En la plaza Independencia

La multiplicación de concentraciones obra a favor de una paulatina y visible degradación del histórico paseo público.

13 Octubre 2003
Parece obvio recordar que el principal paseo de nuestra ciudad es la plaza Independencia. Tanto la significación histórica que le otorga su antigüedad más de tres veces secular, como los edificios alrededor de ella -empezando por la Casa de Gobierno- la convierten en un ámbito de indiscutible significación para todos los tucumanos. Su paisaje es, como lo sabemos todos, el más característico de esta capital; al extremo de que pareciera difícil que una persona piense en San Miguel de Tucumán, sin que la imagen de la plaza acuda a su mente de inmediato.
Al mismo tiempo que atesora todas estas connotaciones, la zona de la plaza es también un punto neurálgico de circulación, tanto para los peatones, por el interior del paseo, como para los automotores, por las calles que la circundan. Ello no resulta caprichoso, si se piensa que se trata de la puerta de entrada al microcentro y el paso obligado hacia muchas áreas importantes de la ciudad. Así, hay una gran cantidad de personas que es usuaria permanente de la plaza.
Todo esto, por ser perfectamente sabido y compartido, llevaría a suponer que las autoridades cuidan, permanentemente, que la plaza Independencia, por un lado, se encuentre en el mejor estado posible y, por el otro, que la circulación por las calles que la enmarcan se mantenga en constante fluidez. Sin embargo, cualquiera puede comprobar que la situación real es exactamente la opuesta.
En efecto, con desusada frecuencia, el tránsito por la zona de la plaza se interrumpe, para posibilitar la realización de actos auspiciados u organizados por el gobierno, lo que da como resultado un mayúsculo embotellamiento de la circulación en el centro de la capital, así como una no menos importante perturbación en la vida habitual.
Esto además de las manifestaciones de protesta o de petición, que son por demás reiteradas, y que vienen a colaborar fuertemente en estos cierres que tanto fastidio y tanto trastorno representan.
Si bien las manifestaciones son inevitables, no ocurre lo mismo con los actos. No puede pensarse que las escalinatas de la Casa de Gobierno (en las cuales se desarma y se vuelve a armar incesantemente un escenario) sean el único lugar posible de ser elegido toda vez que se quiera atraer público en torno de algún evento, llámese tanto acto cívico como desfile de modelos, recital de música y baile, largada de carreras y demás.
Solía existir una ordenanza -acaso derogada por falta de uso- que disponía que en la plaza sólo podían efectuarse las ceremonias específicamente organizadas por el Gobierno, las procesiones religiosas y los desfiles. Hemos sostenido otras veces que la ciudad debiera diversificar sus lugares de concentración, buscando que otras plazas -Yrigoyen, Belgrano, San Martín, Urquiza- sean escenario de manifestaciones que hoy tienen en el principal paseo su localización exclusiva.
Por cierto que la multiplicación de concentraciones obra también a favor de una paulatina y visible degradación de la plaza Independencia. No pueden existir césped ni canteros (como que actualmente no los hay), si tan asiduamente aquella está invadida por multitudes. Tampoco puede ser que el piso y los bancos de la plaza sirvan de mesa para que los vendedores ambulantes exhiban su mercancía, como ocurre hoy de modo habitual. O que la ninguna vigilancia permita una incesante acción vandálica sobre sus instalaciones.
Pensamos que es necesario empezar a preservar la plaza Independencia. No se trata de proponer que se vede allí toda reunión de público, pero sí que se deje de utilizar como ámbito exclusivo para los actos del más diverso tipo. Esto beneficiaría a la conservación del paseo y al orden de nuestra capital.

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