seguramente la presidenta de la Nación le ha pedido "soluciones" a sus funcionarios, nadie ha pensado ni ha dicho cómo se hará para destrabar las causas de la situación que se registra, a partir de la tolerancia inflacionaria que, aunque escondida en las estadísticas, es el talón de Aquiles de un modelo basado en la emisión y el gasto como motores del consumo, en el cierre de la economía y en la presencia creciente de un Estado, que ahora es cada vez más pobre.

Toda esta matriz, que ningún país utiliza desde hace más de tres décadas con tanta pasión y ortodoxia, tiene en el caso actual una complicación fatal: el desarraigo internacional que el mismo Gobierno promovió con sus actitudes hacia el mundo, alejándose de todo lo que lo obligaba a algo. De ese autismo internacional es hija la imposibilidad de financiamiento genuino a tasas lógicas y la falta de inversiones que hace que no lleguen dólares genuinos al país.

Justamente, la necesidad de divisas se ha hecho cada vez más grande, porque las malas políticas energéticas de los últimos diez años dejaron a la Argentina desguarnecida en materia hidrocarburífera, mientras que las cuentas de las compras al exterior de gas y combustibles se hacen cada día más abultadas.

Así, con mucho menos dólares en las reservas es más difícil permitir que las empresas internacionales giren sus dividendos al exterior o que ingresen importaciones de todo tipo. Esta limitación ha venido a complicarse mucho más aun con el cepo cambiario, que masificó el control de divisas a nivel popular y le agregó malhumor social a las medidas.

El bono del blanqueo
Si no fuese algo tan serio, la gran contradicción de todo lo que está sucediendo alrededor de la cuestión cambiaria movería a risa, ya que los "buenos" y los "malos" parecen haber cambiado de vereda. Mientras que se impide el acceso a los dólares para viajar o se mandan cartas para averiguar en qué cosas gastaron su dinero afuera los "malos", se propicia un blanqueo con tremendas facilidades para que los presuntos "buenos" traigan sus dólares, aunque sólo Dios sabe de qué procedencia.

A estos, con la simple presentación de una Declaración Jurada, se les promete liberarlos de toda obligación y pena, aunque previamente se le dice a los bancos que averigüen si los fondos no tienen origen delincuencial (drogas, armas, terrorismo), mientras se deja de lado explícitamente a la AFIP, ya que la evasión tributaria la ley señala que no se castiga. Como las entidades financieras no tienen la posibilidad de hacer esas diligencias, aunque sí la obligación de expresar sus "sospechas", lo que sucederá es que emitirán un Reporte de Operaciones Sospechosas (ROS) con rumbo a la Unidad de Información Financiera (UIF). Esta dependencia, que en la semana fue jerarquizada a nivel de secretaría de Estado, deberá entonces investigar, algo bien difícil que ocurra de acuerdo a sus antecedentes, ya que en el blanqueo de 2009 dejó cajoneadas por cientos los ROS bancarios. El mismo Estado que promueve este tipo de procedimientos no va a detener la acción de los "buenos" que traen sus dólares para salvar al modelo.

Lo más notable de la historia pasa por los aspectos financieros, ya que la cuestión se enlaza con tres nuevos instrumentos que van a dar que hablar. El Bono Argentino de Ahorro para el Desarrollo Económico (Baade) y un Pagaré que tiene el mismo sentido, pero que será de transacción manual, son dos títulos públicos que vencen en 2016 y que devengan una tasa deun 4% anual que, en cabeza del Tesoro, receptarán fondos en dólares que se destinarán a las áreas de infraestructura y energía.

En este último caso, el beneficiario directo no parece ser otro que YPF, que hasta ahora no pudo conseguir ni un mísero dólar a tasas lógicas en el mundo, para comenzar de una vez por todas la operación Vaca Muerta.

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